Gretchen Kerr Anderson
—¡No me digas qué hacer, imbécil —gritó Tusk, mientras le sonaba un coscorrón al aprendiz!
Se giró de inmediato, a medio camino entre la ira y la exasperación. Llevaba años cazando engendros, para que un venator principiante, bajo su entrenamiento, le diera consejos sobre cómo atrapar zombis. El aprendiz, cuyo nombre ni siquiera valía la pena recordar, dio un paso atrás con temor.
—Sólo intento ayudarte, Tusk—replicó el joven, tratando de mantener la compostura a pesar del ardor en su cabeza—. He leído sobre nuevas técnicas en los grimorios. Hay formas más efectivas de atraer a los muertos vivientes.
Tusk soltó una risa áspera, de conjunto con una vaharada etílica, y se pasó una mano por la barbilla rasposa y mal afeitada.
—¿Nuevas técnicas? ¡Por favor, chico! He estado haciendo esto desde que tú estabas en pañales. Lo único que importa aquí es la experiencia, y tú no tienes ni una pizca de eso.
El eco de su voz rasgaba el silencio del antiguo cementerio, donde la niebla se arremolinaba como un manto fantasmal. Los mausoleos, cubiertos de hiedra y musgo, se alzaban a su alrededor.
—Además —continuó Tusk—, el único consejo que necesitas seguir es el que dice: no te acerques demasiado a ellos.
El aprendiz había idealizado la caza de zombis como una labor noble y heroica. Pero Tusk sabía, a través de la amarga experiencia, que aquel era el trabajo más mal visto y peor remunerado que esos vejestorios del Consejo podían ofrecer. Los muertos vivientes no eran nada más que sombras; seres putrefactos de instintos primarios, impulsados por la necesidad de devorar carne viva. No había nada de noble o heroico en cazarlos.
Unos ruidos a su alrededor hicieron que Tusk se pusiera en alerta.
—Atento… —susurró, mirando hacia la penumbra, donde unos árboles marchitos de ramas torcidas se alzaban como guardianes del reino de la muerte.
Un aire frío sopló, y una envolvente sensación de peligro invadió al viejo cazador. Por instinto, desenfundó su longino y lo sostuvo firme en su mano. El aprendiz abrió la boca, pero Tusk le lanzó una mirada tan feroz que las palabras se le trabaron en la garganta. Entonces, en la distancia, el sonido inconfundible de varios gruñidos se escuchó más allá de los arbustos.
—Ya vienen…—dijo Tusk.
El joven pudo ver, por primera vez, una horda de sombras humanoides que se debatían en medio de la bruma. Los zombis se movían con torpeza, avanzando hacia un único propósito: devorar la carne fresca de los vivos. Instintivamente, el aprendiz retrocedió, comprendiendo de golpe la verdadera naturaleza del horror que había leído en los grimorios. Pero Tusk ya estaba en movimiento, corriendo hacia adelante, con sus instintos de venator cobrando vida.
—¡No te quedes ahí parado como un idiota! ¿Vas a dejar que te maten? ¡Coge tu arma y cúbreme!
El aprendiz, con el corazón latiendo con fuerza, desenfundó su espada y corrió en pos de su mentor. La habilidad y el aplomo de Tusk eran evidentes. Con cada corte y estocada, el veterano se enfrentaba a una docena de muertos andantes. El joven lo observó, temeroso. Por cada zombi que Tusk derribaba, otros diez parecían surgir de la penumbra, multiplicándose como sombras en la noche misma. El aire se llenó de gritos y el sonido escalofriante de huesos chasqueando.
—¡Atrae su atención! —gritó Tusk, empujando a un zombi que se había lanzado sobre él.
El aprendiz, apretando los dientes, decidió que si iba a ser venator, debía actuar como uno. Con un grito desafiante, se adentró entre los engendros intentando atraer su atención con golpes bruscos y movimientos improvisados. Pero la inexperiencia era su peor enemigo: Un descuido lo llevó a quedar atrapado entre dos zombis. Durante un instante, el terror lo paralizó. Tusk, pensando que aquel chico era patético, se lanzó hacia él con su longino en mano, salvándolo en el último momento.
—¿Vas a seguir perdiendo el tiempo o vas a luchar? —rugió.
Con destreza se sumergió de nuevo en la pelea, y juntos comenzaron a trazar un camino de destrucción entre la horda de engendros.
—¿De dónde salen tantos zombis?
—No lo sé. Me pagan por matarlos, no por acuñar sus pasaportes.
El aprendiz vio cómo Tusk se movía en la oscuridad, empujando a varias criaturas hacia atrás con una fuerza sobrehumana. Mientras luchaban, otro grupo emergió de entre las sombras, más enérgico y hambriento. Tusk miró a su alrededor. Una marea de zombis se cerró alrededor de ellos. Cuando las sombras finalmente los engulleron, Tusk soltó a un lado el longino y tomó entre sus manos la ballesta que le colgaba en bandolera del hombro.
—¡Exorcismus! —gritó, mientras manejaba el artefacto, sintiendo el peso familiar del arma.
Esta se cargó de una luminosa energía con forma de flecha triple, que salió despedida en línea recta, barriendo limpiamente con todos los zombis que tenía a su alcance.
“Así que ese era el secreto del viejo venator”, pensó el aprendiz, “un arma sagrada y encantamientos de bajo rango. Todo este tiempo había estado improvisando.”
Mientras Tusk continuaba eliminando oleadas enteras de zombis con su ballesta mágica, el chico se las arregló para dar cuenta de algunas de las criaturas con su espada.
—¡Exorcismus! ¡Exorcismus! ¡Exorcismus!
Terminó de gritar Tusk, mientras giraba en todas direcciones y aniquilaba el último puñado de engendros que los rodeaba. “ Demasiado trabajo para tan poco salario”, se dijo el viejo cazador, al tiempo que se colgaba la ballesta al hombro de nuevo y deslizaba la mano hacia uno de los bolsillos traseros de su jean. El hombre, sudoroso y con los largos cabellos revueltos, tanteó un par de veces con torpeza hasta dar con la caneca de vodka. Bebió un largo trago, esbozó un gesto de satisfacción, y la devolvió a su sitio.
El cementerio se sumía en una neblina densa mientras el campanario de la iglesia cercana vibraba con el toque de las campanas, marcando las doce. Una sensación de inquietud se apoderó de él. Mientras miraba a su alrededor, notó cómo una de las gárgolas decorativas de la muralla de la iglesia, comenzaba a despertar. El sonido pétreo de sus alas extendiéndose era un eco de mal agüero. Un estruendo repentino se escuchó en la noche.
—Esto no es bueno…+
La criatura de piedra, antaño guardiana de los templos, lanzó un rugido estruendoso y se alzó por los aires. Tusk le echó un vistazo al aprendiz, quien tragó saliva. No había tiempo para las debilidades . Con un grito de advertencia, levantó su ballesta y comenzó a disparar.
Las flechas luminosas volaron rápidas y precisas, enterrándose en la carne en descomposición de algunos zombis desperdigados que comenzaban a aparecer de nuevo, dejando a su paso un charco de putrefacción. El aprendiz intentó seguirle el ritmo, cortando con su espada a los engendros que se acercaban a ellos. La lucha se volvió frenética mientras el aire se llenaba del eco de las armas chocando contra los huesos.
Pero entonces, el aullido de la gárgola se escuchó por encima del bullicio. La criatura alada se lanzó a la carga sobre Tusk con una fuerza devastadora, desgarrando el aire con sus garras afiladas. Ambas apariciones, zombis y gárgola, eran una amenaza conjunta. Pero Tusk y su aprendiz comenzaron a trabajar en perfecta sincronía. Cada ataque estaba acompasado y sus estrategias se entrelazaban. La gárgola, al verse acorralada, tomó vuelo, intentando ganar altura para lanzarse de nuevo. El hombre, sorprendido, apretó los dientes al ver cómo la gárgola se dirigía hacia él, con sus alas extendidas, proyectando sombras amenazantes.
—¡Cuidado! —gritó el aprendiz.
Con un grito de coraje, levantó su espada y la hundió en el costado de la gárgola, justo en el momento en que intentaba atrapar a Tusk. El monstruo soltó un rugido desgarrador, sorprendido por el ataque. Tusk disparó. La flecha se hundió en el otro costado de la criatura, haciendo que se retorciera con un rugido de dolor. La gárgola gritó por última vez antes de ceder, desmoronándose en una nube de polvo sobre el suelo.
Pero la pelea había cobrado su precio. Tusk había recibido un zarpazo en el costado, y sentía la sangre empapando su ropa. Se llevó una mano a la herida, maldiciendo el dolor que lo consumía. Pese a todo, la gárgola estaba abatida y los zombis, finalmente, habían caído.
El amanecer comenzaba a asomar en el horizonte, y el aire traía consigo la promesa de un nuevo día. Tusk se dejó caer contra una tumba. Su cuerpo agotado buscaba refugio en la sombra. Encendió un cigarro. Tomando una bocanada profunda, dejó que el humo lo envolviera.
—Deberías apurarte en curar tu herida —dijo el aprendiz con los ojos fijos en el uniforme ensangrentado de su mentor.
—¡No me digas qué hacer, imbécil! —gritó este, iracundo, enderezándose a pesar del dolor para sonarle un coscorrón—. He estado en peores situaciones. Además, no me pagan lo suficiente…






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