Andrei Lecona Rodríguez

El fulgor de las llamas iluminaba el cielo nocturno con un resplandor dorado en mitad de la noche. Desde lo alto de la colina, parecía que todas las plantaciones ardían en Saint-Domingue. Con el alma consumida por el odio, Alain de Liétard, antiguo capitán deshonrado del Segundo Regimiento de Dragones, observaba arder sus últimas esperanzas de un retiro digno. Contaba en ese momento con cincuenta años de edad, durante los que había luchado en incontables batallas al servicio de nobles afeminados que no valían ni medio escudo. Siempre los detestó a todos, pero en el insondable abismo de su desprecio, guardaba un lugar especial para Charles de Rohan, Príncipe de Soubise, duque de Ventadour y señor de Roberval. a quien consideraba responsable por el predicamento de su estado actual.

Mientras las llamas reducían su plantación a cenizas, los recuerdos de decenas de guerras inundaban su memoria. El abrumador olor del humo le hizo recordar el desastre de Rossbach, cuando los cañones de Federico el Grande destrozaron su regimiento entero. Liétard había advertido a Soubise de la vulnerabilidad de la posición del ejército, pero el Príncipe, que sólo obtuvo el puesto de general gracias a su amistad con madame de Pompadour, descartó sus preocupaciones al tiempo que se empinaba su tercera copa de oporto. Lo único positivo del desempeño de los franceses en esa batalla fue resultado del liderazgo de Liétard. Gracias a la lealtad que inspiraba en sus hombres, los dragones resistieron en su posición a pesar de las numerosas bajas. Incluso los prusianos victoriosos reconocieron el coraje del capitán del regimiento. Pero no hubo ninguna consideración para el veterano, el príncipe Soubise lo culpó de la derrota.

Después de perder el favor de la corte, Liétard no tuvo más opción que hacer las maletas cuando comenzaron los rumores de un juicio marcial por traición. El capitán, acompañado de sus soldados más leales, huyó en mitad de la noche con cofres llenos de la fortuna familiar que heredó tras la muerte de su padre en un accidente de caza. De sus glorias bélicas lo único que le quedó fue su preciada médaille militaire, con la inscripción “valeur et discipline”, la cual portaba en el pecho en todo momento. Su amplios recursos le permitieron llegar en unas semanas hasta las islas del Caribe, a la Hispaniola, donde usó casi la totalidad de sus fondos para sobornar a las autoridades coloniales, comprar las mejores tierras para el cultivo de la caña de azúcar y procurarse una centena de esclavos. Con sus hombres actuando como capataces, Liétard levantó un pequeño imperio azucarero en unos cuántos años. Su reputación como un brillante hombre de negocios, solo era superada por el terror que monsieur le capitain inspiraba en sus esclavos.

Durante largos años todo funcionó maravillosamente. Sus hombres, veteranos embrutecidos por el combate, mantenían una férrea disciplina en la plantación. Cualquier desafío a la autoridad de monsieur le capitain era castigado con medidas draconianas que restablecían el orden inmediatamente. Sin embargo, unos meses atrás, una plaga causó una mortandad terrible entre los trabajadores al punto de que la productividad de la plantación estuvo fuertemente amenazada. Fue necesario comprar un nuevo cargamento de esclavos para reponer a los trabajadores que no sobrevivieron a la enfermedad.
El negrero Antoine, un angoleño famoso por conseguir los mejores hombres, se presentó ante Liétard con un lote traído de las regiones occidentales de África. Los soldados del capitán le advirtieron sobre las historias que habían escuchado sobre los africanos de aquellas regiones incógnitas. Se decía que los hechiceros de esas tribus podían convertirse en híbridos mitad humanos mitad babuinos, o que eran capaces de crear espíritus llamados baka por los otros esclavos, esto es, una especie de familiar con forma de animal que puede llevar a cabo venganzas secretas durante las noches. Otras historias eran aún más aterradoras. Liétard había escuchado decir a un esclavo que los sacerdotes africanos más poderosos poseían el mistik konesasns, un saber prohibido con el que podían convertir a los hombres en zonbis, es decir, cuerpos sin alma, títeres de carne sin consciencia. El capitán se acercó a los hombres encadenados en una fila para examinarlos. No esperaba que ninguno le sostuviera la mirada, sin embargo, uno de ellos, al que los otros llamaban oungan con gran deferencia, lo vio directamente a los ojos. Era la primera vez que sucedía. Había algo temible en su mirada. Liétard preguntó al negrero:

—Antoine, ¿qué me puedes decir de este hombre?

—¡Ah! —el negrero escupió al piso— ¡c’est une bête, monsieur! Una bestia. Mató a dos de mis hombres antes de que pudiéramos encadenarlo.

Liétard se acercó a escasos centímetros del rostro del hombre encadenado, pero no pudo percibir el menor temor en sus ojos. Solo ira. El esclavo puso su mirada en la inscripción de su medalla. Una sonrisa burlona se dibujó en su rostro polvoriento. Monsieur capitain supo en ese momento que el hombre era perfectamente capaz de leer el francés. Finalmente, Liétard le dio la espalda al esclavo.

—¿Qué significa oungan? —preguntó el capitán—.

—Hechicero, monsieur —respondió Antoine—.

—Extiéndanle el brazo —ordenó.
Inmediatamente, los secuaces del negrero sujetaron el brazo estirado del esclavo con una de sus cadenas.

—Valeur et discipline— dijo el capitán.

Con un solo golpe de su antiguo sable de servicio, Liétard cortó el brazo derecho del oungan. La herida del hombre fue inmediatamente cauterizada al rojo vivo para detener la hemorragia, después de lo cual, el hechicero fue abandonado a su suerte a las afueras de la plantación. Su brazo cercenado fue colgado a la entrada de la plantación para que todos los esclavos lo tuvieran a la vista. Por un tiempo, todo estuvo en paz en la plantación de Liétard. El castigo ejemplar al oungan, a quien todos daban por muerto, pareció haber surtido el efecto deseado.

Sin embargo, unos meses después, los animales de la plantación comenzaron a aparecer envenenados. Entre los esclavos comenzaron a circular rumores de que el oungan había sido visto en la plantación por las noches, como un felino de la sabana acechando a su presa desde las sombras. Los soldados de Liétard aumentaron su crueldad con la esperanza de silenciar esos rumores, pero los esclavos se dieron cuenta de que, detrás de la renovada brutalidad de esos hombres, no había más que miedo. Poco a poco, los esclavos se tornaron menos dóciles. Sostenían la mirada de los capataces, respondían a las órdenes y resistían los azotes con un estoicismo digno de Marco Aurelio. En sus ojos, Liétard comenzó a percibir la misma ira que habitaba en el alma del oungan, ira que no tardó mucho tiempo en desbordarse.

Ahora todo estaba perdido. Había estallado una rebelión contra el capitán, los esclavos habían usado el azúcar para acelerar la quema de la plantación y la mitad de sus hombres habían muerto en combate sin poder detener a los rebeldes. De pie en la colina, Liétard cerró los ojos irritados por el humo. Los volvió a abrir para contemplar una última vez el infierno en el que sus sueños de prosperidad se habían convertido. Consideró cómo debía enfrentar su muerte:

—¿Como César? —pensó— Tal vez mis hombres querrían acuchillarme por haberlos arrastrado a este desastre, pero ni siquiera sé en dónde están… ¿Como Marco Antonio? No… no tengo una Cleopatra que se lleve una serpiente al seno… Mejor como Constantino XI, el último basileus de Bizancio… dicen que se perdió en el fragor de la batalla y nadie volvió a verlo… Sí, me gusta ese final.

Con su sable en mano, se dispuso a bajar de la colina para luchar hasta la muerte en la plantación, pero entonces escuchó una voz a sus espaldas.

—Bonsoir, monsieur le capitain —dijo una voz familiar.

Liétard se dio la vuelta e intentó blandir su sable, pero solo pudo ver una pequeña nube de polvo blanco venir hacia su rostro. El efecto del narcótico fue inmediato. El capitán perdió todo control sobre su cuerpo. Quedó de rodillas en el suelo, completamente paralizado frente a su atacante. Con horror, reconoció al oungan.

—Conozco bien su miedo, capitain. Fue su miedo a ser un zonbi lo que me costó el brazo. No importa, tengo otro —dijo el hechicero mientras desenvainaba un cuchillo con su mano izquierda —. Pero usted cree que un zonbi es un cuerpo sin alma. Se equivoca. Un zonbi es un alma sin cuerpo. Energía para un hechizo o un amuleto mágico, un wanga.

El oungan clavó su cuchillo en el corazón de Alain de Liétard mientras pronunciaba una fórmula mágica:

—¡Mwen pran ou, demon blan! ¡Yo te capturo, demonio blanco! Mientras este zonbi anime el pecho de un hombre negro con ira en el corazón, los fuegos de la Hispaniola jamás se extinguirán.

El cuerpo inerte del capitán cayó al suelo, el oungan le arrancó la medalla.

—Valeur et discipline. El alma en esta médaille luchará por la libertad de esta isla hasta el fin de los tiempos —dijo el hechicero —. ¡Je, François Makandal, lo juro!


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