Alejandro Benítez “Radio nahual”

Despertó sobresaltado, con el dolor más horrible y penetrante que había sentido en toda su existencia. Estaba en un sitio oscuro, con algunos haces de luz rojiza entrando por la parte superior, pero no la suficiente para identificar el origen de esa sensación lacerante. Confundido, sus manos palparon hasta encontrar algo frío y rugoso que sobresalía del pecho, pero el pánico fue mayor al sentir ese objeto hundirse entre sus costillas.

Sentía la espalda húmeda y un breve impulso de lógica le indicó que era producto de su propia sangre, un enorme charco, testigo de todo el tiempo que estuvo inconsciente. Todos los sentimientos se abrieron paso a través de alaridos guturales que resonaban en un espacio de tinieblas y para su sorpresa, hubo respuesta: sonidos similares llegando de varios puntos en la lejanía.

Tambaleante, se puso en pie para descubrir que los músculos apenas y obedecían, una tarea sencilla que hizo durante décadas de vida ahora resultaba dolorosa, como si cada músculo se negara a obedecer. Cada paso era un contoneo del objeto en su pecho, incrementando el sufrimiento y el punto más insoportable fue cuando chocó contra algo. A cambio, se abrió una rendija de luz que fue bien aprovechada. Sus ojos ardieron al contacto con los resplandores del sol crepuscular, como si ya no estuvieran hechos para recibir su calor y enseguida recordó todo: era el fin del mundo, él había buscado refugio en una bodega, pero después… ¿Qué había pasado?

El horror estalló al ver un tubo oxidado que sobresalía de su pecho con una mortífera punta, clavado hasta atravesarle por completo y entonces, entendió lo ocurrido: era una víctima más del apocalipsis y algún bastardo le había inmovilizado con esa lanza improvisada, dándole por muerto.

Esta vez, el grito fue más largo mientras sacaba el tubo entre crujidos de su pecho. ¿Por qué había pasado esto? ¿Cómo había fallado su estrategia? ¡Claro! Fue por no seguir el camino solitario y dejarse llevar por un grupo en el que, pensó, podía depositar su confianza y seguridad. El arma cayó con un estrépito metálico cuyo eco resonó en la bodega, acompañando los breves recuerdos que conseguía extraer.

Cuando inició el apocalipsis, pasó dos días en soledad, huyendo con éxito mediante sus propios pasos, recursos y métodos; quizá erróneos, otros bastante ingeniosos, pero no rendía cuentas o explicaciones. Luego, encontró a un compañero, factor determinante para unirse a un grupo de sobrevivientes que prometía seguridad.

Sus rostros desfilaron por la memoria y pudo notar algo más fuerte que su dolor. Una sensación extraña atravesaba sus encías, tan intenso que le hizo apretar la mandíbula hasta sentir rechinidos entre dos hileras de dientes bien cuidados, o al menos hasta unos días atrás. La necesidad de morder algo era demasiado grande, inundando la boca con saliva al punto de que estrujaba el interior de sus propias mejillas y labios como única fuente de alivio. Tenía hambre, intensa como nunca la había sentido, todos los antojos que llegó a tener no eran comparables con esto.

Al principio fue satisfactorio encontrar compañía después del aislamiento, era una relación cordial y quizá pudo haber tenido frutos en otro contexto. Pero comenzaron a acumularse los pequeños conflictos hasta ser algo demasiado complejo y estallaron en el momento menos adecuado, cuando escapaban entre calles llenas de peligros mortales. Fue el perdedor y ni siquiera por voluntad propia; nunca tuvo la intención de sacrificarse como un héroe por el equipo, sólo las malditas circunstancias le dejaron atrás el tiempo suficiente para ser alcanzado.

¡Cierto! Observó su pierna derecha: ahí, con un dolor opacado por la herida del pecho, lucía las marcas de una mordida profunda, su sentencia a ser un muerto viviente. Pero esto no explicaba el tubo, ¿qué ocurrió? La memoria fue interrumpida por algo más: el olfato, desarrollado por ese misterioso virus, le indicó que había algo vivo rondando en las cercanías y el deseo de atravesar la piel con mordiscos fue demasiado fuerte para resistirse. Caminó entre tambaleos, pensando en ahogar toda su frustración con bocados de carne humana. Era fácil seguir el rastro; eso explicaba por qué fue imposible estar seguro mientras sobrevivía y más, al estar en grupo con más aromas atrayendo muertos.

Frente a los restos de un comercio, olisqueaba el aire para confirmar la ruta y entonces, su memoria tuvo otro chispazo. El trozo de tubería no había entrado por el frente; alguien, algún maldito cobarde le atravesó por la espalda apenas enterarse de que estaba mordido. Un ataque inesperado y artero que puso fin a su vida normal; pero ese intento de héroe fue tan idiota como para no darle en la cabeza, condenándole a ser un muerto viviente.

Sus oídos, ahora agudos como los de un buen cazador, detectaron débiles pasos cruzando la calle, una presa a punto de ser acorralada por el descuido. Escuchó algo más: otros zombis emergían de los alrededores en busca de la misma carne que él, algo inaceptable. Luchó contra la rigidez para avanzar más rápido entre gruñidos y pudo ver el borrón de una chamarra verde atravesando el ventanal, como si pudiera esconderse de la horda.

Pese a los músculos rebeldes, tomó la delantera, pues no estaba dispuesto a compartir la preciada carne. Un disparo en el cuello le hizo retroceder, mientras la carne ardía por el paso del proyectil. La presa jaló el gatillo otras cinco ocasiones, de las que sólo una pudo darle en el estómago, pero esos nuevos dolores acrecentaron su furia y el ya incontenible deseo de comida. La premura de recargar desperdigó municiones por todo el suelo con una lluvia metálica, evidencia de la inutilidad del revólver en manos inexpertas.

Sentía un sádico placer caminando sobre las balas hacia una víctima cada vez más desesperada. A sus ojos, y sin saber quién le apuñaló, todos los sobrevivientes con quienes compartió alimentos eran culpables por igual de este destino abominable donde se encargaría de devorar e infectar a tantos como le fuera posible. Esta víctima era sólo el inicio, la primera en recibir su ira.

Un estrépito anunció la llegada de otros muertos, que avanzaban sobre anaqueles y vitrinas. La presa se limitaba a soltar martillazos en un último e inútil ataque y él debía apresurarse para dar la primera mordida. Uno de los golpes hizo crujir su pómulo bajo el metal. Esto sólo empeoró las cosas; los dientes pronto alcanzaron la garganta de su víctima.

En una sola mordida dejó salir todo el rencor acumulado desde que abriera los ojos con su nueva vida, una satisfacción de novedad inundaba sus sentidos en oleadas de placer, pero sólo pudo mantenerla durante un instante, pues otros zombis se abalanzaron a reclamar su botín y aunque estaba aferrado a la carne, fue imposible resistirse ante la marea de carroñeros que se quitaban unos a otros para comer. Él trató de reclamar lo suyo, ¡¿quién había encontrado esa presa?! Pero sólo obtuvo sonidos guturales proviniendo de una garganta muerta. Privado de algo tan básico como la comunicación, su grito logró alzarse sobre la sanguinaria escena. Poco después, todo era silencio de nuevo.

Se puso en pie, observando el resto de la horda. Cuando escapaba de ellos, nunca se tomaba la molestia de verlos a los ojos. Todos lucían desamparados y sobre todo, iracundos por la condena a una vida maldita, pues aunque la carne todavía no bajaba de sus gargantas, ahora el deseo de probar más era todavía mayor y estaban dispuestos a todo con tal de tener otro bocado entre sus dientes.

Tal como él, tenían un inmenso odio contra aquellos capaces de caminar sin que sus músculos se rebelaran; libres de dolor físico imposible de curar; esos que podían comer hasta quedar satisfechos y no con un hambre infinita. Incluso, algo tan simple como hablar entre ellos para desahogar toda la ira estaba cortado para siempre. Las vidas de los muertos vivientes nunca serían las mismas y ese rencor les hacía buscar nuevas víctimas para transmitirles la maldición. Un único alivio.

Salió del local, relamiendo los restos de su festín, decidido a ser un solitario otra vez, hasta… ¿descomponerse? Era demasiado pronto para saber los efectos del virus a largo plazo. Quizá, en algún momento, un superviviente le pondría fin a la maldición atravesando su cráneo. ¿Quién sabe? Tal vez, en ese momento le agradecería por librarlo del infinito deseo de carne y sobre todo, de la ira acumulada contra quienes le llevaron a eso.


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