Leonor Montejano

Los libros, los científicos, hablaron de esto, de este día, pero como suele ocurrir, nada fue como lo imaginaron.

Al contrario de lo que la ciencia ficción supuso, yo, el agente cero (como supongo me llamarían los científicos y doctores si supieran de mi) era apenas una niña… mis recuerdos no son tan claros, poco a poco se desvanecen… tenía trece o quince años, no lo recuerdo bien.

Llevaba mi uniforme puesto: falda azul marino y blusa de cuello blanco, calcetas largas y zapatos negros. Había fingido una tos para faltar a clases, pero claro, mi madre no me creyó… Tal vez hoy se arrepienta de eso, no lo sé, tal vez si me hubiera dejado quedarme en casa, nada hubiera pasado.

Con la mirada baja, intentando pasar desapercibida, crucé las puertas del colegio, me escondí en el baño hasta que sonó la campana: física, matemáticas, historia, literatura…materias que sólo me servían para ocultarme de la banda de Pamela y Andrea, de las niñas cool que disfrutaban de torturarme y humillarme: mientras más público tuvieran, era mejor para ellas. Pintura y chicle en el pelo; mensajes de suicídate, nadie te quiere; mezcla de yogurth y refresco en mi mochila, sobrenombres y apodos eran mi pan de cada día.

Es verdad, las odiaba y las envidiaba… yo, de dientes salidos, despeinada y con lentes, quería ser como ellas, tener su pelo, sus ojos, su sonrisa… que los chicos me miraran como las miraban a ellas, pero las odiaba y cada noche, antes de dormir, rezaba una plegaria porque se murieran, quería que tuvieran la muerte más espantosa y lenta que pudiera imaginar: una pistola, veneno para ratas, arrolladas con un camión… pero Dios nunca me escuchaba.

Todas las mañanas eran iguales: mamá me despertaba, inventaba cualquier excusa para no ir, terminaba cruzando las puertas del colegio, una nueva “broma” me esperaba, siempre con los celulares esperando por mí.

“¿Por qué nunca te defiendes?” me preguntó alguien.

Me cansé. Intenté defenderme, intenté pelear, intenté que parara y paró.

Sólo recuerdo sentir un golpe en mi cabeza, un líquido rojo resbalando por mi sien, por mi frente… creo que ensucié mi uniforme… las risas se escuchaban como música de fondo y un odio, por todos ellos que se reían, se apoderó de mí.

No recuerdo haber pensado en mi padre o en mi madre, ni siquiera en mi perro, solo podía pensar en Pamela y Andrea… en sus risas, sus celulares, sus dedos apuntando hacia mí.

—Ojalá… susurré antes de que todo se oscureciera, antes de que todo se apagara.

Desperté. Estaba oscuro y la tierra mojada. Me sentí lenta y torpe. Ya no traía ni el uniforme ni las calcetas, en su lugar mi vestido favorito. Caminaba con dificultad. Creí que mis pasos me dirigirían con mamá y papá, pero ellos apenas eran un recuerdo borroso. Pamela y Andrea, en Alejandra y Paulina, sólo podía recordarlas a ellas y el odio que aún corría por mi cuerpo rígido… era como si, cada paso que diera, fuera únicamente por el odio con el que me enterraron.

No sé cómo, pero llegué al colegio. Era temprano y a pesar de que las puertas ya estaban abiertas, aún estaba solitario. Seguí mi rutina y esperé en el baño:

—Osea wey, neta no creo que me pase nada, osea, todos vimos que fue en defensa propia…

—Sí, nena, todos lo vimos, se puso así toda crazy… neta que miedo, lo bueno es que mi papi trabaja en el mejor buffet…

—Ya sé, nena, vales mil, aparte todos sabemos que esa looser estaba así neta súper obsesionada conmigo… neta que crinche, osea es como que estaba enamorada de mi…

El tan solo escuchar su voz, me despertó un hambre como jamás había sentido y ellas se veían tan deliciosas…

Dios me escuchó.

Las sentí morir entre mis dientes mientras me deleitaba con su carne, su sangre pero sobre todo, su miedo y lo entendí. El miedo era lo único que podía saciar, calmar mi hambre, mi odio.

Supongo que ellas también odiaban a alguien, porque después de la primera mordida, no tardaron en ser como yo.

Lástima que jamás nadie sabrá que yo, Julieta, fui la agente cero.


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