Andrei Lecona
Aquel otoño, lluvias inesperadas arruinaron el trigo para el invierno. Cuando los campesinos empezaron a sentir hambre, se adentraron en el bosque para recolectar hierbas, raíces, hongos, semillas y bayas silvestres, pero, en unos cuántos días, acabaron con lo poco que el bosque podía ofrecer como sustento. Los habitantes más humildes acostumbraban a cazar ardillas para tener un poco de carne, pero hasta los roedores escasearon en el bosque ese año. La penuria llevó a muchos a buscar cualquier tipo de alimento entre las rocas de la colina. Incluso el honorable concejal de la aldea, que se preciaba de ser mejor que la chusma de labradores, fue visto arrojándose frenéticamente sobre todo tipo de alimañas que devoró vivas. El concejal era un hombre triste, cuya mujer había muerto unos días antes de parir a causa del ataque de lobo. No obstante, la hija sobrevivió de milagro y era ahora una hermosa joven que, lamentablemente, era muda, por lo que su padre no había sido capaz de encontrarle un marido a pesar de su edad.
En el pueblo, el hambre empujó a los aldeanos a una desesperación sin remedio. Como suele ocurrir durante estas catástrofes, los aldeanos buscaron a un responsable de sus desgracias, por lo que culparon a una hechicera que vivía en las afueras del pueblo sin más compañía que un lobo. Una noche, el concejal llevó a un grupo de campesinos al hogar de la mujer para matarla. El lobo defendió fieramente a su ama hasta que el concejal lo atravesó con una lanza, pero la bestia permitió el escape de la hechicera. La partida de “justicieros” regresó a la aldea con muchos heridos que murieron días más tarde a causa de las mordeduras infectadas. Poco después de esto, llegó el invierno.
La muerte se cernía burlona sobre los hambrientos habitantes del poblado. Fue entonces que llegó el cazador. Su rostro, marcado por las inclemencias del clima, reflejaba una vida dura fuera de los antiguos muros romanos, entre la nieve, el viento, el sol, la oscuridad y una soledad aliviada ocasionalmente por las fieras del bosque. Sus ropas las había fabricado él mismo con las pieles de sus presas, tenía un gorro de castor, unos guantes de tejón, unas botas de piel de ciervo y una espléndida capa de piel de lobo. Su descuidada barba blanquinegra daba algunos indicios de su edad. Después de una vida de aislamiento, el salvaje solitario había querido terminar su vida entre los miembros del género humano que tanto había evitado hasta ese momento. Al principio, su llegada fue tomada como otro signo más de la calamidad, así que los pobladores, al mando del concejal, lo rodearon inmediatamente con la intención de expulsarlo.
El cazador observó detenidamente a los aldeanos hasta que su mirada se encontró con la de la hija del concejal. Hubo entre los dos una chispa que despertó en ambos una lujuria blasfema, oscura como la noche y dulce como el pecado. El hombre ofreció entonces un trato tentador a los aldeanos.
—Prometo traer presas todos los días durante dos semanas para alimentarlos
—dijo el hombre con una voz profunda sin dejar de ver a la muchacha a los ojos—, a cambio, deberán aceptarme como uno de ustedes. Incluso aceptaré el bautismo y tomaré a esa joven como esposa. Si fallo, volveré al bosque y no los molestaré más. Pero si lo logro y ustedes pretenden engañarme, destruiré el pueblo entero.
El concejal trató de negarse hasta que se dio cuenta del modo en que los aldeanos lo veían. Entonces comprendió que no había posibilidad de evitarlo, pues la gente desesperada era perfectamente capaz de matarlo y entregar a su hija al salvaje si aquello implicaba la posibilidad de conseguir alimento. En cualquier caso, era improbable que el cazador, pese a su habilidad, pudiera cumplir con sus propios términos en mitad del invierno. Inevitablemente, moriría atrapado en alguna ventisca antes de lograr su objetivo, pero traería algo de comida antes de sucumbir.
Por la mañana, el hombre salió muy temprano, armado con una lanza de roble, un viejo arco de tejo y algunas flechas con plumaje de cuervo. Decenas de aldeanos se arremolinaron a su alrededor para ver partir al salvaje que había prometido salvarlos. El concejal escupió al verlo pasar, pero el cazador no dijo una sola palabra ni devolvió la mirada a nadie. Sencillamente, se colocó su capa de piel de lobo y se adentró decididamente en la espesura del bosque. Poco antes del ocaso, el hombre regresó arrastrando dos venados adultos en una camilla hecha de ramas de pino. Su retorno fue celebrado por los aldeanos hambrientos que se pusieron a trocear los cuerpos para cocinarlos. Durante trece días, el hombre se dedicó a cazar sin descanso, incluso cuando comenzaron a caer las primeras nieves.
Cada tarde, antes de la puesta del sol, regresaba a la aldea cargado de animales: jabalíes, gamos, liebres, faisanes, rebecos, cabras de montaña, etc. Con cada cacería, alguna de sus flechas se rompía, de modo que cada vez que entraba al bosque, lo hacía con menos dardos. Para el último día, el catorceavo, ya no le quedaban flechas, sólo su lanza de roble. Entonces comenzó una terrible tormenta. Algunos pensaron que el hombre se vería obligado a incumplir su parte del trato, sin embargo, tomó su lanza y se adentró al bosque sin pensarlo dos veces. Con una sonrisa en el rostro, el concejal celebró la inminente muerte del salvaje, pues así se libraría de tener que entregarle a su hija, que, por otra parte, se mostraba profundamente triste por la posible pérdida del cazador.
El ocaso llegó, pero el hombre no regresó a la hora acostumbrada. La tormenta había amainado finalmente, sin embargo, nadie creyó que había sobrevivido a esa helada tempestad. Cuando cayó la noche, algunos aldeanos dedicaron una plegaria al eterno descanso del salvaje que había salvado a la aldea con su sacrificio. Poco antes de la medianoche, un enorme oso salió del bosque. Rápidamente, sonaron las campanas de la pequeña catedral para alertar a toda la aldea. Hombres armados con picas, antorchas y azadones se congregaron en la plaza para ahuyentar a la fiera, pero cuando rodearon al animal notaron que el oso estaba muerto.
Era el cazador el que caminaba con el cadáver del oso sobre su espalda para cubrirse del frío. Dejó caer el cuerpo de la fiera a los pies de los aldeanos, que entonces pudieron observar al hombre completamente cubierto de la sangre del animal. En sus ojos había una primitiva fuerza ancestral, tan antigua como el mismo espíritu del bosque. Una oscuridad pulsante en la que se ocultaba la promesa de un ser bestial, un ser que anhelaba el enervante perfume de la sangre. Ante el horror de los estupefactos aldeanos, el hombre habló finalmente:
—He venido por mi mujer —dijo con su profunda voz—. Traigan al sacerdote, díganle que tiene dos sacramentos pendientes que oficiar esta noche.
En la catedral, el cura reprendió al hombre que ni siquiera se había molestado en limpiarse la sangre del oso antes de entrar en la casa de Dios. El cazador se limitó a responder:
—Dicen que Cristo puede lavar hasta los pecados de las almas, no creo que un poco de sangre sobre un cuerpo sea un impedimento para un dios con semejante poder.
Después del bautismo, trajeron a la hija del concejal. El padre de la novia no era capaz de esconder el horror que le producía tener que entregar a su hija a aquel salvaje ensangrentado, pero era consciente del peligro que correría la aldea si no cumplía con su parte del trato. En ese momento, el concejal ideó un plan para deshacerse del hombre. En el festín nupcial, el padre de la novia se encargó de que la copa de su yerno jamás estuviera vacía. En poco tiempo, el cazador, que no estaba acostumbrado a la bebida, se emborrachó hasta perder el dominio de su cuerpo. Cuando quedó indefenso, los hombres de la aldea lo golpearon hasta dejarlo al borde de la muerte, ante los gritos desesperados de la hija del concejal. Luego lo llevaron de vuelta al bosque y lo dejaron agonizando.
Fue allí donde lo encontró la hechicera. Ella lo llevó a su choza y le salvó la vida con ayuda de sus oscuros arcanos y pociones mágicas, pero también llevó a cabo un ritual que arrancó el espíritu de su compañero lobuno de las profundidades preternaturales del bosque y le permitió entrar al cuerpo del hombre. El cazador se levantó del que fuera su lecho de muerte, poseído por un vigor bestial y un odio salvaje que dominaba cualquier otra emoción humana. Corrió desnudo a toda velocidad a través del bosque y llegó a las afueras de la aldea en unos cuántos minutos.
Cuando ya podía ver las ventanas iluminadas de la aldea, el espíritu del lobo se hizo presente y lo transformó en un enorme hombre lobo con ojos que destellaban como carbones encendidos. Entró a la taberna de la aldea en su forma de lobo. El concejal fue el primero en ser desgarrado por unas negras garras que cortaban como navajas de barbero. En el apretado interior de la taberna, todo eran gritos, hombres y mujeres tropezando los unos con los otros, chorros de sangre disparados desde arterias abiertas, huesos crujiendo, tendones cercenados, trozos de piel colgando de cuerpos destrozados. Cuando todo hubo terminado, la novia apareció ante el monstruo ensangrentado al que dirigió la más dulce de las sonrisas. Allí, entre los cuerpos destrozados, ella gozó al lobo en su noche de bodas.






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