Carolina Pluma

Hacía ya varias lunas llenas que William se había escapado de la manada. Cierto es que debía tener cautela pues podía ser descubierto por algún aldeano y tocar la campana de emergencia para dar aviso al pueblo que los hombres lobo estaban atacando otra vez.

Nunca fue más imperativo conservar su anonimato que en ese momento, sobre todo cuando la estirpe tenía el riesgo de desaparecer consecuencia de las nuevas armas que habían desarrollado para cazarlos.

Sin embargo, William sentía la necesidad de acercarse a la ventana de esa casucha vieja en la que habitaba ella: Sara, era una joven hermosa, con una piel sumamente tersa, sus ojos castaños eran acentuados por el color almendra de sus cabellos.

Cada noche, Sara hacia el mismo ritual para dormir: cerraba con seguro la puerta y abría la ventana para que el aire frío penetrara la habitación. Bajo la luz de la vela, dejaba caer cada una de las capas de ropa que cubrían su cuerpo hasta quedar desnuda. El aire frío de la noche hacía que la figura de la joven se conservara firme; los pechos similares a un melocotón enmarcaban la figura de amplias caderas y vientre fuerte, las velas reflejaban en las paredes de la habitación bellas siluetas y, como cada noche, William estaba presente para contemplar la escena.

Con cada pliegue de ropa que Sara dejaba caer en el piso, William sentía como su respiración se agitaba, apretaba las garras y los caninos a la par. La fuerte mandíbula del animal enmarcaba la alta estirpe de su especie.

La lujuria se hacía cada vez más fuerte. Jamás había deseado a una mujer como la deseaba a ella, la sola idea de pensar en su estrecha y virginal pared le hacía ensancharse cada vez más y sentía cómo un fuego se encendía desde su miembro hasta la nuca recorriendo todo su cuerpo.

Cierta noche como de costumbre, William se acercó a observar a Sara desde su escondite. Para su sorpresa un joven del pueblo estaba con ella. El lobo se vio en la agonía de observar cómo la mujer que él deseaba estaba en los brazos de otro hombre.

Con cada caricia, la envidia de William crecía, con cada beso, sentía como se le desgarrara la piel, como si tuviera un hierro caliente que le cauterizaba los sentidos… ¿Cómo podía estar con alguien que no fuera él?

No podía dormir, ni comer, cada día que pasaba estaba más irritable y con el paso de las noches su tormento lo hacía exponerse más a la vista de algún aldeano. No podía seguir así, la seguridad de la manada dependía de él, por lo que tomó una decisión: Sara sería suya.

Al día siguiente, la siguió hasta el río. La joven parecía no percatarse de que William la espiaba entre los arbustos mientras se bañaba… Las amplias caderas sobresalían en el agua clara y William sintió cómo su sangre comenzaba a hervir y ya no pudo contener su naturaleza licántropa.

A diferencia de los humanos, los hombres lobo sentían las emociones de manera diferente, por lo que, si estaban enojados o tristes, el sentimiento era el triple de lo convencional y es por ello que había pocos de la especie ya que, al ser tan emocionales, al aparearse generalmente terminaban destrozando a la mujer o si sobrevivía y quedaban en cinta, fallecían durante el parto por la natural furia de la especie.

Pero William la deseaba tanto que no le importaba que la joven pudiera quedar muerta durante su apareamiento.

Sintiendo como se agitaba su respiración y la energía del lobo ganaba por encima del hombre, saltó sobre ella arrastrándola a la orilla del lago.

La joven gritó de miedo al ver a la enorme bestia:

Era un hombre lobo de casi dos metros de alto, el pelaje negro y los afilados colmillos hacían que su apariencia fuera terrorífica, sin embargo, conservaba forma de hombre: los músculos abdominales bien formados se enmarcaban por encima de la entrepierna que mostraba un miembro exquisito y listo para penetrarla.

Sara permaneció inmóvil, incapaz de poder defenderse ante la majestuosa bestia que tenía encima. William se colocó entre sus piernas, gruñó e hizo que ella temblará de miedo, pero los ojos claros y dulces de Sara vieron fijamente los ojos negros de la bestia. Por alguna razón eso perturbó a William, él quería tomarla, pero no matarla por lo que bajó un poco la guardia para tratar de no lastimarla.

Comenzó a olfatear su piel desde la frente, recorrió el cuello, cisneó hasta sus senos, los pezones estaban erectos por el clima frío… pasó su lengua por encima de ellos, la bestia bajó e hizo un recorrido hasta su vientre… ella olía dulce, lo que significaba que si la tomaba podía quedar preñada.

Bajó un poco más el hocico y olfateó su entrepierna. Con su enorme lengua comenzó a lamer los labios, los humectaba delicadamente y de poco a poco metía la lengua entre sus pliegues vaginales y disfrutaba de los fluidos que ya emanaban de ella. Mientras tanto, el cuerpo de Sara iba de poco a poco cediendo ante los estímulos que hacía el animal quien, mientras más la estimulaba, más abría las piernas.

El lobo chupaba cada una de las partes regocijándose de producir tanto placer mientras veía como la piel se le erizaba con cada movimiento de su lengua.

Excitado, William rompió con fuerza la carne ya húmeda de entre las piernas de Sara mientras lamía los pechos perfectos frente a él, ella arañaba la amplia espalda del lobo mientras soltaba unos gemidos de placer. El lobo por su parte con una mano apretaba las garras contra la tierra tratando de evitar lastimarla y con la otra sostenía la cadera de la chica entrando cada vez más en ella.

Con cada estímulo, sentía como los pliegues de la vagina de Sara le apretaban bañando su miembro por lo que con un aullido de placer terminó el coito.

Por su parte, un cazador pasaba por el bosque cerca del río quien presenció la escena. Con todo el sigilo que le fue posible cargó su arma con una bala de plata y le disparó al lobo. ¡Pum! El lobo recibió el disparo en una de las patas, lo que hizo enfurecer al animal.

De un zarpazo, William arrojó al cazador por el suelo, pero para su sorpresa no era un cazador común: se trataba de una raza de hombre lobo blanco nómada.

El hombre lobo blanco era igual de tamaño, fiereza y casta por lo que el encuentro entre ambos lobos fue brutal: entre garras y mordidas desprendía los trozos de carne de su oponente.

Las marcas de sangre salpicaron a Sara que aún estaba recostada en el pasto. Un grito de terror inundó el aire y se cubrió la cara con las manos. Cuando abrió los ojos el par de hombres lobo ya no estaba. William había aprovechado una oportunidad para escapar.

Pasó el tiempo, después del evento se alarmó a la población, pero nadie volvió a escuchar nada del suceso y casi quedó olvidado, sin embargo, las pequeñas patadas en el vientre de Sara le recordaban la fuerza del linaje que cargaba.


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