Daniel Greene
Hoy Pavel debe dejar el hospital. El seguro del trabajo acepta como mucho tres meses de internamiento y, aunque suele ser más que suficiente para los otros trabajadores gubernamentales, su agencia tiene uno de los trabajos más peligrosos del país. Por mucho que las grandes figuras mediáticas puedan regenerar sus heridas a gran velocidad, la mayoría de los ‘sobrehumanos’ tiene una tasa de curación marginalmente más rápida. Pero eso no le importa a la Federación. A la Federación le importa mantener su ley que prohíbe las distinciones entre la población sobrehumana y el público en general, así que todos los servidores públicos ganan lo mismo, los seguros son exactamente iguales para todos. Eso deja a Pavel recogiendo las cosas de su cuarto en el sanatorio, tropezando al caminar, porque hoy debe irse al aeropuerto y volver a casa. Las piernas le pesan, el daño en sus tímpanos no sana y aún no se acostumbra a su nueva sensibilidad ante la luz. En el pasillo, Hafsa espera. Ella le dará un aventón. Ha sido su enfermera desde que él despertó del coma y no sólo habla su idioma, su mera presencia atenúa los síntomas. Los lugares más lejos de la capital federal mantienen sus costumbres, su idioma, idiosincrasias anteriores a la unión global total; por eso tienen entradas eléctricas de hace unos cincuenta años, el internet es lento y las noticias llegan tarde. Pero para el seguro, tres meses son tres meses en todos lados. Una semana antes de la fecha límite, Pavel recibió una carta de la capital agradeciéndole por su servicio a la Federación. En la carta, el seguro ‘lamentablemente’ informa que no puede seguir pagando su internamiento, el que denominan electivo, como si Pavel hubiese estado en coma por elección. Sin duda eligió cruzar el mundo para retirar minas, pero esa es la clase de misiones que paga más. Nunca ha sido bueno para pelear y no tiene poderes como tornar el plomo en oro. Le queda vivir de sueldo en sueldo, de misión en misión en misión. No es como Phillip, que da en el blanco siempre que dispara. Lo de Pavel es más bien la creatividad. Hace un año más o menos pensó que podría convertir minas en flores, bombas en plantas, es más fácil extraer mala hierba que explosivos. Ahora sus piernas quedaron tan débiles que debe descansar cada cinco minutos. Pero está vivo, vivo para no dejarle los gastos del funeral a Phillip ni a la Federación. La agencia de sobrehumanos no va a devolverle la agudeza visual: los halos borrosos alrededor de cada objeto se le quedarán de por vida; pero si se va ahora, la agencia le pagará el vuelo a casa. Con suerte tendrá dos días antes de volver a trabajar.
Pavel emerge de la habitación, maleta en mano. Arrastra los pies porque le pesan los muslos. Hafsa tomó prestada una silla de ruedas y lo obliga a sentarse una última vez. Ruedan frente a rehabilitación, donde Anton se despide exhausto como siempre. El médico de guardia y las enfermeras de la estación no hablan el mismo idioma que Pavel pero le sonríen porque él siempre tuvo una sonrisa para ellos durante su estancia. En la recepción, la jefa de enfermeras acomoda un hermoso bambú que Pavel transformó de una lata vacía. El guardia de la entrada los detiene y de su chaleco saca un cuadrado diminuto de plástico: un adaptador eléctrico. Desde que despertó, Pavel había pedido uno; quería llamar a Philip para reportar que estaba bien, pasar una tarde entre chistes malos y quejas inocuas. Pero su entrada eléctrica era distinta. Al verlo desesperado, Hafsa intercedió: «De cualquier forma, lo más probable es que la agencia ya le haya dicho a tu compañero cómo estás». El argumento de su amiga le devolvió la calma y apenas ahora alguien pudo encontrarle un bendito adaptador. Le servirá en el aeropuerto. Con un ‘gracias’ que pronuncia a medias en el idioma local, Pavel y Hafsa se encaminan al estacionamiento cuando una sombra los detiene justo en la puerta automática. La sombra se alisa el traje negro, muestra la placa de agente federal, Administración de sobrehumanos. El flequillo en corte recto cae sobre los ojos del administrador y su rostro se ve de tan corta edad que no concuerda con el nudo experto en su corbata. Probablemente se lo hizo la madre antes de salir. Todos los miembros de esa Administración deben ser personas comunes y corrientes cuya tarea es poner en orden a los sobrehumanos, recordarles de forma sutil que no son superiores por ganar la lotería genética. En general, la población sobrehumana tiene pocos cumplidos para los administradores, a lo mucho no habla de ellos o dice sus nombres con desdén. Este administrador primerizo seguro cree en los rumores que llaman a Administración de sobrehumanos el segmento laboral con mayor riesgo. Los rumores dicen que las capacidades sobrehumanas yacen en un gen que también está relacionado con el control de los impulsos, y por eso los agentes como Pavel deben tratarse como perros con correa corta, encaminar su violencia innata hacia el bien federal. El administrador carraspea, mira hacia la sombra proyectada por la luz del mediodía —Buenas tardes. —Hafsa echa la silla de ruedas hacia atrás para que las puertas automáticas se cierren. El trajeado busca en su maletín, negro y reluciente, saca un documento que empieza a hojear. —¿Señor Ingham?
El zumbido en los oídos impulsa a Pavel a la distracción. Sus padres le dieron una infancia privilegiada en la que los turnos extra y el exceso de trabajo eran una forma de probar que los Ingham no necesitaban ventajas genéticas injustas para destacar. Por eso, cuando Pavel descubrió sus poderes, eligió irse de casa. Se consiguió otro empleo para pagarse la carrera él solo. Ahora, trabajando en la agencia y con la universidad trunca, las reuniones familiares están llenas de mentiras e incomodidad porque Pavel ‘no es un médico’ como si la enfermería fuese inferior, porque Pavel ‘renta un cuarto’ como si conseguir casa propia fuera fácil. Por eso es que valora tanto a Phillip. Aunque solo es un par de años mayor que él, Phillip le acogió bajo su ala. Le enseñó lo que pudo sobre la vida adulta. No le ha solapado sus decisiones pero tampoco le ha dicho qué hacer a menos que Pavel le pida consejo. Phillip fue la única persona a la que pensó avisarle cuando despertó, aunque seguro se hubiera echado uno de sus sermones de siempre, el clásico ‘te distraes demasiado’. Phillip toma misiones igual que él, va del otro lado del mundo a desarmar bombas pero no cree que Pavel se pueda concentrar lo suficiente para un trabajo donde su vida dependa de ello. Bajo la mirada del guardia y las enfermeras de la recepción, Pavel recibe el documento. Lee los largos párrafos en letra diminuta y su mente divaga otra vez hacia sus memorias en la capital: Phillip y él comiendo en ese sitio de hamburguesas de mala muerte. Pavel en los hombros de Phillip pidiéndole que por favor, por favor, suspenda la gravedad en torno a ellos solo un poco para bajar a un gato de un árbol. Cuando Pavel le contaba de esa culpa nacida de su capacidad, Phillip se remontaba al sarcasmo y las anécdotas: ‘yo hubiera querido nacer millonario y sin los problemas que tuve; cambiaría por eso lo que ahora puedo hacer’. La madre de Phillip murió de cáncer y la cascada de formularios sin llenar junto con las horas extras que tomaba tan solo para asegurarse lo mínimo lo llevaron a no entregar los documentos antes de la fecha límite. Por el retraso tuvo que pagar la cuenta completa del hospital. Pavel recuerda que su compañero fue al velorio y volvió esa misma tarde para hacer horas extra. Desde entonces, Phillip solo habla de lo mucho que espera su pensión. De vuelta en el presente, Pavel se talla los ojos y respira profundo. —¿Cuándo…?
—La carta no lo especifica pero da igual. Cuidadoso, Pavel dobla el documento en dos, luego en cuatro partes. Sostiene el papel entre sus manos y la celulosa blanco estéril se vuelve un esmeralda profundo con vetas amarillas. Las vetas crecen y se abren antes que un núcleo negro de mayor densidad se abra justo sobre el amarillo y el verde. Hafsa mira la hermosa flor mancharse con una lágrima que reluce como una gota de rocío y trata de consolar a Pavel con una mano en el hombro pero él ya se está levantando de la silla. Ofrece al trajeado el girasol más grande que ha visto jamás. —Toma. —Su pupila deforme se dilata como un rombo y, para luchar contra el silencio, el administrador murmura: ‘la impresión te va a costar’. Pavel sigue en silencio, coloca las manos sobre los hombros del administrador y las desliza hacia las clavículas, casi acariciándole la ropa. El guardia de seguridad quiere acercarse pero Hafsa se interpone. Las enfermeras gritan de horror. El médico se levanta de su silla e incluso Anwar sale a ver qué ocurre. No hay sangre, no hay gritos, solo un traje arrugado en el suelo con un girasol encima. Pavel sostiene entre sus manos una pequeña flor silvestre envuelta con el halo luminoso de su aberración visual. Acaricia el tallo gris y lanza un sollozo mientras huye cojeando al estacionamiento. Las piernas le punzan y se deja caer entre la acera y un automóvil hasta que Hafsa se sienta a su lado. No hay dolor.
Phillip Grimshaw entra a su antiguo escritorio con una caja entre las manos, por suerte no tiene que echar a nadie, aunque no le hubiera molestado hacerlo. Desde el cubículo de junto, Marco se incorpora; tiene una toalla sobre los ojos para refrescarse después de trasnochar.
—¿Ahora también revives?
Phillip deja caer la caja sobre el escritorio con el entrecejo arrugado.
—Un imbécil cometió un error, puso en mi hoja de pensionado que la pensión era por muerte, y tuve que volver. —Jala la silla que cruje bajo su peso de una forma tan familiar que casi lo reconforta. —Da lo mismo, hay un asunto que solo puedo resolver yo. —Empieza a acomodar sus papeles igual que antes, enormes carpetas a reventar de folios. Hasta para las misiones urgentes, los trámites son necesarios.
—¿Fuerza bruta sin testigos?
—Alguien del otro lado del mundo está convirtiendo a la gente en flores, le dicen el Ojo de Diamante.
Marco esboza una sonrisa jovial, pero en sus ojos hay un brillo de tristeza cansada. —Cada vez más de ese lado y menos del nuestro.
—Si vieras mi pensión, no podrías culparlos.






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