Carlos Morán
—Sabía que te encontraría aquí —habían pasado años desde que había descubierto lo que escondía la palestina desgastada, el casco rayado y los googles de aviador. Un hombre entrado en sus 30‘s con cabello castaño medio largo y desaliñado al igual que su corta barba —. No has cambiado nada.
—Y no lo haré. No debería sorprenderte —contestó con su voz profunda y una sonrisa cálida mientras atizaba el fuego, devolviéndolo a la vida.
—Dime ¿cómo está el camino? —la chica inspeccionaba el casco con sus manos y curioseaba en la moto llena de polvo, raspones y compartimientos, lista para acarrear sus entregas.
—¿Qué te digo? Sigue lleno de animales mutados, gente infectada y merodeadores.
—¿Y te los has encontrado? —sacó el machete de la funda al costado del vehículo. El hombre se levantó y detuvo la mano de la chica para quitarle el arma.
—Más de una vez. Pero eso ya lo sabes.
—Vamos, Carter. Por favor, cuéntame algo quiero saber como es todo allá afuera.
—El mundo allá afuera —acabó casi en un susurro. Contemplaba el fuego y se sentaba mirando hacia el suelo, hacia la nada. —El mundo allá afuera no ha cambiado en los últimos doscientos años, Ángela. La “pandemia”, el gran experimento con virus y vacunas provocó tanto caos que le tomó a la naturaleza más de la mitad de ese tiempo poder recuperar el equilibrio, y otro tanto para que la sociedad pudiera volver a empezar. Aunque no estoy seguro de que lo haya logrado todavía, el mundo no se acabó, pero va en un rumbo que hace más difícil sobrevivir, y el sueño de un lugar seguro se desvanece cada vez más rápido.
—Qué lúgubre —la chica se sentó frente al fuego, a la vista del hombre —. ¿Tenías eso en mente cuando tomaron aquella foto de la fundación del pueblo?
—Esa foto —se rió —. Tú abuela debió quemarla.
—Que bueno que no lo hizo, si no, estarías solo y no hablarías con nadie. Solo serías el cartero misterioso que no habla con nadie.
—¿ Y cómo sabes que no hablo con nadie?
—Por favor. ¿Me vas a decir que tienes más amigos en todos los otros pueblos?
No deberías decir mentiras tan obvias.
Carter se rió al observar su mano. El silencio de la noche en medio del valle era lindo, ofrecía un refugio de todo lo que acechaba en su camino, los obstáculos y monstruos que lo atacaban y los que cargaba con él. Un ruido a lo lejos anunció el fin de ese refugio.
—Escucha —Carter se puso de pie y le dio indicaciones a Ángela en voz baja —, tienes que irte de aquí.
—¿Qué ocurre? —De la oscuridad emergió un grupo de hombres con ropas llenas de polvo, desgastadas por el camino y portando armas, algunas sencillas como cuchillos, machetes y hasta palos. Uno traía un arpón oxidado y otro una ballesta, ellos eran los más peligrosos —. Merodeadores.
—Vete y no le digas a nadie.
La chica se levantó, dio media vuelta y tras unos pasos se detuvo. Tres hombres más, con cadenas, hoces y otra ballesta, impedían el paso.
—¿Es esta otra de tus víctimas, Acechador? —indicó el de la ballesta. Vestía una cazadora vieja de cuero, desgastada y algo quemada con una bandana en la cabeza.
—¿Acechador?
—No les hables, Ángela. No entenderán razones.
—¡Carter no es ningún “Acechador”! —la chica gritó con ira.
—¿Carter? ¿Ese es tu nombre? —se mofó el líder —Carter “el cartero”. Carece de imaginación ¿no crees, Acechador?
—¿Qué quieren estos merodeadores? —preguntó Ángela a su amigo, pero el líder la escuchó, provocando su enojo.
—¿Merodeadores? ¡No! Te equivocas, niñas. Nosotros no somos merodeadores. No. Nosotros somos retribución.
—¿De qué hablas?
—Son un grupo que me ha estado siguiendo desde hace tiempo —interrumpió Carter.
—¿Intentan robarte? —inquirió la chica.
—¡Entiende! —renegó el líder —. ¡RETRIBUCIÓN! Estamos aquí para asesinar al Acechador. El monstruo mutado que ha acabado con inocentes en cada pueblo que se detiene. Por más de medio siglo ha ido de pueblo en pueblo, con su fachada de “mensajero” pero en realidad es una bestia disfrazada y en cada pueblo que pasaba dejaba un rastro, esparcido por el tiempo para que no lo notara nadie
—el hombre sacó una libreta de cuero llena de hojas y recortes que sobresalían —. Hasta que alguien lo notó y la asesinaste. A ella y a toda su familia.
—No es cierto. Carter nunca…
—Revisa su caja. De seguro aún tiene ahí su trofeo ¿no es cierto?
—Ángela, no —Carter advirtió a la chica —es una trampa.
—¡Silencio! —disparó una flecha al hombro del mensajero, provocando los gritos de Ángela. El hombre apuntó a la chica mientras los otros dos apuntaban al herido, el resto esperaba, listos para reaccionar en caso de ser necesario —. Ahora, revisa la caja.
Ángela se acercó a la moto, se dio cuenta de la pequeña ballesta escondida al otro lado. Sabía que podía al menos atinarle al líder, pero la situación solo se complicaría con Carter herido y otros dos listos para dispararle. Volteó a ver a su amigo y este le asintió con el rostro, indicándole que estaba listo para evadir las armas apuntadas contra él.
—¡Apresúrate! ¡Y nada de cosas raras o ambos morirán!
La chica llegó al vehículo, y una idea cruzó por su mente: Si mostraba la caja vacía, eso los desconcertaría, dándole mayor tiempo para atacarlos y salir con vida. La chica desabrochó los seguros de la caja.
—Ángela ¿qué haces? —gritó Carter.
Levantó la tapa, y sin mirar en su interior, volcó el contenido de la caja, confiada de que el desconcierto le daría la oportunidad que deseaba. Pero algo cayó de su interior, golpeando en seco el piso y rodando hasta los pies de Ángela. Los ojos opacos ante la luz del fuego se clavaron con la mirada de la chica. Con el iris grisáceo y el cuello cercenado, la cabeza pálida con sangre seca que brotaba de la base y la boca. Un trofeo macabro que invertía por completo el panorama.
Ángela levantó la mirada, ensordecida por la realidad, se percató que el hombre y su banda reaccionaron con rabia ante la revelación, pero el sonido la eludía. Buscó a su amigo, aún en el suelo. Herido se levantó con una sonrisa en el rostro y cuando levantó la mirada, pudieron ver sus ojos negros con llagas abriéndose paso hacía su frente y mejillas. Su piel palidecía y sus dientes se alargaban junto a sus uñas. La flecha cayó de su hombro con muy poca sangre en ella y provocando un sonido que se perdía con el tronido de huesos en el cuerpo del mensajero.
—Bueno, parece que hoy me llevaré más trofeos conmigo.






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