Al fondo a la derecha encontrará una puerta de color blanco, debe seguir adelante hasta encontrar una segunda puerta de acceso controlado donde encontrará posiblemente un policía; o tal vez no, pero debe esperarlo, ya que él le va a dar acceso. O puede esperar aquí y le llamamos; al final es como usted se sienta más cómodo. Presiento que está muy molesto, disculpe de verdad por estos inconvenientes, pero es que estas cosas, en domingo, usted sabe, no son sencillas. Yo sé que tiene que hacer muchos trámites, nosotros nos vamos a encargar al menos de la caja, el velatorio y la cremación; pero lo demás si le interesa, debe llamar al abogado de su padre y resolver lo que haya dejado en cabos sueltos. Solo necesito que se siente o acuda donde le dije si quiere revisar algún tema del cuerpo o si quiere despedirse; pero le voy a decir una cosa, estas situaciones y en el estado en que viene no es fácil, nosotros mejor recomendamos que nos deje los arreglos correspondientes; aunque déjeme decirle, adicional a todo lo que estamos platicando, que con su familiar no va a ser fácil el arreglo, por el accidente, mejor dejemos una fotografía del deudo y el féretro cerrado; es mi recomendación, pero al final, como le dije, usted es quien tomará esta decisión tan difícil. Ahí en la máquina hay café, no es muy bueno, o afuera puede esperar a la señora que vende tamales, están muy buenos, yo se los recomiendo. Bueno, ahí lo que decida hacer está en su derecho, pero háblele al abogado, a ver que resuelve.
Alger tenía 67 años. Cuando decidió morir estaba en sus facultades mentales. Habló con su hijo esa misma tarde sobre su condición, un virus extraño que contrajo, según su hijo, en sus múltiples aventuras cotidianas con mujeres jóvenes. Alger era un investigador nato, sus citas siempre eran fueron con mujeres a las que podía pagar; pero ninguna como Zenya, una mujer, además de hermosa, enigmática.
La conoció una semana antes del suceso. El corazón de Alger latió por primera vez en su vida; ni siquiera con la madre de su hijo sintió atracción. Onyo, es el nombre de su hijo. No significa nada, es un nombre que se le ocurrió en la sala, atónito al ver aquel pequeño ser, proveniente de su semilla, del cual se haría cargo; porque su madre no tendría los recursos. Financió por un tiempo la vida de aquella mujer, pero Onyo creció en la enorme mansión de Alger, le dio todo lo que el dinero pudiese comprar, excepto tiempo. Alger seguía concertando citas. Mujeres iban y venían.
Zenya, como les conté, llegó a su vida una noche tras salir de un bar. La chica fue hallada en su auto, robando los tapones que cubren los rines del auto de Alger. Decidió no presentar cargos contra la chica si pasaban una noche juntos. Extrañamente, la mujer pudo escapar de aquel aterrador destino y corrió hacia la noche. Alger decidió seguirla, pero no hostigarla. Investigó desde aquella noche cada uno de sus pasos.
La chica dormía donde podía, en casa de amigos, a veces en las calles, otras entre los mausoleos del panteón. Es ahí cuando Alger decidió ayudar a la chica, fuese o no a pasar una noche con ella, la niña necesitaba ayuda.
Zenya comenzó a percibir dinero de Alger cada tercer día. Se veían siempre entre los mausoleos del panteón, pero ni Alger ni Zenya intercambiaron más allá de un apretón de manos.
Onyo, ya adulto, solo veía a su padre desperdiciar recursos en la joven y no en sus necesidades.
Una semana antes, habló con su padre sobre una fiesta en la mansión, a la cual Alger dio luz verde, pero si Onyo ponía parte de los recursos para la misma. El joven no estaba interesado en lo mínimo en conseguir un empleo, pero sí en si en discutir sobre los recursos de su padre. Las peleas comenzaron a intensificarse en la mansión. El personal a cargo de Alger comenzó a dejar de asistir al hogar y quehaceres, debido a la insostenible situación entre padre e hijo. Todo era una explosión de gritos y dolor.
Alger cada tercer día buscaba a Zenya. Onyo se cansó y en una ocasión, siguió a su padre hasta el cementerio local, y entre mausoleos, pudo observar observa la belleza de aquella joven estilo punk de piel blanquecina blanquizca y ojos grises perdidos en el horizonte. Su padre estaba poseído por aquel demonio entre las tumbas.Más, Onyo observó que el encuentro no era más allá de entregar dinero. Alger llegaba al cementerio, caminaba por el mismo rumbo, llegaba donde la chica, entregaba el dinero y se retiraba por el mismo camino.
La noche previa a la muerte de Alger, se realizó la fiesta de Onyo. Coincidió la fecha con la salida a donde Zenya. Ambos tenían cosas que hacer, así que no mediaron palabra todo el día. Onyo celebró su fiesta con lo que pudo, aunque los amigos de los amigos siempre llevan más.
Alger, al contrario, fue donde Zenya. No la encontró esa noche. El hombre perdió la cabeza. Recorrió todo el cementerio, preguntó al sepulturero, pero no pudo darle señas sobre la chica de la que hablaba. Buscó toda la noche a Zenya. Volvió a casa, para perderse entre la masa juvenil reunida en su mansión. Se recostó, sin importarle, entre las masas de cuerpos jóvenes recostados tras incansables actos sexuales.
Soñó con Zenya. Recordó su aroma. Un momento, Zenya no usaba perfume. Recordó su rostro. Un momento, Zenya no usaba maquillaje. Recordó la calidez de sus manos. Un momento…
Alger despertó ya muy tarde. La mayoría de los amigos de su hijo se habían retirado, pero no sus toneladas de basura. Entre el tiradero, avanzó a donde su hijo, necesitaba hablar con él y poner fin a toda la vida alocada de Alger y enviar a su hijo al fin, por el rumbo del trabajo justo.
Tocó la puerta. No recibió respuesta. Se lanzó contra la puerta hasta que al fin pudo abrirla.
Vio la piel blancuzca irreconocible de Zenya sobre el cuerpo de su hijo. Forcejeaban. Onyo no estaba disfrutando nada. Argel se arrojó para sostener a la desnuda joven y se dio cuenta que no tenía vida alguna en sus ojos y su piel, lanzaba guturales, una fuerza proveniente del inframundo le hacía lanzarlazar manotazos para librarse de sus captores. Preparaba sus dientes sanguinolentos para morder a cualquiera de los dos.
Estaba bien anoche papá, estaba bien anoche, no le hice nada, quería conocerla; musitaba en llanto Onyo.
¡Eres un pendejo! ¡Un grandísimo pendejo! No entendiste nada de lo que estaba haciendo. Esta cosa me enamoró, pero no estaba viva, le dejaba dinero porque podía en algún momento dejarme vivir eternamente, respondió ferozmente Argel, al cual le abandonaban las fuerzas.
Asestó un certero golpe a la cabeza de Zenya, quien perdió el conocimiento al instante.
Onyo saltó de la cama.
Ayúdame a sacarla de aquí, tiene que volver al mausoleo y no salir de ahí. Ella tiene que estar siempre ahí. Cuando estuviese a punto de morir, iba a mostrarme el camino de la vida eterna, pero tendríamos que estar siempre en el mausoleo, le dijo Onyo.
¿Dinero? ¿Le dabas dinero para vivir por siempre? ¿Sabes lo estúpido que suena eso.?
¡No, holgazán de mierda, no! Porque así tendría que seguirte segurite cuidando aun de lejos, porque eres un maldito inútil…
Mientras Alger continuaba luchando con su hijo, Zenya recuperó las fuerzas. Se lanzó al cuerpo de Alger. Onyo no pudo detenerlos. Zenya embistió hacia la enorme ventana que daba hacia la calle a Alger, pero debajo los esperaban 8 pisos de distancia y la enorme plancha pancha de concreto.
Zenya alcanzó levemente a rasgar el cuello de Alger, Onyo no pudo llegar a tiempo. Extendió la mano, pero el cuerpo de su padre ya comenzaba su aterrador descenso.
Tras unos segundos, se escuchó un golpe seco. A continuación, el inconfundible grito de terror de una mujer. Una más. El sonido de claxon de los autos. La sinfonía de la muerte de Alger se fue gestando en los minutos siguientes.
Zenya aún aun estaba hambrienta y se arrojó a Onyo, quien la sostuvo con fuerza hasta reventarle el cuello.
La habitación en silencio. Fuera el infierno.
Tenía Tenia que hacer varias llamadas, pero no sabía por dónde empezar.
Dobló a la derecha. Siguió derecho. Afortunadamente el policía estaba delante, le daría acceso. En efecto, el café es horrible, debió esperar a la señora de los tamales. Pero es domingo y casi nadie trabaja; ni los mismos enterradores.
Jefe, vengo a…
Sí hijo Si hijo, sé a qué vienes. Eres el único esta tarde de domingo. Una pena. Anda, pasa a despedirte; le comunicó el oficial y con cierta calidez le ofreció el apoyo y el posterior acceso.
Hijo, espero que no tengas pesadillas…
Onyo avanzó. La habitación era oscura y fría. Conforme avanzaba, avanzó, la temperatura descendía. Llegó a la morgue.
En medio En el medio de la habitación, una sábana marrón cubría el cuerpo de Argel. Onyo se acercó con total terror y explotó en llanto. Golpeó la masa marrón debajo de la sábana. Sabía que al levantarla no encontraría nada de lo que una vez fue Alger.
Sintió un ligero movimiento. Onyo retrocedió y cayó al suelo. La sábana marrón cayó también al suelo.
Una masa marrón, compuesta de huesos rotos y músculos descendió de la camilla. Una voz más allá de lo conocido entre la oscuridad y el mundo de los muertos emergió.
“Eres un pendejo Onyo… no me entierres… viviré… eres un pendejo”.






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