En mis años de navegar dentro del psicoanálisis, me he encontrado con decenas de casos en los que alguien entra en negación al no soportar la culpa y el malestar de generar daño.
Voy a poner un ejemplo: un hombre llega al consultorio con sufrimiento. No entiende bien porqué, pero se siente muy mal después de haber engañado a su mujer.
“No me siento mal por el engaño, me la pasé bien, pero ahora no puedo ver a mi esposa a los ojos” me dice, “se llama culpa” respondo.
¿Por qué me daría culpa si no está mal? Es normal que un hombre lo haga” se justifica, “si no está mal ¿Por qué lo ocultas?” replico.
“Ella se enojaría” responde con obviedad, “Entonces sí está mal… para ella. Si se entera, serías el malo de su película” finalicé. Él, con un rostro de asombro, primero lo niega, después entiende, al final llora, pero lo que no puede soportar no es el sufrimiento de otra persona, sino el hecho de haber estado mal.
Eso me lleva a pensar lo siguiente: No estamos preparados para ser el supervillano, aunque sea inevitable.
Hay un mundo alterno en nuestras mentes en el que consideramos que somos buenos, que somos imparciales, que no fallamos o no herimos. Andamos por la senda correcta sin lastimar a nadie porque hay bondad en nuestras intenciones siempre, y si, por alguna razón, caemos en lo contrario, somos fácilmente perdonados por nuestra inocencia al actuar. Pero la realidad es un poco distinta: haremos daño, siempre, sin excepción alguna, todos lo haremos. Sobre todo, si somos personas amables, dignas de amarse, cariñosas y con seres cercanos.
¿Por qué? Si hacemos todo con la mejor intención ¿Por qué dañamos? Por lo mismo, porque al ser queridos por los otros tenemos la herramienta para dañar emocionalmente, y esto es por la única y simple razón de ser humanos. Es nuestra naturaleza errar, fallar, equivocarnos, caer en tentaciones egoístas, en fin, en herir a esa persona que ha depositado su confianza en nosotros.
Hay un deber ser en la mente, una ley de acción verdaderamente estúpida, que no nos permite fallar, y que nos condena al sufrimiento de la culpa y del no perdón propio.
¿Cómo es que yo, pudiendo no hacerlo, terminé haciéndolo? ¿Cómo fallé de esa manera? Curioso, este pensamiento viene siempre después de la acción, es decir, que no hay empatía mientras se hace. Nos vencemos al deseo y actuamos, a veces, con un nivel de planeación extraordinaria. Sacamos nuestros mejores pretextos y mentiras, con tal de no ser “los malos de la historia”, no de “no herir”.
Al final, el daño que se termina guardando a largo plazo, aquel que se convierte en tema de terapia, casi siempre, termina siendo el “no puedo perdonarme” y no el “no puedo perdonarlo/a”. Las sesiones de terapia más complicadas son las del auto-perdón.
Ser el supervillano es inaceptable, queremos ser el héroe, el amante de la comedia romántica, al grado de que algo tan común como fallar, fallarle a alguien, es lo peor de lo peor. Somos capaces de perdonar a otros, pero no a nosotros mismos, porque el malo, el villano, es algo que no tenemos permitido. Ese nivel de responsabilidad sólo puede ser librado por un personaje ficticio. La realidad es que seremos todo junto, es verdad, hay que evitar dentro de lo posible ser los malos, pero al final así será.
Miren sus historias personales, identificarán uno o dos nombres de los que, de seguro, nosotros somos los villanos, y probablemente así sea y el mundo distópico donde no lo son, únicamente existen en nuestras cabezas. De mi parte, sé perfectamente en qué historia fui el malo. Saludos, a mi inocente víctima, allá donde esté, espero que esté feliz, y sé que contará su versión donde fui el supervillano, y no estará mintiendo.






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