L. Dante Gorena V.
A quien corresponda:
No pretendo que la presente sirva para convencer al lector de la veracidad de este escrito. Confieso que, si tomé la decisión de narrar esta historia, fue antes de que los gusanos me fueran comiendo la memoria. Me queda el recuerdo de aquel extraño episodio que continúa atormentándome a pesar de los años. Son de esas huellas indelebles que deja la experiencia de lo vivido y no se borran fácilmente ni con el tiempo.
Admito no haber conocido a la doctora Raquel Alfaro; pero, por lo que se sabe, ella estuvo laborando en una remota isla de las Antillas, a comienzos de la década anterior, cumpliendo una misión de ayuda humanitaria. La joven médica extranjera había anclado sus pies en ese infierno tropical, plagado de mosquitos y azotado por la epidemia del cólera, luego de haber cruzado el Mar Caribe desde Los Andes. Y tuvo que permanecer, por un siglo de meses, entre el sol inclemente de los días cansinos y sus noches lóbregas, que es cuando los aullidos lastimeros de perros hambrientos apuntan a la luna. No era raro encontrarse con oscuros rituales, propios de la religión afrocaribeña. Particularmente el vudú (quizás como una necesidad envolvente) y sus prácticas esotéricas; con el sacrificio de pobres chivos y carneros, balando a grito herido y salpicando de sangre las noches tropicales.
Todo estaba yendo con normal diligencia, respecto a su trabajo siempre prolijo, sin imaginarse que el destino tenía otros planes para ella. Y sucedió lo peor que podría pasarle a un salubrista en pleno ejercicio de su profesión, que habría de dar un giro de ciento ochenta grados a su vida: el bicho de la malaria había logrado hincarle el diente, y así, de tan negra suerte, comenzó a sufrir de fiebres y terribles espasmos. Lo peor de todo, sin el auxilio de algún colega suyo, porque estaban todos distribuidos en distintos puntos alejados del país. Por lo que, ni haciéndole tragar extrañas pócimas, que cierta curandera le había preparado, se pudo recuperar su salud. Y entonces, por ironías de la vida, la salubrista pasó a ser otra paciente más, pero esta vez en manos del destino.
Es ahora cuando se empieza a desatar el nudo de esta historia:
Casualmente, ocho años después de aquella epidemia de cólera, me tocó estar por allá —Haití había sido víctima de la mayor catástrofe natural en toda su vida: un terremoto de 7,0 grados en la escala de Richter, había dejado muerte y desolación— para reportar las noticias que ahora estaban dando la vuelta al mundo. Cumpliendo así mi oficio de periodista gráfico en un medio de circulación nacional.
Se podía escuchar el ulular de las ambulancias, entre pedidos de auxilio y gritos de pánico colectivo, en un vano intento de calmar la ira de la naturaleza. En medio del caos, estaban los rescatistas con sus nobles quiltros, y también había un ejército de batas blancas y azules, disperso entre Puerto Príncipe y la Comuna de Grand Goave, dos de las ciudades más castigadas por el fenómeno telúrico.
Heme aquí en una sola pieza, bajo el inclemente sol antillano, apretando el obturador de mi poderosa Canon. Trepándome en un escenario infrahumano, con cientos de muertos (o semimuertos), enterrados entre los escombros en los primeros días; y otro tanto brotado sobre la faz de la tierra como salpullidos. Quién sabe si estaban purgando sus pecados capitales por haber sido parte de sangrientos rituales que habían trascendido en el tiempo.
Es en este contexto (de pesadilla distópica) cuando se vuelve a mencionar el nombre de la doctora, en voces de gente que asegura haberla conocido; y cómo es que, presa de temblores y fiebres intensas, le fue calando la enfermedad hasta dejarla como una fruta podrida y terminar dispersando sus huesos selva adentro. Lo cual hizo que sus padres, luego de enterarse de tan infausta noticia, se fueran hasta la isla a reclamar el cuerpo de su hija. Pero, extrañamente, nunca apareció un sólo cabello de ella y tuvieron que retornar a casa con el cajón vacío.
Según una síntesis establecida a partir de versiones dispares (puesto que, nunca se hallaron su acta de defunción ni el respectivo certificado forense que aclare las causas de su fallecimiento), la malograda salubrista pudo haber muerto medio año después de haber puesto los pies en la isla.
El caso tomó una dimensión de ribetes macabros, por su extrema crueldad; porque a la susodicha (que además tenía la desventaja de no poder comunicarse fluidamente con la poblada, ya que apenas balbuceaba el creole), le fueron atadas manos y pies; siendo ella presa de autolesiones, mordiéndose la lengua hasta sangrar; en un concierto desaforado de gritos que hacían que, incluso las lechuzas, huyeran despavoridas de los árboles. Finalmente, sin mayores reparos (suponiendo que podría tratarse de una “endemoniada”), fue considerada oficialmente muerta con el aval de un grupo de isleños. Sin al menos esperar que el alma de la difunta pueda desprenderse de la materia, esa misma noche (noche sigilosa y descafeinada) fue enterrada en el fondo de algún hueco eterno.
Fue entonces que decidí volcar mi atención a esta espeluznante historia; apartándome del objetivo central de mi estadía en Haití (por lo cual me vi obligado a dejar en segundo plano y por un tiempo mi labor de fotoperiodista, para hurgar en la memoria de los habitantes de Grand Goave). Y ahora, con más dudas que certezas, me vine a enterar que, probablemente como consecuencia del fenómeno telúrico, más de uno tuvo que asombrarse de verla reaparecer —ocho años después, como si la tierra hubiera devuelto todo lo que se había tragado— a la salubrista en los suburbios de la Comuna; convertida, de tal suerte, en una piltrafa extrahumana, con la voz llena de arena, monstruosamente idiotizada y, por momentos, encendida por la ira. Suponiendo que era ella, por los retazos de su bata azul que le cubrían parte del tórax, pero también, por el collar de tejido andino que le colgaba en su huesudo pecho.
Estaría así, vagando como un espectro en las horas muertas de la noche; perturbando el sueño de las gentes, que ahora echaban tranca y cerrojo en sus puertas y ventanas.
No se descartaba el hecho de que hubiese sido enterrada rápidamente para evitar el contagio del cólera. Pero está también otra versión, más descabellada aún, como resultado de los síntomas (ojos vidriosos, contorsiones pélvicas, y señales de demencia) que presentaba la paciente; lo cual dio a suponer que ella había sido poseída por algún ente endemoniado. Cualesquiera fuese el origen de las versiones, sea válida o no, ella fue sin duda una víctima inocente que habría de llevar consigo ese estigma. Y ahora es cuando la historia toma un giro mágico… para no quedarse en el polvo del olvido:
Todavía se mueven voces, como un secreto a cielo abierto, que afirman que fue un bocor (es decir, un brujo vudú malévolo), el responsable directo de haber transformado en zombi a la doctora Alfaro. En este caso, el bocor había aguardado pacientemente, entre las sombras putrefactas de la noche, a que el cuerpo de la víctima fuese depositado bajo tierra; para luego desenterrarla, con la complicidad de la luna y aprovechando que sus órganos —quién sabe si ella conservaba todavía un hálito de vida— estarían frescos.
“No es la primera vez —complementó un amigo isleño, que también me brindaba sus servicios como traductor para facilitar mi trabajo investigativo— que suceden estos casos”. Más allá del culto y las leyendas que se tejen por aquí, todo apunta a estos brujos como responsables de la zombificación de las víctimas.
“Se han dado casos en que el bocor profana la tumba del difunto, intuyendo que podría haber sido enterrado antes de las veinticuatro horas (y esto es muy común, debido a las altas temperaturas que dificultan la conservación del cuerpo). Sin embargo, muchas veces la carencia de oxígeno durante el entierro ocasiona lesiones cerebrales irreversibles que reducen a la víctima a un estado catatónico y dócil de idiota congénito; es decir, como un esclavo del mentado brujo”.
Era ya noche cerrada cuando terminamos la plática. Estaba por echarme a descansar, cuando, de pronto, sentí extraños ruidos que venían de afuera. Al abrir mi ventana pude ver con espanto la esquelética figura de una mujer de raída bata azul y un desteñido collar de tejido andino colgado en su cuello. Señalándome con sus ojos huecos, fosforescentes y furiosos.






Deja una comentario