Luis Ariel Alfonso Conyedo

“Un día naces y al siguiente ya eres guerrero o cazador”. Así le había dicho su abuelo a Walid cuando era sólo un niño. Walid recordaba ese momento. Se veía sobre el lecho de pieles, demasiado pequeño para hablar, pero muy curioso, observaba todo a su alrededor. El anciano asomando su rostro, tan arrugado como la corteza de un árbol mientras le transmitía sus conocimientos de chamán.

Walid estaba agradecido por eso, también por los dones sobrenaturales que heredó del ancestro. Pero el anciano estaba equivocado. Un día naces y al siguiente eres el único sobreviviente de tu tribu. Aquello se ajustaba más a la situación.

El hombre, semidesnudo, herido en la carne y el orgullo, se agachó en ese rincón de la selva. Absorbió el humo de la diminuta hoguera situada frente a él y empezó a entonar cánticos en la sagrada lengua de su tribu. Buscaba comunicarse con los espíritus.

Ante él comenzaron a desfilar aquellos que se encontraban muertos. Tuvo un sobresalto. Había visto a sus compañeros de armas. Les hizo una señal:

—¿Qué hacen aquí? Ustedes siguen vivos, aunque…

Dejó la frase inconclusa, la verdad era demasiado horrible para decirla. Ellos seguían vivos, pero transformados en colmenas para las avispas hechiceras. Nidos de carne putrefacta que se arrastraban por la selva sometidos a la voluntad de los insectos y esparciendo el mal.

—No, Walid, estamos muertos —dijo Taiwo, el hábil cazador.

—Así es —añadió Karum, el poderoso guerrero—. Nuestras almas están aquí, aunque nuestros cuerpos continúan en pie, pudriéndose lentamente. Las avispas nos convirtieron en zombis.

A Walid se le erizaron los pelos tras la nuca:

—¿Cómo puedo ayudarlos? —preguntó desesperado, en verdad necesitaba liberar a sus compañeros.

—Eres el chamán de la tribu —susurró Taiwo—, tal vez los espíritus puedan ayudarte, pero la verdadera respuesta sólo te la puede dar Akara, el brujo de los srien.

Las almas se desvanecieron y Walid regresó del plano astral. Tenía por delante una misión casi imposible. Los srien no practicaban chamanismo, sino brujería y además tuvieron escaramuzas con los buroga, la exánime tribu de Walid.

El chamán debía estar seguro de necesitar la ayuda de Akara. Vagó por la selva hasta encontrar un zombi. El no-muerto arrastraba las piernas, la mandíbula le colgaba laxa, de su podrida garganta brotaba un sonido gutural. En el pecho llevaba un agujero dentro del que jugueteaban las larvas de avispa hechicera. Uno de aquellos endemoniados insectos volaba alrededor de su víctima.

Esos animales nunca picarían a un portador de magia a menos que fueran obligadas, pero si uno de aquellos zombis llegaba a morderlo, le traspasaría la enfermedad y entonces la avispa lo utilizaría de igual forma.

En silencio, Walid dedicó una plegaria a los espíritus y con su lanza arremetió contra el muerto viviente. El zombi también fue al ataque. El chamán le atravesó un hombro sin mucho esfuerzo, lo que provocó que ese brazo quedara colgante e inutilizado. Fue entonces que el hombre se fijó en algo. El rostro putrefacto del zombi era una máscara de ira, parecía que el antiguo pecado era lo único que lo impulsaba. El monstruo pareció darse cuenta y con el otro brazo se apuntó al pecho. Walid captó aquel mensaje sin palabras. La ira de los zombis iba dirigida contra los insectos que los esclavizaron. El chamán hundió su lanza en uno de los ojos del no-muerto hasta alcanzar el cerebro y darle el descanso eterno. La avispa hechicera, temerosa de atacar a un usuario de magia, huyó dejando a las larvas a su suerte.

Walid apretó a uno de aquellos gusanos para sentir el aura que tenían. Eran de naturaleza mágica. Aunque odiaba tener que admitirlo, necesitaba la ayuda de Akara.

Llegó cerca de la aldea de los srien. Vio al brujo y se le acercó, los otros miembros de la tribu comenzaron a ofenderlo y algunos incluso le lanzaron piedras.

—¡Deténganse! —ordenó Akara—. Este es mi invitado especial —dijo con una sonrisa enigmática y luego se dirigió a Walid—: ¿Qué te trae por aquí, buroga?

Walid suspiró. Odiaba a ese tipo, pero era el único que podría ayudarle:

—Mi tribu. Todos fueron convertidos en zombis por avispas hechiceras, eres un brujo por lo que solo tú puedes ayudarme.

La sonrisa de Akara se hizo más amplia:

—Vaya, así que era eso… ¿Avispas como estas? —golpeó sus palmas y todo un enjambre de avispas hechiceras comenzó a revolotear sobre él.

—Bastardo, no me digas que tú…

—¡Así es, Walid! Los demonios que adoro me concedieron el poder sobre las avispas hechiceras, ahora escucharán todas mis órdenes y les ordeno que te ataquen.

La cohorte de insectos arremetió contra él. No tuvo ni la más mínima oportunidad, cientos de aguijones se le clavaron en la carne. El último buroga sería zombificado. La ira se abrió paso en el alma de Walid, ese sentimiento que los espíritus condenaban iba dirigido a Akara. El chamán agarró al brujo por los hombros y le mordió el cuello. Le destrozó la yugular, la sangre fluyó como un volcán.

Las avispas, sin nadie que las controlara, fueron contra el resto de los srien, listas para convertirlos en esclavos de su ira.


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