“Nuevas leyes impuestas por el gobierno como forma de control natal entrarán en vigor de forma inmediata” decía el periódico que María sostenía entre sus manos temblorosas.
Aunque los rumores sobre dichas medidas se escuchaban entre los vecindarios y los supermercados, María se había negado a creer que el gobierno se atreviera a hacer algo así.
El gobierno, entre la sobrepoblación y todas sus consecuencias y el exterminio de la sociedad, prohibió la actividad sexual entre dos o más personas, y para evitar caer en estas prácticas ilìícitas, el único placer permitido a ojos de la ley era el autoplacer. En su lugar se había apostado por la adopción y la inseminación artificial cuidando de que solo hubiera un hijo por familia.
Ahora en los hospitales de gobierno en vez de regalar preservativos regalaban vibradores, revistas pornográficas y demás artículos para fomentar el autoplacer y así reducir la sobrepoblación, la hambruna, y el calentamiento global por mencionar algunos de los males.
—¿Ya viste el periódico? —preguntó María con la voz quebrada.
—Ya lo veíamos venir, cariño —respondió Jerónimo más concentrado en su primera taza de café que en los ojos vidriosos de su esposa.
—Sí, pero nunca lo creí posible… es decir… no pueden tener acceso a nuestra casa, a nuestra habitación… es nuestra vida ¿no? ¿Qué van a hacer, poner cámaras en todos lados? ¿Espiarnos?
—Mami, tengo hambre —interrumpió Sofi quien sostenía con ambos brazos al señor Tedy.
El plan A del gobierno había fallado. Eran tantas las denuncias anónimas sobre actividades placenteras o sexuales que habían saturado los ordenadores, por lo que había sido imposible dar con todos aquellos que se atrevían a contradecir la ley.
Fueron varios ensayos, varios meses de prueba y error por parte del gobierno hasta que dieron con el método adecuado a la situación:
En las calles, en los hospitales, en las estaciones de policía, en los centros comerciales, incluso en las escuelas había lo que el Gobierno había nombrado “secreterismos”, que no eran más que un buzón en donde se metía un formulario para saber los datos de los delincuentes y de ser posible adjuntar alguna prueba.
Con el éxito de los secreterismos, el Gobierno hizo un trato con la televisora más importante para transmitir en vivo una suerte de lotería en donde un juez, siempre con una máscara victoriana, leía los cargos, presentaban las pruebas y dependiendo del veredicto eran fusilados o perdonados.
Los secreterismos pronto se volvieron una caza de brujas. Bastaba un desacuerdo con un vecino, una mala calificación o un corazón roto para que tu nombre quedara grabado en esas hojas amarillentas con sello rojo.
Claro que hubo protestas, manifestaciones, atentados contra el gobierno disparos y bombas en contra del presentador conocido como Ignotus, el rostro, la representación física de ese nuevo orden, pero a pesar de todo, como si de un superhéroe o un supervillano (según quien lo viera), cada domingo a las 12 del día, aparecía Ignotus, listo para torturar y sentenciar al pobre mal nacido que había hecho enojar a alguien.
María y Jerónimo, como muchas otras parejas, habían puesto el miedo y a su hija por sobre el deseo y el placer, pero el cuerpo de María cada vez pensaba menos en Ignotus y cada vez más en sus deseos. Claro que tenían sus juguetes, películas y revistas pero no bastaban. Nada podía sustituir las manos de Jerónimo apretando violentamente sus senos, sus dedos humedeciendo su clítoris, los besos en el cuello; un pedazo de plástico, por más velocidades que tuviera, no podía compararse con sentir el miembro duro de su esposo, sentirse penetrada, sudar entre sus brazos, regalarle sus gemidos y orgasmos.
No es que no tuviera miedo, claro que lo tenía, sobre todo por lo que pasaría con su hija si alguien los llegase a ver, a escuchar… de tan solo imaginar su nombre en esas horribles hojas, de imaginarse frente a aquél ser inmortal, pronunciando su nombre y sentencia… Las pesadillas con Ignotus la calmaban por un tiempo, pero las ganas siempre volvían.
—Ya no aguanto, Jero, te necesito —le había confesado después de unas copas de vino.
—Y yo a ti, Mari, pero es demasiado peligroso…
—Podríamos hacerlo ahora… Sofi duerme… no haremos ruido —María, presa de sus deseos, empezó a desvestirse poco a poco, con movimientos sensuales, primero acariciando sus senos duros que imploraban ser mordidos y tocados, luego se dejaba caer un tirante, ahora sus manos jugaban entre sus piernas, su sexo… la boca cada vez más cerca de Jerónimo…
—Por favor, amor, tenemos que parar… ya nos hemos arriesgado muchas veces
—decía la voz de Jerónimo, pero sus manos volvían a aferrarse a las nalgas de su esposa, arriba del camisón, debajo del camisón. La agarró por la cintura, enredó sus piernas sobre él, la colocó sobre la mesa, listo para volver a beber del néctar de María, listo para volver a poseerla… sus pantalones cayeron al suelo y su miembro ya duro quedó expuesto.….
—Papi, papi… el monstruo regresó de nuevo.
María se soltó llorando mientras Jerónimo se vestía al mismo tiempo que gritaba “Ya voy, princesa, ya voy”.
—¿Dónde está el monstruo, amor?
—Allí —dijo Sofi señalando hacia el pasillo.
—Ahí estábamos mami y yo, princesa, ahí no hay ningún monstruo…
—Pero yo lo vi, papi, tiene cuatro de todo…
—¿Cómo dos de todo, Sofi?
–Sí, tiene cuatro pies, cuatro brazos y creo que dos cabezas, pero no estoy segura..
Jerónimo palideció…
—Y dime, princesa… ¿Cuántas veces has visto a este monstruo?
—Creo que solo dos… por lo general es muy silencioso, creo que no quiere que lo vea, pero a veces lo oigo…
—Y ¿le has contado a alguien, amor?
—Sólo a la tía Armida, ella me estaba contando que el señor de la tele es un héroe que castiga a las personas que no se portan bien, le pregunté si él también castigaba a los monstruos, porque a lo mejor el monstruo tiene miedo de él y por eso se esconde en la casa, pero no creo que sea malo, nunca se ha robado nada ni nos ha lastimado…
—Sofi…
El timbre sonó.
“¡Policía, en nombre del Juez Ignotus abran la puerta!”






Deja una comentario