Iván Aragón Muñiz
En toda mi carrera como agente de la ley de Las Vegas jamás vi algo como esto. Se les llama furros, ¿no? Yo diría tarados, así de simple. Un montón de gente disfrazada de animales antropomórficos, como si fuese una asociación de mascotas de la NBA y la NHL… el caso es que yo no tendría nada que objetar, salvo lo ridículo del asunto, si no tuviera que ver a docenas de ellos en la finca de alguien… ¡Montándose una orgia! Y aquí estoy yo, vigilando desde un rincón en la sombra, también embutido en un traje de felpa color arena y con la cabeza oculta bajo una enorme máscara de gato salvaje.
Toda la estancia está a oscuras excepto por unos focos que proyectan luces de colores. De unos altavoces suena música de jungla, o la típica que pondrían en una escena de jungla en cualquier película, de todos modos, no importa pues apenas se escucha debido a la estridente cacofonía de gemidos sexuales mezclados con maullidos, ladridos y otros sonidos animales de los mamarrachos que tengo delante. Un mar de cuerpos yaciendo juntos por todo el salón, entrelazados en una maraña de extremidades mientras se manosean unos a otros. Aquí y allá, varios simulan estar apareándose como bestias… y digo simulan, pues no veo a nadie desnudo, no hay penetraciones de ningún tipo, solo se frotan bajo sus trajes. Y aunque me consta que también hay mujeres entre ellos, creo que ninguno sabe a ciencia cierta con quienes se están rozando… ni parece importarles. En cualquier caso, no quiero pensar qué vería si ahora paso una linterna UV por sus disfraces.
—Hoy pillarás cacho, tigre —me dice la voz de García desde el intercomunicador —No nos defraudes.
Ya estamos con la guasa.
—Centraos en la operación —respondo —Y soy un puma, no un tigre.
Mis compañeros me taladran el cráneo con sus carcajadas. Cabrones, me tuvo que tocar la pajita más corta para estar aquí como un idiota y no siguiendo la operación desde la comodidad del furgón policial.
Resulta que entre estos pervertidos hay un asesino. Uno que se cree realmente el animal del que se disfraza. Nunca voy a olvidar las fotos de sus víctimas, dos hombres y una joven hallados desnudos, salvo por la máscara furro. A sus cuerpos les faltaba cachos de carne que fueron arrancados de cuajo por una dentadura presuntamente humana… debió doler mucho. Todos ellos pertenecían a esta comunidad de cachondos mentales y también fueron ganadores de no sé qué concurso anual de performances en una convención anual de esta temática. El ganador de este año, un abogado de Nueva York disfrazado de una gata rosa vestida de hechicera o de lo que sea, quien solo responde al nombre de Catty, se ha ofrecido, en un acto de valor, a ser nuestro cebo. Míralo ahí, en el centro mismo de la orgía, recibiendo cariñitos desde todos lados. Es la reina de la fiesta.
—Vale, señor puma —me dice García —¿Ves a nuestro hombre lobo?
Un testigo borracho nos aseguró haber visto a la última víctima siendo perseguida por un hombre lobo de color negro. Creí que eso reduciría la lista de sospechosos de esta fiesta. Pero ahora veo que ese debe ser el animal favorito de la comunidad. Los hay por todas partes, de todos los colores y tamaños. Casualmente, uno de color azul pasa frente a mí, se detiene y me mira de arriba abajo. Le hago un gesto para que se vaya, éste ladea la cabeza en respuesta y luego se zambulle en el montón de furros sudados.
—Negativo —respondo a García. Entonces veo que aquel mismo licántropo se desliza hábilmente entre los asistentes hasta llegar a Catty. ¿Y si el asesino tiene más de un disfraz? —Un momento… —corrijo.
Ese tipo parece decirle algo al oído de nuestra gatita, pues ella… perdón, él está asintiendo con su enorme cabezón rosa. Luego, ambos intentan salir del barullo por el extremo opuesto de donde estoy yo.
—Mierda… ¿adónde van…? —mascullo— El objetivo cambia de ubicación, va al pasillo de los dormitorios con un hombre lobo de color azul —informo a García.
—Ve a mirar —me responde.
Perfecto, ahora tengo que atravesar esta maraña de pervertidos. Trato de andar con cuidado para no pisar a nadie de los que están tirados en el suelo, y aparto suavemente a los que están de pie. Una mujer-vaca tumbada de espaldas trata de detener mi avance apoyando su “pezuña” en mi entrepierna, la aparto con un gentil zarpazo. Ahora alguien me abraza por detrás y… ¿Eso que noto sobre mis nalgas es una erección? Me deshago de quien quiera que sea y lanzo un furioso bufido.
—¡Ahí, ahí! —me dice García —Imponte como el macho alfa.
Catty y su nuevo amigo ya han logrado salir de la orgía. Los veo desaparecer por el pasillo que da a los dormitorios, entonces veo que los sigue otro hombre lobo, uno muy alto y de color negro tal como lo describió el testigo.
—Atentos, posible contacto —informo al micro.
Desesperado, me abro paso entre la multitud a base de codazos, empujones y patadas. A un minotauro le pongo la máscara cornuda de revés; empujo la cara a un hombre-pájaro y se me queda en la mano su pico de fieltro; a un dinosaurio verde le hundo el hocico de plástico hasta dejarle la cara plana… Vaya si me moría de ganas por repartir estopa a toda esta panda de gilipollas… Pero céntrate. El objetivo. Nuestra Catty podría estar en peligro.
Cuando logro llegar al pasillo, abro la primera puerta que me encuentro. Dentro hay un hombre-alce follando de verdad a una chica-oveja, ambos vestidos solo con la máscara furro.
—Disculpen… —les digo y cierro la puerta.
Pruebo la siguiente habitación, oigo chillidos tras la puerta. La abro y veo a un hombre-perro persiguiendo a un hombre-ardilla, ambos correteando a cuatro patas sobre una cama gigantesca. Cierro, otra imagen que lucharé por borrar de la memoria.
A la tercera va la vencida, veo al hombre lobo de color negro sobre Catty, ambos en la cama. También veo al hombre lobo de color azul tirado en el suelo como encogido de dolor. Aguardo un segundo no vaya a ser que esté interrumpiendo algo del rollo “No es lo que parece”.
—¡Ayúdame! —me chilla Catty —¡Es él! ¡Es el asesino!
Vuelvo a mirar al hombre lobo, quien no parece percatarse de mi presencia, mientras trata de inmovilizar a la gata rosa. Entonces, veo que lleva un cúter en la mano.
—¡Policía! ¡Alto! —le grito —¡García, entrad! ¡Tercer dormitorio!
—¡Vamos, vamos! —le oigo gritar a los demás agentes.
Trato de llevar la mano a la pistola que llevo oculta bajo el traje, pero no consigo dar con la puñetera cremallera. El hombre lobo consigue cortar una oreja de la máscara de Catty, mientras ésta forcejea desesperada. ¡Al diablo! Cual felino salvaje, salto sobre el sospechoso y ambos rodamos sobre el enorme colchón hasta caer al suelo. El hombre lobo consigue ponerse sobre mí y trata de rajarme la máscara con el cúter. Logro detener su brazo armado pero este tipo es muy fuerte y, aunque resisto con todas mis fuerzas, va acortando poco a poco los centímetros que hay entre la hoja y mi rostro. El sujeto ruge como un animal detrás de su monstruosa máscara hiperrealista.
¿Será esta mierda lo último que vea?
De pronto, todo el peso que me oprimía desaparece. Me levanto a trompicones y doy zarpazos a diestro y siniestro.
—¡Ya está! ¡Ya está! —me grita García, esta vez en persona—. Se acabó, tío. ¡Mira!
Cuando consigo calmarme del subidón de adrenalina, soy consciente de que el sospechoso está casi enterrado bajo un montón de policías, han sido rápidos para variar. Él sigue luchando y forcejeando como un lobo salvaje, pero ésta ya es una batalla perdida. Dos agentes sacan a un sollozante Catty de la habitación, cuando pasan frente al agresor, éste le grita:
—¡Debí ser yo! ¡Debí ser yo, zorra!
Veo que otro compañero está atendiendo al hombre lobo azul caído, resulta ser una chica preciosa. Cuando nuestras miradas se cruzan le guiño un ojo antes de darme cuenta de que aún llevo puesta la puñetera máscara de felpa.
La irrupción policial apenas ha supuesto una variación a los planes de la fiesta animal. La mayoría de los furros siguen a lo suyo, tan solo el hombre-alce sale a toda prisa de allí, escoltado por un par de tipos vestidos de negro y máscaras de Rottweiler… a saber quién sería. Una vez reducido y esposado, desenmascaramos al hombre-lobo como en un capítulo de Scooby Doo. Lo identifican como Ralph Lewis, esquizofrénico, con un largo historial de agresiones de todo tipo en las que se incluyen algún que otro mordisco. Lo de “Debí ser yo, zorra” quizás se referirá al premio de las performances que ganó Catty. La envidia por semejante cosa no me parece un móvil convincente para tres asesinatos consecutivos… pero me queda claro que éste es un mundo de locos. Me quito la máscara y me dispongo a salir al aire libre cuando una mano se posa sobre mi hombro. Es la chica-loba azul.
—Si has terminado aquí… ¿Puedo invitarte a una copa? —me ofrece con una encantadora sonrisa.
Mi recompensa por soportar tanta depravación es más depravación, pero ésta es de la que me gusta. Tras salir de la “jungla” y de tomar un par de copas por ahí, hemos terminado en su casa, desnudos en su cama y con mis muñecas engrilletadas al cabezal con mis propias esposas.
Mientras ella me recorre el cuerpo a sus anchas aprovechando mi indefensión… Oh, pobre de mí. Me relajo y miro distraído la habitación. La chica, Sandy o Cindy, no recuerdo el nombre, es todo un bombón, pero está como un cencerro. En las paredes hay estanterías llenas de máscaras de furro, parece la colección de trofeos de un cazador de animales de peluche… pero espera un momento, todos… todos son lobos… hasta hay uno de color negro.
Cuando ella vuelve su rostro a mí, sigue mi mirada a los estantes y sonríe con malicia. Me recorre un escalofrío y forcejeo con las esposas.
—Me has descubierto —dice mostrando sus dientes.
Mis compañeros averiguarán que la dentadura de Lewis no coincide con las mordeduras de las víctimas, pero para entonces será tarde para mí. Mi corazón se encoge en un puño y mi imaginación me bombardea con nuevas fotos en el mural de los inspectores que llevan el caso. Mías, desnudo a excepción de una estúpida máscara de puma de peluche y brutalmente mordisqueado.






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