Victor D. Manzo Ozeda

Los muertos caminan entre nosotros,
carne descompuesta, ojos huecos;
un hambre antigua que nunca se sacia,
devorando lo que fuimos,
lo que alguna vez soñamos ser.
No hay poesía en la putrefacción,
solo el ritmo constante de la decadencia.
Un desfile grotesco donde la piel se desprende
como hojas en otoño,
revelando huesos quebradizos.
Historia sin narrador,
Memoria sin voz.

Las tumbas no pueden contener
el peso de tanto deseo insaciable,
porque la muerte no es un final,
es un ciclo,
una escena macabra que se repite
en cada mordida, en cada grito ahogado
por la marea de cuerpos en movimiento.
En la muerte no hay redención,
solo un impulso primitivo,
una marcha sin fin
hacia la nada,
donde cada paso es una confesión,
una traición a lo que una vez
llamamos humanidad.
Los muertos no lloran,
no ríen,
solo avanzan.
Una procesión interminable
de desesperanza y anhelo,
buscando algo que ya no recuerdan,
un deseo enterrado bajo capas de carne podrida
y memoria carcomida.
El mundo no termina en un apocalipsis
de fuego y sangre,
dino en un silencio abrumador,
donde los vivos se convierten en presa
y los muertos en cazadores:
un equilibrio cruel,
una balanza inclinada hacia la penumbra,
donde la luz se desvanece,
pero el hambre persiste.
Así avanzan,
los cadáveres reanimados,
músicos de una sinfonía sin melodía,
en un escenario que ya no conoce
la paz del descanso,
solo el eterno retorno
a un hambre que nunca se sacia.


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