Vivimos en un mundo en caos constante donde todos los días algo muere y de la misma manera, algo nace. Perdimos el valor para apreciar el principio y el fin de algo por la premura con la que suceden las cosas. La velocidad de la información nos consume y en cuestión de horas o minutos, lo que era importante ya no lo es más.
Es difícil que a este ritmo podamos detenernos unos minutos y pensar en nuestro alrededor, contemplarlo. De manera optimista, el sonido de las aves, el viento sobre el rostro, las hojas que se mecen, podrían provocar en cualquiera un despertar, aunque momentáneo. Pero desde mi punto de vista, más pesimista y decadente, detenerse a pensar un minuto sobre el mundo sólo me deja más odio, más guerras, más pestilencia y muerte para donde quiera que volteo.
¿Qué queda entonces, vivir alienado al entretenimiento superfluo para apagar las ideas de autodestrucción en un mundo que se muere en cada soplo de vida? Ray Bradbury nos propone despertar antes de que sea demasiado tarde. Antes de que la rapidez de la guerra nos consuma en un pestañeo. La novela nos presenta a Guy Montag, un bombero que no apaga incendios, sino que los crea quemando libros. El acto de destrucción del conocimiento lo hemos visto desde que el hombre comenzó a resguardar el saber en piedra y papel. Siempre los protectores del bien común han incitado a destruir el pensamiento que nos ponga en conflicto con el otro, que nos haga cuestionarnos si las normas vigentes son las correctas y ante el conocimiento, la lógica y la razón, pareciera que siempre gana el miedo y la ignorancia (escribo pensando en la biblioteca de Alejandría pero inmediatamente la realidad me golpea en la cara con los acontecimientos actuales) y terminamos por “purificar” lo que tanto conflicto provoca por el bien del futuro.
El furtivo encuentro con Clarisse McClellan, una adolescente que, lejos de pertenecer a la alienación social, provoca en el protagonista una llama que lo quema por dentro, el pensamiento crítico que todo ser humano tiene por naturaleza (apagado en muchos, claramente), comienza a volverlo infeliz en una sociedad donde no hay cabida para la melancolía y los sentimientos de aflicción. Las pantallas gigantes que emiten risas y felicidad, los sonidos sin valor o emoción alguna, los placeres sin límite ni restricción como mero entretenimiento, ha llevado a la sociedad de Guy Montag a un apagón emocional y crítico. El bombero no quema los libros sólo porque están prohibidos, además, la gente ha dejado de interesarles, así como la cultura y el arte puesto que nos provoca infelicidad. Arthur Schopenhauer afirma que el conocimiento aumenta el padecimiento, pero es el pensamiento crítico el que nos abre los ojos a una realidad decadente. ¿Realmente queremos ver esa realidad? Pareciera que ya no. Preferimos el entumecimiento intelectual antes que voltear a ver todos los males que tarde o temprano nos caerán encima.
Fahrenheit 451 es una crítica de la sociedad en la que vivía Ray Bradbury en 1953 donde la censura y el “final” de la Guerra Fría eran parte de la cotidianidad y, aun así, al día de hoy, la obra no ha caducado y la ciencia ficción que propone la novela, parece que nos alcanza estrepitosamente. Si bien no vivimos enajenados sobre enormes televisores, sí lo hacemos sobre pequeñas pantallas que guardamos en nuestros bolcillos que, en un principio, nos abrieron la puerta al conocimiento del mundo, pero ahora, son parte del entretenimiento diario con el que buscamos escapar de la realidad que nos asfixia. Un minuto de scrolling se vuelven horas de videos que sólo nos entretienen, de desinformación que sólo alimenta nuestra ignorancia, de haters, de puritanos que protegen valores que ni ellos profesan, de exterminación, de violencia, de maltrato animal y así vamos acumulando lo peor de la humanidad en el internet y nos sorprende que las inteligencias artificiales aprendan rápidamente de nuestra naturaleza vil.
El colapso de Guy Montag es también nuestro propio colapso al ver que nuestro mundo se derrumba y antes de intentar hacer algo, prendemos la pantalla de nuestros dispositivos móviles y nos olvidamos que la nación vecina está preparando el terreno para una nueva ola de xenofobia y odio que ya nos alcanza en nuestro propio territorio. Aun nadie quema libros, como lo plantea la novela, y el conocimiento está ahí para ser tomado, pero a pocos les interesa. Nos entretiene el show mediático, queremos ver justicia rápida, aunque falsa, queremos ver finales felices, películas entretenidas, algo que nos haga reír, algo que podamos olvidar rápidamente para continuar corriendo a 100k/h y no darnos cuenta que estamos a punto de estamparnos. Algo, lo que sea pero que no nos recuerde que vivimos sobre basura.
Fahrenheit 451 es una advertencia sobre los peligros de la apatía, las consecuencias de no mover ni un dedo en el momento preciso. Los libros no hacen a nadie una mejor persona, pero sí son el símbolo donde la humanidad ha resguardado su conocimiento. La libertad de pensamiento es un derecho que debemos proteger, no solo de gobiernos autoritarios, sino también de la indiferencia y la pasividad de la sociedad.







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