Victor D Manzo Ozeda

Esto es lo que te enseñan desde el primer día: el implante lo es todo. El implante te regula. Te controla. Te hace “feliz”. Y cuando no puedes cumplir con lo que te piden, bueno, el implante te apaga. Así es como la Orden Monocroma mantiene la paz en la Ciudad de Erebo Central.

Y después estás tú, un tipo como Corlan Drayk, el tipo que hizo trampa en la ruleta de la felicidad. Sin implante. Sin correa. Libre. Claro, “libre” es un término relativo cuando vives escondido en túneles y basureros pestilentes, comiendo comida enlatada que expiró hace dos décadas y buscando restos de tecnología que la Orden no haya destruido.

Corlan no es un héroe. No es el tipo que levanta banderas y lidera revoluciones. Es el tipo que roba partes de máquinas viejas y las vende en el mercado negro para sobrevivir un día más. Pero cuando escuchó el rumor, ese maldito rumor sobre una máquina enterrada en las entrañas de Erebo, no pudo ignorarlo. Las malas lenguas lo llamaban el Interfaz Liminal. Un dispositivo que, según decían, podía desconectar los implantes de toda la población. Apagar la red. Liberar a todos.

O, más probablemente, joderlo todo.

Ahí está, Corlan, en un túnel donde el aire apesta a mierda y algo que podría ser carne podrida de, quizás una rata, quizás un humano. La linterna en su casco ilumina paredes cubiertas de graffiti antiguo, nombres de personas que probablemente ya no existen desde hace siglos. Cada paso suena más fuerte de lo que debería, y no puede evitar imaginar a los Observadores ya siguiéndolo, esos híbridos de carne y metal que patrullan en busca de tipos como él.

Pero no, todavía no lo han encontrado. Todavía está vivo.

Cuando llega a la cámara donde está la máquina, lo primero que piensa es: “Esto parece una porquería”. La cosa es grande, una estructura de metal negro y cables como venas retorcidas, pero está cubierta de polvo y grietas, como si hubiera estado ahí olvidada desde el inicio de los tiempos. Corlan no tiene idea de cómo encender algo así, pero está ahí, así que hace lo único que puede hacer: toca botones al azar.

El primer zumbido lo hace retroceder. Algo en la máquina se enciende, un resplandor azul que se propaga por los cables como si la cosa estuviera despertando. Por un momento, Corlan siente algo que no ha sentido en mucho tiempo: curiosidad. Pero eso no dura.

Porque entonces aparece ella.

La Observadora. Una mujer alta con ojos que brillan como plata líquida, su cuerpo cubierto de placas metálicas que parecen moverse con cada respiración. Su voz no es una voz; es un zumbido que se mete en la cabeza de Corlan, como si su cerebro estuviera siendo pirateado. “No puedes detenernos”, dice. “La Orden es perfecta”.

Y ahí está, el problema de siempre: Corlan contra una máquina diseñada para aplastarlo.

No es que tenga un plan. No es que sea bueno en esto. Solo hace lo que siempre hace: improvisa. Saca el rifle de plasma que apenas funciona, dispara como loco y corre mientras la cosa le lanza lo que sea que tengan esas máquinas como versión de balas. El campo de energía de la Observadora desvía sus disparos, pero eso no importa. Corlan solo necesita un segundo, un espacio, una oportunidad.

Cuando ve una caja de control cerca de la máquina, sabe que es ahora o nunca. Saca un dispositivo de interferencia de su mochila, algo que compró por dos latas de comida y un cigarro rancio. No debería funcionar. Pero lo hace.

El pulso electromagnético desactiva el campo de energía de la Observadora por un segundo, solo un segundo, pero es suficiente. Corlan dispara al núcleo de la cosa, y la Observadora cae al suelo, chisporroteando y gimiendo como una radio rota.

Ahora está solo con la máquina.

Respira hondo, presiona el botón más grande que ve, y todo explota en luz. No literalmente. Es más como una onda que atraviesa su cuerpo, algo que hace que todo se sienta demasiado claro, demasiado real. Corlan siente el pulso salir de la máquina, extendiéndose como una bomba silenciosa a través de la ciudad, apagando los implantes uno por uno.

Desde la superficie, escucha el caos. Gritos. Gente despertando de su “felicidad” y encontrando algo mucho peor: ellos mismos. Sin filtros. Sin programación. Humanos, en el sentido más crudo de la palabra.

Corlan debería sentirse bien. Debería sentirse como un héroe. Pero lo único que siente es cansancio. La Orden lo buscará. No descansarán hasta encontrarlo.

Agarra su rifle, se pone su mochila al hombro y desaparece en los túneles. No es un salvador. Nunca lo será. Pero hoy, al menos por hoy, el mundo está un poco menos jodido gracias a él. O tal vez no. Pero eso ya no es su problema.


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