Alberto Cabrera Centeno

Antes del amanecer, Matías ya está despierto. Lleva siendo así desde hace 50 años, y a pesar de que el mundo cambió él no tiene motivos ni ganas para hacerlo. Al menos madrugar es una buena costumbre. Lo que viene a continuación no lo es.

Sin encender la luz ni levantarse alcanza el papel de fumar y el tabaco y comienza a liar un cigarrillo. Lo hace todo tumbado, sin tan siquiera incorporarse un poco. Es una habilidad que ha ido perfeccionando con el paso del tiempo y de la que se siente particularmente orgulloso.

La primera luz que afrontan sus ojos cada día desde hace 25 años es la de la llama del mechero con la que enciende el cigarro.

Y así, en la oscuridad interrumpida únicamente por el leve destello anaranjado que emite el tabaco al quemarse con cada calada, recuerda el tiempo en el que no podía hacer esto, cuando su mujer aún vivía. A ella le daba asco el olor del tabaco, así que a él le tocaba levantarse para poder fumar a gusto. Ahora ella no estaba para quejarse, y en cierto modo eso hacía que su ausencia en la cama no doliera tanto. Había que ver el lado bueno de todo, ¿no?

Una vez levantado, la mañana transcurre despacio en aquella casa, en medio del campo. Pasaban juntos allí todos los fines de semana, y cuando por fin se jubiló, se convirtió en su residencia permanente, con el pueblo a 25 kilómetros, y el vecino más cercano a cerca de 500 metros.

Hace sus tareas de manera mecánica y sucesiva, sin pensar demasiado. Cualquier posibilidad de cambio que pudiera alterar su rutina pasa inadvertida, quizá de forma deliberada. Le gusta que sea así, a fin de cuentas, el tener una rutina se había convertido en un lujo que muy pocos podían permitirse, salvo que sobrevivir pudiera considerarse una rutina.

Antes del mediodía, ya ha tomado cuenta del pequeño huerto junto a la casa, y su hogar ya está limpio.

Después viene el segundo cigarro del día, sentado junto a la puerta de su casa. Aunque la cantidad de cigarros diarios ha ido disminuyendo nunca ha conseguido deshacerse del todo de su vicio por el tabaco. Sólo lo dejó una vez, cuando a su hijo le diagnosticaron cáncer, pero aquello duró poco, igual que su hijo.

En cierto modo, su hijo y su mujer fueron afortunados, y no tuvieron que ver todo lo que vino después.

De repente, oye ladrar al perro, su única compañía, un cruce de labrador con Dios sabe qué, sin nombre a pesar de contar ya con siete años de vida.

El ladrido del perro es lo único que asusta a Matías, sabe lo que significa. Sin hacer ruido va a por el rifle, siempre listo para disparar.

Y ahí está, en medio del huerto como si fuera un macabro espantapájaros, con los ojos vacíos, la mandíbula caída, la ropa hecha jirones, la carne en descomposición. No se inmuta cuando le apunta con el rifle, se limita a avanzar emitiendo un desagradable sonido al exhalar el aire.

De un solo disparo aquel bicho cae muerto. Una bala directa al cráneo, y adiós muy buenas. Después viene la ingrata tarea de arrastrar el cuerpo, cavar un foso, tirar el cadáver, echar tierra encima… a su edad no está para hacer esas cosas.

El resto del día transcurre con Matías sumido en sus pensamientos, sin saber cómo llenar las horas vacías desde el almuerzo hasta la cena. Piensa en su mujer, en su hijo, sus amigos y en cómo todos ellos le habían abandonado de una forma o de otra. Todo lo que le quedaba era un perro que, con suerte, solo duraría tres años más. Aún así, era posible que el perro le sobreviviera. No quedaba mucho más en él.

Empieza a anochecer mientras hace la cena, cuando el perro empieza a ladrar frenéticamente. Dos veces en un día es una gran putada para un hombre que ronda peligrosamente los 80.

Echa la mano al rifle y abre rápidamente la puerta. Está a punto de disparar cuando se da cuenta de que reconoce al cadáver ambulante que se tambalea en su porche. El hijo del panadero del pueblo. Le había conocido desde que nació, el único día en el que la panadería del pueblo había estado cerrada. Le había visto crecer, pasar de la niñez a la adolescencia hasta convertirse en un hombre, y en todo aquel tiempo no recordaba un sólo momento en el que no le hubiera odiado.

Ese malnacidomaleducado, sin respeto por nada ni por nadie. Le recuerda muy bien. Y ahora tiene una excusa para por fin dar rienda suelta a años de ira acumulada. Casi lamenta que no estuviera realmente vivo.

Con una sonrisa en los labios agarra el rifle por el cañón y golpea con todas sus fuerzas la cabeza putrefacta. El golpe fue tan fuerte que lo tiró al suelo. Sin dejar de sonreír comienza a machacar la cabeza a golpes mientras recuerda cada desplante, cada falta de respeto, el desagrado que le producía el tono de voz que utilizaba al hablar con sus mayores…

El perro sigue ladrando con furia mientras Matías reduce el cráneo del muchacho a una masa sanguinolenta.

Ya no le pesan los años, se ha quitado 20 o 30 de encima. Se siente como un chaval.

Exhausto, deja el rifle a un lado y se para a contemplar su obra. Cuando recupera el aliento empieza a limpiarlo todo. Como de costumbre, entierra el cadáver.

Cuando termina, cae rendido en la cama sin cenar y sin molestarse en lavarse, pero con una sonrisa en los labios. Por primera vez, en mucho tiempo, ha tenido un buen día.


Deja una comentario

Tendencias