Luis Ariel Alfonso Conyedo

La carretera se encontraba resquebrajada. Entre el asfalto destruido y las ruinas de los rascacielos se alzaban los árboles. Ella lo observó todo. La verdad era que hubiera preferido que las cosas no acabaran así, pero no le dejaron otra opción. De nuevo miró alrededor. Se fijó en los trozos de capas y en los cadáveres con trajes vistosos. Los héroes. O así era cómo se hacían llamar aquellos guerreros que trataron de detenerla. Supuestamente les importaba mucho el futuro del planeta, pero colaboraban con las empresas que lo destruían, mismas que les habían proporcionado las escafandras y máscaras antigás para no respirar ese aire viciado que destrozaba a los más pobres, a los animales y a las plantas.

—Detente —le había dicho uno de los héroes—. Entendemos tus razones, pero ese método no es el correcto.

—Es cierto —añadió otro—. Aunque parezca increíble hemos dado algunos pasos en la dirección correcta, hay zonas que se consideraban muertas y hoy allí crecen flores.

Eso era cierto. Solo que las «zonas muertas» eran los casquetes polares que los humanos, a causa de su imprudencia, derritieron. Ciudades enteras perecieron bajo las olas, sin embargo, consideraban que ella era el monstruo.

Pero ella era Gaia. La voluntad de la Naturaleza misma, la enviada para sanar al planeta herido. Lastimado por los humanos. Su cuerpo era de piedra con venas de lava; el cabello, una maraña de lianas y plumas. A grandes rasgos, era una mezcla de todo aquello que deseaba salvar. Se llevó las manos a la cabeza. Tal vez ya era demasiado tarde, tal vez no hubiera forma de curar a ese mundo. Aunque los héroes y casi todos los humanos estaban muertos, las secuelas del desastre seguían presentes.

Unos niños pasaron corriendo por delante. En cuanto la vieron se quedaron petrificados de horror. Gaia se aproximó. El mayor de los infantes se puso delante del otro y extendió los brazos en actitud protectora:

—No nos hagas daño —rogó. Las lágrimas se le escapaban de los ojos.

El otro empezó a chillar. Gaia podría eliminarlos sin ningún esfuerzo, como había hecho con ciudades enteras, sin embargo, se quedó observándolos.

—Por favor —chilló el mozalbete.

¿Por qué no los eliminaba y ya? Los humanos no cambiaban y darles una oportunidad era dejar que lo arruinaran todo de nuevo.

—Por favor —se lamentó la consciencia de la Tierra en lo profundo de su cerebro.

Gaia tuvo que llevarse las manos a la cabeza para aliviar el dolor que la había invadido. Estaba desobedeciendo a su patrona. Pero quizá esos niños sí fueran diferentes. Era posible que ellos, con la guía adecuada pudieran ayudar al planeta a recuperarse. Allí estaban llorando, abrazados y temblorosos.

—¡No teman, pequeños! —dijo Gaia, intentando que su profunda voz gutural sonara inofensiva.

—¡NO! —bramó la Tierra.

Gaia se retorció de dolor, lo que provocó un sismo. Sus emociones se reflejaban en la naturaleza. Los niños la miraron confundidos, ellos no podían escuchar los lamentos de la Tierra. Por la mente de Gaia surcaron las imágenes de por qué estaba allí. La pérdida de especies, el aire lleno de humo y contaminantes, la destrucción de los arrecifes, el derretimiento de los casquetes polares… una lista interminable de crímenes perpetrados contra la madre de todos: la Tierra.

—¡Mátalos! ¡Mátalos! —ordenaba la patrona.

Gaia sabía que lo mejor era obedecer, sin embargo, algo le impulsaba a no hacerlo. Transmitió otras imágenes de forma mental a la Tierra. Planes de conservación, proyectos de algunos científicos que fueron silenciados por gobiernos egoístas, intentos de reforestación. Tal vez esos niños pudieran continuar aquellos ideales. No era necesario seguir siendo la villana.

El pavimento siguió rompiéndose y brotaron más plantas.

—No teman, pequeños —estaban horrorizados.

—¡No nos mates!

—No los mataré, pero deben hacerme un favor.

—¿Qué favor?

—Deberán salvar al mundo.

Los niños miraron los restos de los héroes, los que iban a salvar el mundo y se convirtieron en cadáveres. Si seguían esos pasos, lo más probable era que acabaran igual. Se levantaron y salieron corriendo.

—¡Esperen! —gritó Gaia. No la escucharon.

No iba a dejarlos escapar. No tenía idea de cuántos humanos quedarían en el mundo, pero no debían ser muchos.

—¡Esperen! —dijo de nuevo.

La ira comenzó a abrirse paso en su interior al ver que no la escuchaban. Fue tras ellos. Los chiquillos, al ser perseguidos, aumentaron la velocidad.

—¡Esperen! —tronó.

Aparecieron lianas que los envolvieron con tanta fuerza que apenas podían moverse. Ella se les acercó y puso una mano en la cabeza de cada uno. La voluntad de la Tierra se infiltró en las mentes infantiles. Gaia estaba cansada de ser la villana. Si debía destruir los pensamientos de esos pequeñajos para convertirlos en simples marionetas y salvar al mundo, que así fuera. Una sonrisa se le escapó.


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