La muerte de mis deseos, de mis sueños, del erotismo que tanto me define, no fue una muerte instantánea, no fue un balazo certero o un paro cardíaco. Fue una muerte lenta y tortuosa, fue el mirarme todos los días frente al mismo espejo y ver cómo mi sonrisa se iba borrando poco a poco, como la lencería que antes se amontonaba en la ropa sucia, ahora se amontonaba en una maleta que no volvería a abrir.
Entre los “gracias por hablar a la pizzería” y “lamentamos mucho el inconveniente” mis senos, mi abdomen, mi sexo dejaron de ser importantes, también lo dejaron de ser mis cuentos, mis libros, las ganas de crear, de inventar, de escribir.
La felicidad no se borró sólo de mi boca, también de mis ojos y mi alma. Cada timbre del despertador, cada café en la mañana era un paso más en la dirección equivocada.
“¿Por qué ya no escribes?” me preguntó Don Vato con el dolor en la mirada, como si me estuviera preguntando “¿Por qué has dejado de ser tú? Estallé, lo que antes era amor se había transformado en odio. Una gran pelea se desató, una pelea como nunca, una pelea tan llenas de “tu” y Sabina dolió como nunca.
Pararme, bañarme, una taza de café, “gracias por hablar a la pizzería”, llegar a cenar, ver televisión y dormir, se convirtió en mi vida, en mi rutina, en mi propósito. Odiaba a mi gerente, un perdedor de treinta y picos que cuidaba la empresa como si fuera suya, odiaba a la “Lic” una cincuentona sádica, amargada y depresiva que disfrutaba humillando a los empleados, a Dan, el jefe por ser un gran idiota “suéter rojo, suéter negro, suéter blanco”, ¡mierda, escoge un puto color y ya! Pero lo que más odiaba, lo que más dolía era el no reconocerme en el espejo, ni bajo la regadera, ni en las fotos pasadas llenas de erotismo, ahora solo veía, sentía soledad:
Un abrazo frío, un beso frío, un “buenas noches” frío. Los te amo eran equivalentes al “pásame el cereal”.
Y un día, sin más, lo supe. Había dejado de ser yo, él había dejado de amarme, no lo culpé. Yo había desaparecido entre el queso, la masa y el pepperoni, entre la letanía que tenía que repetir con cada timbrar del teléfono, entre el pantalón blanco, blusa blanca y pelo amarrado. Ya no hablaba de libros, ni de películas ni de museos, tampoco de cuentos ni historias por escribir. Solo hablaba de enojo y frustración: que si Carlos hizo esto, que si tal cliente me insultó, que si la Lic me humilló.
Las noches se sentían frías y solas. Diciembre llegó más solitario que nunca y yo aunque destrozada y muerta, seguía sonriendo detrás de un mostrador. “Feliz navidad”.
Me dormí llorando en aquella casa fría y vacía. Lo odié por no amar esa versión de mí, por dejarme sola en Navidad, por haberse ido a Querétaro, a Michoacán a León, mientras yo, derrotada, me dormía sola bajo aquellas sábanas incapaces de brindarme algo de felicidad. Solo Dios sabe cómo extrañaba a mi perro, al menos él me hubiera seguido amando, me seguiría moviendo su cola, me daría lamidas y lengüetazos que me harían reír, un motivo para pararme cada mañana, pero él tampoco estaba, y aquél diciembre me supo a soledad.
Y con todo el dolor que la depresión y la desesperación puede causar, me levanté, me bañé, me tomé un café y con el pantalón negro, la blusa blanca y el pelo recogido seguí sonriendo. Quincena, bono, quincena, cama, televisión… era todo lo que podía pensar… Quincena, bono, quincena… cama, televisión. Ya no era llegar a sus brazos, … quincena, bono, quincena, cama, televisión… ya no era llegar a escribir: quincena, bono, quincena, cama, televisión… solo podía pensar: quincena, bono, quincena, cama, televisión…. quincena, bono, quincena, cama, televisión…quincena, bono, quincena, cama, televisión.






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