Soler era el arma. Solo necesitaba detonarse, ya fuera presionando un botón en su mente para descargar golpes furiosos y letales o algún objeto cercano que fungiera como arma.
Margit era el alma. Solo necesitaba entrar en contacto con la naturaleza para iniciar su magia. Comidas, brebajes y animales, todos en armonía podían estar.
Pero a Soler no le gustaba que su esposa anduviera fuera de la cabaña jugando al ser mágico; él tenía necesidades, hambre, deseo y al final el amor. Margit no había podido darle un hijo a pesar de los nefastos intentos y eso tenía furioso a Soler; su reputación como el hombre de la aldea venía a menos. Y aunque esto podía quebrar su espíritu, jamás dejó de tener cerca a Margit. Su belleza era remarcable, al ser de Hungría, cuando sus padres tuvieron que viajar a Portugal y asentarse en dicha ciudad. Lo mejor que pudo pasarle a la familia de Margit fue comprometerla con la familia de Soler; prosperando de alguna manera con la obtención de cabezas de ganado y una parcela que utilizaron bastante para salir adelante.
Margit era sumisa hasta cierto punto, pero siempre tenía que cuestionar la bestialidad constante de Soler. Nunca había descargado su furia contra ella, hasta esa noche donde dicen que Margit hizo un pacto con el demonio de la luna roja.
Soler llegó harto de arar el campo. Lo único que quería era probar una buena comida, vino y un largo descanso después de tomar nuevamente a Margit en su lecho nupcial. Mas al volver, no encontró más que su casa limpia, la voz de Margit en la parte de atrás, danzando entre los árboles junto con algunos animales que habían acudido al llamado. Soler desconoció todo su esfuerzo y se transformó en la bestia indomable que solía ser. Magit salió corriendo después de haber sentido la maligna calidez en su mejilla. Rompió en llanto y a toda velocidad se inmiscuyó en el bosque. No sabía si volvería, lo mejor era que alguna criatura salvaje la devorara en ese momento. Tras caer de una pendiente y rodar cuesta abajo, solo pudo escuchar la voz amenazante de Soler, quien le decía que iba a volver en algún momento.
Perdida, comenzó a divagar. Tenía hambre, le dolía el alma y el corazón. Sabía que Soler no la amaba, pero al menos no le había golpeado. Ahora no había motivos para volver. Se preparó para perderse en el bosque sin importarle nada.
Al acecho, una criatura fue escoltándola hasta lo más profundo del bosque.
Los días pasaron. Soler volvía a casa y Margit no volvía. La gente del pueblo empezó a organizarse para buscarla, pero nadie quería adentrarse solo en el bosque. Las lunas de sangre colgaban en el firmamento y era aún más peligroso. Los religiosos del pueblo ya daban por muerta a Margit o, posiblemente, en algún aquelarre del bosque, entregando su alma libertina al demonio.
Soler siguió trabajando hasta poder costear un arma y municiones.
Soler era el arma, imaginen ahora que podía tener una extensión de sí mismo.
La voluntad era inminente. Nunca centró su atención en recuperar a Margit, solo quería de vuelta la mujer que le pertenecía.
Al final, Soler consiguió el arma. Aprendió a dispararla rápidamente. Un maldito cazador nato, un asesino de la naturaleza creado para destruirlo todo.
Comenzaron las búsquedas del pueblo en la luna menguante. Prosiguieron en la luna llena. Se disolvieron en la luna creciente. Aguardaban en las lunas llenas.
Podían escuchar a la mítica criatura que al alumbrar la luna llena, entona al cielo el despertar del demonio interno. Los pobladores le llamaban verfarkas, porque eran magos húngaros con el poder de transformarse en animales. Solo el fuego podía ahuyentarlos y según los más viejos del poblado, en ocasiones ni eso sucedía. Le habían dicho a Soler que dejara de buscar a Margit, que ya había muerto en algún punto del bosque. No accedió a dichas palabras, era su mujer y de nadie más; la buscaría hasta el fin de los tiempos.
Reanudaron las búsquedas del pueblo en la luna menguante. Prosiguieron en la luna llena. Se disolvieron en la luna creciente.
En la luna llena, armado con todo lo que podía, Soler se internó en el bosque por la tarde. No tenía miedo de ninguna criatura. Él era el arma, solo había que detonarla.
Cayó la luna. Cantó la criatura.
Un animal en cuatro patas, de pelo negro y enorme, trató de lanzarse a donde Soler, pero el animal fue embestido con la potencia del arma, descargada con sencillez por Soler. El aullido atrajo uno más dentro del bosque. Continuó su empresa nuestro maligno ser.
La luna cansada decidió ocultarse. Soler siguió en la búsqueda. De pronto, detrás de las rocas, pudo ver una melena rubia correr hacia la colina. Aquel cuerpo desnudo podía reconocerlo. Le gritó a Margit que se detuviera y cargó el arma. Avanzó sin temor alguno. Margit corrió, mientras continuaba sumergida en llanto. Soler fue tras ella, pero parecía que su mujer conocía muy bien aquel lugar.
Así volvió el atardecer. Tras la jugarreta de Margit, por fin encontró una cabaña abandonada y a un costado, una enorme madriguera. Soler se dirigió hasta la puerta de la cabaña, pero no encontró más que oscuridad. Pero, al voltear a mirar la madriguera, encontró a dos pequeños niños muy parecidos a Margit. Alzó su arma contra los niños.
Cayó la luna llena. Aulló en llanto una criatura en el fondo.
Margit emergió de la oscuridad con ojos enrojecidos. Le dijo a Soler que había matado a su esposo, quien era un verfarka y le había dado no solo el amor que necesitaba, sino dos hermosos hijos verfarkas. Tenía tiempo que ambos se reunían para crear la magia que con Soler jamás ocurriría. Porque los hijos son un don del amor, la magia y la creatividad, no para un propósito de gloria personal.
Soler preparó el arma. Pero la magia y la furia de esa familia verfarka, listos para vengar la muerte de su padre, no le prestaron un solo momento a Soler para descargar su furia.
Uno a uno, probaron la sangre de un monstruo maligno. Lloraron la muerte del padre y ahora se comían a una figura poco paterna. El llanto del hombre se apagó lentamente. Los pobladores escucharon aquellos gritos y decidieron refugiarse en sus casas.
A la mañana siguiente solo encontraron restos de lo que una vez fue Soler. Rastros de sangre de una bestia desconocida la cual reptó a través del bosque, internándose donde los hombres jamás entrarían.
Cada noche de luna llena el aullido lastimero podía ser perceptible en el pueblo. Los verfarkas salían a cazar, por hambre y por futuros miembros de su manada.
Margit, aún a su avanzada edad, aún está en lo alto de la colina cada luna llena esperando su momento para volver con su amor mágico. Entona el aullido nocturno, junto con los verfarkas alrededor de las regiones de Portugal.
Y más allá.






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