Contengo la respiración, aprieto los puños lo más que puedo para no golpear el mostrador, para no golpear al idiota al otro lado del mostrador.

—Gracias por su compra— digo con la sonrisa forzada y ensayada al último cliente que entra por esa espantosa puerta.

Escucho de nuevo la campanilla, es hora del corte, hora de mi libertad. Por suerte está lloviendo, es lo único que me da algo de tranquilidad, esas cuadras silenciosas, y oscuras que tengo para ser yo mismo. Acostumbro a caminar despacio, no como el resto de mis compañeros que salen como alma que lleva el diablo, y de las mujeres, ni se diga, caminan como si su vida dependiera de ello, pero que se yo… Disfruto del silencio y de la soledad, el miedo no está en el cigarro que prendo, ni en mis pasos pausados, tampoco en mi cartera vacía. “Que me maten si quieren” digo de broma, pero es la verdad. Qué más da si lo hacen.

Mis pasos de libertad están contados. Cruzo la puerta y finjo otra sonrisa.

“Bien cariño, estoy cansado” “Lo de siempre, Carlos es un pendejo, los clientes son pendejos, pero qué más da, solo me queda sonreír”. “Sí, cariño, la cena está deliciosa.”

A Norma le fue “bien”, algo de una buena propina. Quiere hacerme el amor. Se pone el camisón viejo de siempre, me “seduce” con besos y caricias que ya conozco, que ya no deseo, que ya no me excitan, ni me complacen, pero finjo que sí y dejo que ella haga lo que quiera, qué más da.

Me imagino que así se ha de sentir ser un muerto viviente. Tendido boca arriba, mientras Norma se complace con mi cuerpo. Ya no siento nada aunque mi cuerpo sigue funcionando. Los gemidos de Norma son la prueba de ello.

“Al menos los zombies tienen un propósito”, pienso mientras Norma guía mis manos para que toque sus senos duros, sudados y agarre sus caderas… Los zombies quieren cerebros, tienen un propósito… Es triste pensar que un muerto viviente tiene más vida que yo…

¿Cuál es mi propósito? Sin evitarlo pienso en el pendejo de Carlos “su propósito es hacer feliz al cliente, si el cliente es feliz, nosotros también”.

“Mierda” pienso mientras el coraje me invade la mente y el cuerpo, siento más rápido el movimiento de caderas de Norma, la agarró con fuerza, y ella gime más, ella piensa que estoy excitado, pero estoy furioso.

“Maldito hijo de puta” quiero gritarle a la nada, a todo el mundo, a mi padre por ser un hijo de puta, a mi madre por no haberme abortado, a mi hermano por haberme abandonado, al pendejo de Carlos, a Norma…pero sigo ahí boca arriba, viendo a Norma ser feliz… y la odio…La odio por ser feliz con esta mierda de vida que tenemos, por ser feliz con una buena propina, por ser feliz con una mala cogida…

—Tengo hambre— dice después de haberse acostado por un momento en mi pecho — voy a comer algo, ¿quieres?

La alcanzo en la cocina. Ella está cantando, feliz. Agarro el cuchillo. El odio y el enojo, me invaden de nuevo.

Con fuerza, sostengo un cuchillo ensangrentado. Miro al piso y Norma está ahí inmóvil, cada vez más pálida. No puedo evitar sonreír.

—¿Ya cortaste la cebolla, cariño?

La voz de Norma me vuelve a la realidad. Me cuenta algún chisme sobre Dana mientras ríe.

Trato de respirar, de contar hasta diez… Uno… dos… tres… Cierro los ojos y me imagino la cara de Carlos, su expresión de miedo, suplicándome por su vida, veo a los clientes, tirándome sus carteras para que no corte sus cuellos…

Norma está distraída, está de frente a la estufa: clavarle el cuchillo en la espalda… sería algo rápido y certero, por más que la odie, no merece sufrir, no como Carlos, pendejo. Con él sería diferente, primero mataría a Sofía, todos sabemos que se la coge cuando cree que nadie la ve, lo haría mirar y después

—A ver, amor, dame eso, hoy te dejé cansado ¿verdad?—dice Norma mientras trata de quitarme el cuchillo…

—Perdón linda, andaba pensando en… en… en Carlos…—

—Cuidadito porque en una de esas me pongo celosa—dice mientras me da un beso en la boca.

Sigo sin soltar el cuchillo.

Cenamos, ella platica y ríe. Yo solo asiento con la sonrisa fingida. La odio.

—Vete a dormir, cariño, yo limpio los trastes.

Ella me da otro beso y se va a dormir. La conozco, no tardará ni diez minutos en quedarse profundamente dormida. La odio, no sé cómo lo hace, cómo se duerme tan rápido, como puede dormir… como si todo estuviera bien.

Sería tan fácil clavarle el cuchillo en el pecho… no sentiría nada. Tal vez si ella es la primera, con Carlos, con el pendejo de Carlos no sería tan complicado…

Suena el despertador. Gracias por su compra. Suena la campanilla. Es la hora del corte, ojalá que hoy sea el día… ojalá que hoy, Norma llore mi muerte para que yo no tenga que fingir llorar por la suya.


Deja una comentario

Tendencias