Alberto Cabrera Centeno
Elijah Bishop se encontraba en su despacho, en la sede de su corporación, sólo, como había estado siempre, sólo con su visión de un mundo perfecto; una visión que hacía unos años por fin se había materializado, sus deseos más salvajes se habían visto realizados, sin excepción alguna. Ahora, desde lo más alto del mundo, de pronto todo parecía insignificante. Incluso lo que había tenido que pasar para llegar hasta ahí se le antojaba como algo casi irreal, como si fuera un relato de las vivencias de otra persona, un extraño que nada tenía que ver con él, y en cierto modo así era. Hacía mucho tiempo que había dejado de ser «El Maestro», para convertirse en algo más.
Un sonido le sacó de sus ensoñaciones, un golpe que había agrietado el ventanal desde el cual se veía la ciudad a sus pies. A aquella altura no era probable que fuera un ave, pero ¿qué otra cosa podía ser? Al acercarse a la ventana vio a un hombre flotando a centenares de metros sobre el suelo, con su puño aún pegado al cristal. Le costó reconocerlo sin su colorido uniforme, con aquella barba desaliñada, el pelo largo agitándose y aquellos ojos que antaño irradiaban esperanza y que ahora estaban desprovistos por completo de ella, pero era él, “El Guardián”. El ser más poderoso del mundo, capaz de proezas propias de los héroes y dioses de las antiguas mitologías, el salvador venido de un planeta más allá del universo conocido, el mayor superhéroe que jamás había existido. Ahora era simplemente un hombre vencido que le miraba con amargura.
Durante años fue su némesis, un ser sobrehumano que frustró uno tras otro sus intentos de hacerse con el poder, en aquellos tiempos en los que aún era «El Maestro», no tanto un alias como una promesa, la de convertirse en el dueño del mundo. Todos sus planes para conseguirlo habían sido frustrados, millones de dólares en recursos desmantelados por un ser que era poco menos que un dios.
Resultaba irónico que sólo cuando dejó de ser «El Maestro» para ser simplemente Elijah Bishop sus planes comenzaron a funcionar. Hacerse con el control de los medios de comunicación fue la primera fase de su plan. Con ellos en su poder cada logro del «Guardián» se veía desvirtuado para convertirse en un nuevo éxito de las fuerzas de seguridad privadas de Industrias Bishop, o bien en el ataque terrorista de un demente todopoderoso cuyo único fin era destruir el delicado equilibrio sobre el que se sustentaba el mundo.
Después comenzaron sus ataques reales: epidemias cuyas curas venían de sus compañías farmacéuticas; conflictos sofocados con las mismas fuerzas bajo su control que los instigaron en primer lugar; contaminación descontrolada cuyos remedios estaban bajo su control; crisis económicas cuidadosamente orquestadas que los gobiernos sobrellevaron gracias a su experto consejo.
Para cuando el mundo estaba sumido en el caos que él mismo había provocado ni siquiera tuvo que tomar el poder, se lo entregaron con gusto, desesperados por un salvador que les diera otra oportunidad para seguir viviendo en aquel mundo maltrecho y moribundo. Con gusto aceptó.
Fue entonces cuando pudo imponer su férreo control sobre el mundo, todo por la seguridad de sus habitantes. Su dominio sobre la información aplacó todas y cada una de las voces disidentes que surgieron. Los políticos que aún detestaban algún poder se habían convertido en marionetas bajo su poder. Se había convertido realmente en «El Maestro».
En cuanto al «Guardián», desapareció del mapa tan pronto como el apoyo de las masas desapareció; aquellos a los que él había dado todo le veían tan sólo como a un alienígena que había venido a su mundo a sembrar el terror. Respecto a los otros héroes, sencillamente no eran rivales para él ahora que los ejércitos estaban bajo su control, algunos incluso aceptaron su visión y se pusieron a sus órdenes.
Ahora su mayor enemigo estaba frente a él, testigo de su grandeza, vencido por completo. Elijah sonrió, verle así hacía que su triunfo estuviera al fin completo.
El Guardián dio un segundo puñetazo al cristal, haciendo añicos el ventanal blindado. Sin darle tiempo alguno a reaccionar, agarró a Elijah y lo arrastró hacia el exterior, sujetándolo en las alturas, flotando ambos sobre un imperio construido sobre mentiras y traición.
El Guardián le obligó a mirar hacia abajo, hacia las calles vigiladas por cámaras y drones de seguridad que controlaban cada uno de los movimientos de las multitudes ensimismadas que se movían mecánicamente, siguiendo tan sólo el orden establecido. Desde aquella altura parecían minúsculos, pero podía imaginar sus rostros, desprovistos de pasión, de vida, de esperanza, como los de su enemigo.
—Espero que haya valido la pena.
La voz de su archienemigo había perdido aquella confianza que le caracterizaba. Sonrió de nuevo, sintiéndose una vez más como «El Maestro», victorioso.
—Oh, ya lo creo.
No lo golpeó, no hubo réplica ingeniosa como las de antaño. Se limitó a soltarlo.
Mientras caía hacia su inevitable muerte, se regodeó en su triunfo, había conseguido lo que nadie jamás había podido, «El Guardián» por fin había tomado una vida humana. Su victoria estaba completa.






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