—¿Escuchaste lo que hizo ahora el loco de los libros? —preguntó el joven Daniel, mientras tomaba una pieza astillada de la línea de producción y la tiraba al depósito de basura.

A su lado estaba el viejo Efraín, nadie sabía cuántos años tenía, pero era muy viejo —Ese loco trabajaba aquí ¿Sabías?

—¿Qué? ¿Es verdad? —preguntó Daniel asombrado —¿Ese terrorista?

—Sí, a unos lugares más para allá—dijo Efraín señalando a su derecha, donde un operador alineaba las piezas de la fábrica para el empaque. —Yo era joven, pero él lo era más. Era alguien normal, como tú y yo, hasta que un día empezó con sus locuras.

—¿Tú viste cuando empezó?

—Sí, aún recuerdo ese día… la verdad no le había hecho mucho caso… te digo que era un buen muchacho, tranquilo y obediente, como todos, no se metía en problemas, siempre cumpliendo con su trabajo, pero un día llegó contando un sueño que había tenido, o al menos así los llamaba porque según él eran algo distinto. Dijo loqueras de haber visto en esos sueños una sociedad distinta, una sociedad donde todo era diferente.

—¿Diferente cómo?

—Dijo que los hombres sabían leer y escribir, y que muchos lo hacían por gusto. Que las personas compraban cosas a su antojo como aparatos para comunicarse, con pequeñas pantallas donde veían noticias y escribían lo que pensaban. Que se unían a otros de forma libre, por amor, y no porque eran compatibles, hasta decía que algunas uniones eran del mismo sexo. Incluso que la gente decidía en qué trabajar y estudiaban para eso.

—¿Te imaginas? ¿Querer leer? ¡Pero sí que enloqueció! ¿Leer, escribir por gusto? ¿Matrimonios del mismo sexo?

—Sí, y eso no era lo más raro. Una vez me dijo que si yo hubiera aprendido a leer y a escribir, que si hubiera… ¿cómo dijo? ¿estudiado? sí, era eso, que si yo hubiera estudiado sería dueño de una fábrica como esta y viviría como el Alto Líder… y también decía que el líder se escogía de entre un grupo de personas que competían para serlo, y entre toda la población lo escogían.

—Pero ¿Cómo lo elegían si había distintas personas?

—¿Yo qué sé? El punto es que desde ese día, empezó a tener más y más sueños en donde la gente era más feliz. Se obsesionó con eso y empezó a tratar de convencernos de que teníamos que empezar a pensar, a tomar decisiones como quién sería el mejor líder. Después comenzó con algo peor… Decía que había descubierto la forma de sacar cosas de esos sueños. Primero trajo una hoja con la imagen de un hombre sonriente y juraba que era un cartel de “propaganda” de un candidato para ser líder. Después trajo uno de esos celupar, o algo así, era un cuadrado negro de algún tipo de material de plástico y vidrio. Los jefes de la fábrica comenzaron a llamarle la atención, hasta que una vez trajo un libro y lo comenzó a leer frente a todos.

—¿Él lo leyó?

—Así es. Según él, había aprendido a leer con esos sueños. El libro se trataba de una niña que seguía un conejo blanco a un agujero y al caer en él se metía a un mundo loco, raro, donde los animales hablaban, reían, tomaban té y había una reina corta cabezas. Después leyó otro, y otro. Todos con fuerza y a todo pulmón. Siempre terminaba diciendo algo sobre el libro: “La curiosidad es importante para conocer nuevos mundos y nuevas mentes”, “¿Lo ven? Leer te puede ayudar a comprender cosas que nos pasan siempre” y cosas así. Lo corrieron, pero no dejaba de gritar afuera de la fábrica sobre la democracia o algo así, la cosa es que así la llamaba.

—¿A qué?

—A la elección del líder, a pensar, a saber, a leer en general. Algunos le empezaron a hacer caso, renunciaron al trabajo y se le unieron. Escuché que el gobierno comenzó a seguirlo y él comenzaba a tomar fama. Hasta que un día se convirtió en Xero y el gobierno tuvo que crear al Escuadrón de la Justicia para combatirlo. Y ya sabes, todo lo que ha pasado.

—Entonces es de esos sueños de donde saca su tecnología y sus armas.

—Puede ser. La verdad es que todo el asunto es una locura. Lo supe desde aquella época y lo creo ahora.

—Pues sí, la verdad no creo que algo así funcione —dijo el joven Daniel después de pensarlo un poco.

—¿Algo como qué? —preguntó el viejo Efraín.

—La tal democracia. Se me hace tonto. ¿Yo para qué quiero saber leer y escribir? suena algo aburrido y difícil, la verdad, además eso de estudiar suena a que es mucho trabajo y responsabilidad. Y ¿cómo saber que vas a escoger un buen líder? Cualquiera mentiría para que lo escogieran como líder. Todo ese poder puede hacerte hacer cosas como esa, mentir. O si me equivoco escogiendo en que quiero trabajar o estudiar, perdería vida y tiempo. No señor, gracias, estoy mejor así, sin tener que tomar decisiones. Es mucho mejor y más sencillo que el Alto Líder las decida por mí. El sistema funciona.

—El sistema funciona… —Repitió Efraín y continuaron seleccionando las piezas astilladas para sacarlas de la línea de producción. Miraban fijamente como pasaban frente a ellos y cada cincuenta o sesenta piezas aparecía una defectuosa.

—Y en ese mundo raro ¿Qué pasaba si uno quería trabajar de líder? ¿Estudiaba para eso?

—Sí, creo que sí, en algún momento Xero dijo eso.

—Está bien…—Pasaron otros minutos en silencio —Qué absurdo —soltó Daniel sonriendo con ironía, más silencio —¿Sabes? Yo siempre me pregunté qué se sentiría vivir en el palacio del Alto Líder.

—Sí, yo también…Bueno ¿Y que hizo el loco Xero de los libros? Preguntó Efraín.

—Hizo explotar un cuartel del Escuadrón de la justicia…

—Que loco…

—Así que el dueño de una fábrica ¿eh? —Ambos rieron y se quedaron en silencio casi de inmediato, exhortos en las piezas de la línea de ensamblaje. —Estaría bueno eso.

—Comienzas a sonar como el loco de los libros —soltó Efraín de mal humor.


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