Pablo Samuel Haro Reyes
—¿Así que es la primera vez que entras, verdad? —soltó en tono de burla mientras se acomodaba la corbata. —¿Escuchaste lo que le pasó al otro tipo, no?
—Lo mandaron a una misión en las landas, en la parte meridional —respondió con tono serio.
—Ja, si, en “landas”, cómo no… escucha chico, no la cagues ¡eh!, no la mires a los ojos, al menos no por mucho tiempo, y mantén tu boca cerrada, a menos que te hable, ¿sí? —se volteó para hacerle una señal al guardia del otro lado y el puente empezó a descender—. Y ponte el gorro por favor, menos mal que te limpiamos y te vestimos.
—Según los índices no hay ningún peligro, camarada. —Este se devolvió con una mueca de sorpresa—. Perdón, me gustaría… —dudó por un instante—, sentir la lluvia, camarada.
—Ah, ya —se giró de nuevo dándole la espalda y haciéndole una señal para que lo siguiera mientras atravesaban el puente—, sentir la lluvia sobre tu rostro y todo eso, ¿no? —este último asintió en silencio—, sí… eso no será posible, ja, ja, a menos que quieras que se te caiga la cara, mejor quédate con el gorro.
—Pero… no entiendo, los reportes…
—Se nota que es tu primera vez, —lo interrumpió con hastío—, a veces se me olvida las mierdas que les contamos aquí, escúchame “amigo”, solo haz lo que te digo y ya, acomódate la chaqueta, ella odia eso. Bien, una vez que salgamos al exterior no hagas nada de lo que quieras hacer ¿entendido? Solo síguenos el ritmo ¿sí? Sé que este debe de ser tu gran momento en la vida, por salir al exterior y todo eso, pero no olvides porqué estás aquí. Serás introducido como teniente ¿ok? Y si todo sale bien podrás quedarte con el título.
—Entendido.
Ambos pasaron por varios puntos de control, donde fueron revisados exhaustivamente antes de dejarlos pasar. La oscuridad reinaba sin ningún rival aparente, más allá de los pobres focos de luz roja que estaban apostados a unos cuantos metros de distancia en largos postes, dejando entre estos largos espacios de oscuridad, podía sentir cómo unas pequeñas gotas caían desde las enormes tuberías qué se entrelazaban en el interminable techo absoluto. En su mayoría no se veían, pero podía escuchar el agua recorrer los ductos y ver sus sombras removiéndose en el ligero tono rojo. Pensó si las gotas que le caían le causarían algún daño.
—¡Eh! —Sonó por delante de él en la oscuridad, un rostro salió del abismo iluminándose en el tono rojo de las luces, unas grandes ojeras le vieron de vuelta, dejando a relucir una barba mal cortada y un gesto de cansancio, no pudo distinguir de qué color eran sus ojos—. No te separes, ya estamos cerca.
—Y volvió a desaparecer en las sombras.
—Perdón —adelantó el paso hasta poder sentir su presencia enfrente de sí—. Es que, nunca he estado tan lejos.
—Sí , me imagino —y continuaron en silencio por un rato—, a propósito, ¿cómo es la vida allá adentro, eh?
—Creía que tú también venías de aquí…
—Sí… bueno, ya no me acuerdo la verdad.
—Es difícil… ya sabes, nunca poder ver la luz del sol, vivir en la oscuridad con los gases de las minas, el hambre, pero gracias a los suministros de la general tenemos esperanza.
—Me imagino —respondió indiferente—, bien, ya llegamos.
—Es… El elevador, ¿cierto? —habló sin poder contenerse—, entonces sí existe —soltó aliviado. —Quiere decir qué podemos subir al exterior, los árboles.
—Ammm, sí, —señaló con un ademán para que se metiera y cerró tras de sí— ¿A qué te dedicabas? Tengo entendido que eres el único que sabe de rocas.
—Geólogo, camarada.
—Cierto, bueno, haz un favor a todos y cuando lleguemos a la superficie trata de comportarte, —las luces flasheaban a su alrededor fruto del ascenso acompañado por un chirrido agudo—. Si tienes suerte y haces tu trabajo, nunca más tendrás que regresar a este agujero —asomó una ligera sonrisa—, de hecho, pase lo que pase, nunca regresaras aquí, te lo aseguro ja, ja.
Pasaron varios minutos hasta que sintió el freno del elevador, estaban desacelerando, la cápsula se agito un poco hasta detenerse por completo y las compuertas se abrieron, el hombre se levantó acomodándose el gorro militar y el uniforme y con un pequeño ademán, saludó a los guardias que estaban apostados ahí y le señaló que lo siguieran por el largo pasillo que se abría frente a ellos. Cada vez podía escuchar más el sonido de la lluvia sobre el techo y no pudo evitar emocionarse. Al final de este, otro hombre uniformado los esperaba.
—Creía que ibas a llegar más tarde. —saludó apretando la mano de su guía— ¿Este es el chico?
—Parece ser, es su primera vez —lo señaló con un dedo, el otro chasqueó la boca.
—Más le vale no cagarla enfrente de ella o terminará como…
—Sí, sí, sí, ya le dije —ambos lo miraron desde la oscuridad—, no causará problemas.
—Bien, vámonos entonces, los ha convocado a todos, creo, ya deben de estar afuera. —Su guía se volteó hacia él y le guiñó el ojo.
—¿Oíste, muchacho? Todos te están esperando.
Y se abrieron las últimas puertas dejando entrar el estruendoso ruido de la lluvia y una pálida luz grotesca, ambos hombres no vacilaron al salir al exterior empapándose con la lluvia sin importancia, pero él dudó por un segundo, quedándose a la orilla de la salida. El exterior no era nada parecido a lo que se había imaginado, enormes nubes negras se extendían por todo el cielo dejando míseros espacios donde podía atravesar una ligera luz pálida, la tierra estaba completamente desolada y se había tornado de un color rojizo chillón, no se veía ningún árbol y el frío rápidamente le caló hasta los huesos, miró la lluvia de nuevo, era color negro.
Ante la mirada impaciente de su guía se acomodó el gorro y salió siguiéndolos por detrás, caminaron por varios minutos sobre un pequeño camino de cemento que conducía por detrás de una ladera. Cruzaron por en medio de lo que parecía ser una explanada derruida. Una carpa se alzaba sobre el camino. Al acercarse vieron a cuatro personas de igual forma vestidas con el uniforme militar rodeando a una mujer sentada en lo que parecía la única silla.
En el momento que se acercaron ella se levantó. Era tan alta como él y su cabello oscuro estaba sujeto en una coleta hacia atrás, vestida con una enorme capa negra con lo que parecía ser piel de un gran oso, sus ojos rápidamente penetraron en los de él, haciendo que desviara la mirada con vergüenza. Era la única que no se cubría la cabeza.
—General Serana, discúlpenos por la demora, pero se nos dificultó encontrarlo. —Ambos hombres se arrodillaron enfrente de ella, él con vergüenza también lo hizo torpemente.
—¿Este es el geólogo? —preguntó uno de los hombres más viejos que se encontraban ahí.
—Así es, déjenme presentarles al teniente Roger, viene directamente de los refugios mineros, al parecer es el único del lugar. Vamos, Roger.
—Mi señora —se volvió a agachar torpemente enfrente de ella—, es un honor poder servirle.
—El honor es mío, teniente, —habló asomando una sonrisa juguetona—, ven, acércate, necesito que me digas si puedes identificar esto —y de entre sus ropas le extendió una roca color plateado grisáceo, él la tomó entre sus dedos y la giró sobre sí, tenía cristales opacos color negro y marrón.
—Esto es uraninita, mi señora. Es un mineral metamor…
—¡Sí! —exclamaron los cuatro hombres entre sí, dándose de palmadas y abrazándose los unos a los otros.
—Si te llevo a otros lugares —le continuó hablando la general ignorando el ajetreo atrás de ella— ¿podrías reconocerlo y enriquecerlo?
Dudó por un segundo —tal vez con la cantidad de gente necesaria y el equipo…
—¡Perfecto! —saltó de alegría dándole una palmada en el hombro—, comandante Rudeus, prepara las naves de guerra, alzamos vuelo en este instante.
—La flota estará lista, General, deme 45 minutos.
—Movilicen también a los refugios, quiero todos nuestros equipos de oxígeno y agua, al igual que nuestra maquinaria pesada en los túneles hacia el sector B.
—Así se hará, General —respondió su guía retirándose corriendo al lugar de donde venía.
—Espere, espere, —habló confuso— ¿qué está pasando? ¿Evacuará a la gente de mi refugio? —Ella lo miró y se rio.
—Estamos en guerra por si no lo sabes, ahora mismo nos encontramos en los restos de lo que fue Asia, y con tu ayuda, podremos identificar las reservas de uranio y enriquecerlo de lo que queda de las capitales unidas en Europa, tenemos que mover nuestra industria subterránea antes de que bombardeen con armas atómicas, tenemos que estar en movimiento.
—¿Y mi refugio? sin esos equipos la gente de ahí no sobrevivirá, necesitamos los equipos de oxígeno, necesitamos… también los evacuaran ¿cierto? Nos dijeron…
—¿Para qué gastar recursos en algo tan inútil? —Su mirada se afiló y frunció el ceño—, ¿por qué tendría que salvar a esos seres tan patéticos? Son una escoria que no sirve más que para morir en mis minas, y ahora que te tengo a ti, ya no los necesito. No me importa como mueran, animales como esos los encuentras en cualquier agujero. Desde aquí lanzaremos nuestras ojivas nucleares. Comandante, prepare las lanzaderas y agarren en custodia a nuestro querido amigo.
Uno de los hombres lo tomó por la espalda y puso su mano sobre su brazo, él no opuso resistencia. —No entiendo —murmuró atónito. Sentía cómo el alma se le escapaba del cuerpo mientras intentaba no caer en la locura—, nos dijeron que el mundo era diferente, ¡no puede hacer eso! ¡De verdad los dejará morir! ¡Hay cientos de miles de personas en ese refugio! —gritó al borde de las lágrimas.
—Y 5 millones en las capitales unidas de Europa tengo entendido. Escúchame Teniente Roger, yo sé que todo esto es una sorpresa para ti, pero ya pasamos la amenaza de la autodestrucción mutua, esto que ves aquí es todo lo que queda, un páramo inhabitable, lleno de pequeñas mierdas como tú viviendo bajo tierra, si tan solo supieras lo que he visto, tú mismo preferirías aniquilarlos a todos que preferir que sigan viviendo, ya no son humanos. Tu refugio es lo más decente que nos hemos encontrado y aun así es patético.
—¡No lo haré!
—Créeme —aflojó una enorme sonrisa y le tomó el rostro —no hay nada que valga la pena salvar, este es mi regalo a la humanidad, misericordia, todos morirán.






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