Eduardo Honey

El Malenote tenía atadas las manos a la espalda. Lo arrodillaron frente a Juan “Sátiro”, líder de la Banda del Enfrente.

—No que no te pescábamos, mi Malenote. Más cae un cojo que un hablador.

—Nefasto como siempre, Sátiro. Te falto más escuela, mucha escuela aunque fuera con la abuela: más pronto cae un hablador que un cojo.

Juan se puso rojo por la furia tanto por quedar en ridículo como por las carcajadas rápidamente silenciadas de sus sicarios. Cerró la mano derecha en un puño, se levantó de su sillón, encaró a El Malenote y simuló lanzarle un golpe.

—Más vale que te calles o te pongo una que no te la acabas. Ahora bien, más vale que vayas haciéndole de pajarito y cantes. ¿Qué secreto guardan tus hermanos, tus cuates del alma para que sus hierbas y salsas estén bien pegadoras?

—Pues déjame decirte pero acércate, ¿o quieres que lo sepan también tus hombres?

Tras mirar lado a lado, Juan dijo:

—¡Úchale! Todos péguense a las paredes. ¡Tápense bien los oídos! ¡Eh! ¡Dije todos!

Se inclinó y acercó su oreja derecha a la boca de El Malenote quien empezó a decir:

—Para cada matita, siembran manzanilla, luego, cuando madure, la cortan y ¡le dicen bien los refranes de la abuela! —gritó a viva voz para que todos escucharan.

Sin poderlo evitar, varios soltaron las carcajadas. Juan, en peor ridículo, rojo rojísimo, se irguió, mentó madres y cacheteó a Juan quien se dejó caer de lado sin parar de reír.

—Ya estuvo bien, tú y tú, bien vi que se rieron. Ya arreglaremos cuentas después. Tráiganse al móndrigo este para que recapacite.

Dos de los sicarios levantaron a Juan y lo obligaron a salir tras el líder.

Pasaron por el área de edificios y entraron a un invernadero. Unos diez surcos cultivados con maizales se perdían bajo el plástico blanco, translúcido.

—Pos fíjate mi Malenote que nos pitaron que usan zombies para sus cultivos. Quesque los entierras a ladito de donde pondrás las semillas. Que nomás dejas fuerita al cabeza para que coman y así sudarán nutrientes para cada maizal.

Arrodillaron a fuerzas a El Malenote cerca de la primera hilera. Abajo, junto al tallo, estaban las cabezas de los zombies en diverso estado de acabose y putrefacción. Apenas lo sintió el más cercano y este estiró el cuello mientras lanzaba varias tarascadas.

—Así que si no cantas, Malenote pajarín, pues te cortaremos pedacito a pedacito que le regalaremos a cada zombie-socio.

—Pérate, Sátiro, ya no te lleves tan pesado. Prometo que no repetiré lo de los refranes, ¿va?

—Lo pensaré, Malenote, ya ves qué fácil es decir las cosas. Mientras que alguien me pase un machete. ¡Tú, el de la playera de Plantas contra Zombies, dame el tuyo! Cómo me purgan que se hagan del rogar. Malenote dedín, ¿cuál es tu dedo menos favorito? Hay que alimentar al maizal, que de agua no vive.

—Pérate, Sátiro, que esto bien lo podemos arreglar cara a cara, hombre a hombre.

—Pues dime el secreto de tu banda. ¿Cómo carajos le hacen para que las matas queden bien potentes y las salsas bien sabrosas? Tu cuate, el Caníbal, nos dijo que eran por los efluvios de los zombies enterrados. Pero pos no, los elotes saben medio raro pero no son sabrosos. Igual para con la yerba y con las salsas: tienen otro sabor y nomás.

—Con razón el Caníbal estaba bien desaparecido. Y ahora, ¿dónde anda?

—Repartido trocito a trocito por allí y por allá —contestó Juan mientras señalaba con un gesto la totalidad del cultivo.

—Chale, chale. Está bien, nomás un favor Sátiro, ¿me puedes repetir palabra a palabra lo que te dijo mi cuate?

—Algo como que “hay que poner en el polvo al zombie para el maizal, la mata y la salsa”.

—Si serás, Sátiro. Lávate las orejas o revísate porque andas bien sordo. De seguro dijo “harás polvo al zombie y lo pondrás en el maizal, en la mata y en la salsa”. Te digo que no escuchas bien a la abuela. Por cierto, te manda saludos.

—¿La abuela? ¿Y eso?

—Nomás así, supongo que te extraña: era el nieto descarriado. Bien, no importa. Les enseño cómo hacer polvo un zombie y me liberas, ¿te parece?

—Nos enseñas y ya veremos. Tú, ¡desátalo! ¿Por dónde empezamos?

—Necesito uno bien muerto sin que le deshagan en la cabeza. Hay que dejarlo al sol para que se seque y les enseño, ¿vale?

Una semana después los sicarios de Juan rodeaban a El Malenote y una mesa donde yacía un zombie con un pequeño agujero en la cabeza. Tenía un color ocre tras permanecer bajo el sol por varios días. La piel y músculos se veían muy quebradizos. Juan finalmente hizo acto de presencia.

—Arráncate Malenote. Ando de buen humor y chance te suelte.

—Está bien, Sátiro. Primero: del abdomen sacamos lo que haya de vísceras, las depositamos en el metate y molemos.

Mientras El Malenote decía, ejecutaba cada paso. Extrajo el intestino delgado, grueso, riñones, estómago, hígado, páncreas, corazón y pulmones. Trozo a trozo los molió hasta volverlos un polvo fino que echó en una vasija. Uno que otro sicario vomitó.

—Listo, ahora vamos con el secreto en el secreto: haremos lo mismo con el cerebro. ¡Diablos! Se me olvidaron los ojos.

Insertó el índice en la cuenca y giró. Un sonido entre ¡por! y ¡scrash! hizo que otros más vomitaran. Los secos globos oculares fueron molidos y depositados en el cuenco.

—Finalmente el cerebro, ¿alguien me pasa una sierra?

—¡Tú, búscate una!

El sicario tardó en regresar con el encargo.

—Gracias, tú —dijo El Malenote en sorna y varios rieron—. Bien, cortemos, extraigamos, molamos y voilá.

Con la sierra cortó el cráneo, levantó la tapa y se la pasó al “tú” que trajo la sierra quien de inmediato la dejó caer. El Malenote repitió la acción y el polvo del cerebro se sumó al que estaba en la vasija.

—Solo falta revolver y estaremos listos.

—Ya ves, Malenote, lo fácil que es cooperar. ¿Cuántos zombies necesitaremos?

—Uno.

—Uno, ¿en serio? ¿Para las toneladas de mata, maizal y salsa que movemos?

—Sí, uno. ¡Me lleva! ¡No se muevan! Me faltó decirles un paso: se lo echan encima toditito.

El Malenote alzó la vasija, la volteó y dejó que le cayera el polvo encima. Tiró la vasija y se untó el polvo cubriendo todo el cuerpo. El rostro de Juan pasó de la estupefacción al enojo en un instante ..

—¿Qué estás haciendo, Malenote? ¿Otra bromita? Hasta aquí llegaste, hoy te vuelves comida de maizal.
Cerca empezaron a sonar disparos y gritos.Sonó una alarma.

—Nomás preparándome, Sátiro. ¿Sabes? Se me estaba pasando decirte algo más. La abuela está muy sentida de que te hayas echado a su tataranieto favorito.

—¿Al Caníbal? Que no manche —soltó Juan irritado de verdad.
Sonaron más disparos cerca. Y un grave retumbar. Se sentía vibrar el suelo.

—Qué quieres que te diga. Adoraba a El Caníbal aunque era medio menso recordando cosas. Realmente se encabronó. Así que me encargó que te trajera este mensaje, te distrajera con una de sus recetas mientras arreaba a su socios desde la ciudad.

—¿Cómo? ¿Cuál receta?

—La de cómo volverse invisible a los zombies. ¡Ah! Y que te regala este refrán: “más vale zombie en mano, que miles arrasando”.

Una horda se fue sobre los sicarios quienes apenas pudieron defenderse. Juan fue asaltado por una docena y empezó a ser devorado mientras El Malenote, silbando, caminaba a la carretera donde la abuela y su banda lo esperaban.


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