A. J Roque

«Me temo que su hijo está muerto» fue lo único que acertó a decir el comandante Rodríguez antes de que el mundo de Anaïca, junto con su voluptuosa anatomía, se desplomara. El líder, en compañía de otros elementos del equipo de criminalística, se quedó hasta que ella recobró la consciencia. Le explicaron que era necesario hacerle unas preguntas, pues habían encontrado una cantidad exorbitante de puñaladas asestadas en el tórax del cadáver que iban dirigidas principalmente al corazón y al costado izquierdo, varias de ellas con tal fuerza que incluso atravesaron a la víctima. Los investigadores comentaron que un ataque de tal magnitud, con semejante ira y saña, era muy probable que hubiese sido realizado por alguien cercano a su círculo. De igual manera, la casa estaba vuelta un caos: diplomas y certificaciones rotos, fotografías hechas trizas, peluches decapitados, uno que otro billete sobre el piso, así como máculas hemáticas que teñían las paredes. El corazón de Anaïca se resquebrajó al escuchar la atrocidad que se había cometido con el cuerpo de su hijo. Era como si todas esas heridas se las hubieran infligido a ella. La madre no podía concebir qué persona tan repugnante y cruel había sido capaz de hacerle semejante monstruosidad a su vástago. La joven madre, que estaba consagrada al Palo Mayombe y que era santera y vuduista de manera clandestina, recitaba una apología frente a los oficiales sobre la bondad de su hijo menor, quien acababa de ingresar a la maestría en la mejor universidad del país y quien tenía un buen empleo. Entre incesantes lágrimas y sollozos, se refería a él como un chico amoroso, colmado de talentos, que siempre obtenía las mejores notas y que había sido un alumno ejemplar desde niño. La mujer se sentía sola y devastada. Anaïca era una inmigrante haitiana y madre soltera que había llegado a esta nación con los anhelos de una mejor vida. Ahora, en esta tierra hostil, ya no le quedaba más familia que su hijo mayor.

Anaïca le marcó por teléfono a su hijo Anthonio, quien se encontraba en otra ciudad por cuestiones laborales. Atendió el teléfono. La voz desgarrada de su madre le anunció que su hermanito había sido asesinado con mucho odio y que los investigadores pensaban que alguien cercano a su círculo laboral, escolar o amistoso podría estar involucrado en el crimen. La mujer no dejaba de tener arcadas acompañadas de estruendosos lamentos. Anthonio guardó silencio. La pausa fue prolongada, con tintes sepulcrales. «¿Anthonio? ¿Sigues ahí? ¿Anthonio…? Sé que es un acontecimiento sumamente doloroso para ambos. Deseo con todas mis fuerzas que toda esta pesadilla pase pronto», continúo ella, ahogada entre sollozos. Su primogénito la escuchaba pasmado e incrédulo. Desfilaron por su cabeza diversos nombres. Tomó aire. «No puedo concebir todo lo que está sucediendo», explicó mientras tragaba saliva con dificultad. Luego de una breve pausa, compartió con su madre todas las sospechas e ideas que se le habían venido a la mente: «Él era una persona impecable. Todo lo que se proponía lo conseguía. Es muy fácil entender que tuviera enemigos, no sé, personas que envidiaran sus logros. Pienso en Luis, que perdió su trabajo al ser sustituido por él. Tal vez Emilio fue el culpable porque nunca aceptó que Sofía lo terminara por mi hermano. Incluso, si se llevaron el dinero que mi hermano guardaba en casa, podría haber sido, justamente, Sofía…», añadió. A la mujer, a quien el dolor le salía a borbotones, le pasaron distintas imágenes por la cabeza. Sabía que era el momento de tomar acciones y enfrentar la situación del homicidio de su amado hijo. «Bueno…, luego te llamo, madre», aseveró. «Sí, no te preocupes, todo saldrá bien…», añadió Anaïca ya más tranquila. «En cuanto pueda desplazarme, iré a buscarte», finalizó el muchacho y colgó.

Anaïca tuvo que ir a la morgue por los restos de su hijo. Con el corazón constreñido navegando en las encolerizadas aguas del dolor y la nostalgia les exigió a las autoridades que llegaran hasta las últimas consecuencias en la resolución del crimen. Ella sabía que tenía que tomar parte activa en todo esto y ayudar en la búsqueda del culpable. Esperaba que Anthonio pudiera estar de regreso antes de los ritos funerarios, sin embargo, debido a la excesiva carga de trabajo que él decía tener, tardaría unos días más. Acongojada y sin ningún consuelo, tomó el cuerpo del difunto y lo preparó. Todo fue hecho según los ancestros de su lejana tierra, como se lo habían enseñado, y las exequias se llevaron a cabo en nombre de su dios Bondye y de los espíritus Loa, a quienes les otorgó el mando sobre el cuerpo y el alma del fallecido. Revistió el cadáver de su querido hijo con talismanes ouangas. Les pidió, suplicó y oró a los dioses con toda la rabia e ira de una madre doliente que pide paz y justicia para su retoño. Rezaba porque se pudiera dar con el paradero del asesino.

Las autoridades encargadas del caso mantuvieron contacto con los conocidos del occiso. Los entrevistaron, siguieron sus rastros y declaraciones. Una a una, las personas quedaron fuera del caso. Todo se tornaba más complicado y sin sentido para los investigadores.

Por otro lado, Anthonio se había enterado de que hace tres días su madre había efectuado las honras fúnebres de su hermano. Sentía culpa de no haber podido acompañarla. Mientras preparaba su maleta para regresar, se sentó en el rígido sofá de piel que tenía en un rincón de la habitación y su mente se inundó con las memorias que había pasado al lado del difunto. Revivió cada instante que tuvieron juntos. Pronto recordó que todo le salía bien a su hermano y a él no, como cuando aprobó el examen de admisión a la carrera que deseaba en la universidad de mayor prestigio del país y, el mismo Anthonio, tuvo que conformarse con lo que le alcanzó de puntaje: una mediocre escuela con pésima oferta educativa. De igual manera, a su mente llegaron aquellas escenas en las que su madre prefirió estar al lado de su «bebé estrella» cuando él necesitaba de su apoyo y calidez maternal. El dolor de una punzada que le comprimía el pecho se manifestó en abundantes gotas que bañaban sus mejillas al ritmo de gimoteos ahogados. Escuchó un sonido en la puerta. Su llanto cesó. Se acercó para saber si alguien lo buscaba. Tal vez serían los policías apresurados por localizar más indicios que los llevaran a dar carpetazo al caso de su hermano. Giró el pomo de la puerta. En la entrada se encontraba el cuerpo putrefacto y pestilente de su hermano. La mirada de aquel zombie estaba cargada de cólera e ira.

El comandante Rodríguez, una vez más, tocó la puerta del número 214. Aquella fachada, para ese momento, ya le resultaba familiar. Anaïca entreabrió. Rodríguez, con pena y pesar, como si estuviera viviendo un déjà vu, le dijo: «Su hijo está… está… muerto». Le comentó que, en todos sus años laborando, nunca había presenciado algo tan grotesco. Habían encontrado el cuerpo maltrecho y sanguinolento de su primogénito sobre una alfombra escarlata que recubría el gélido piso, como si fuera una decoración especial en aquel lugar. Además, la carne de Anthonio se encontraba desperdigada por todos lados. Cada trozo había sido desprendido mediante mordidas hechas con una fuerza brutal y desmesurada. Anaïca sólo acertó a exclamar un apático «¡Oh!».


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