Rodrigo Ayala

“Sin música, la vida sería un error”. Friedrich Nietzsche

ThE MutE viajaba de mundo en mundo alimentándose de música. Cada vez que arribaba a un nuevo planeta, aquel ser vestido de negro provocaba una epidemia creativa que impedía a los seres fabricar melodías. La música era una expresión que compartían las razas inteligentes de los diferentes universos donde había vida. Pero ThE MutE prefería el silencio y por ello es que su fuerza aniquilaba toda capacidad de crear canciones. El monstruo vivía de aquella genialidad robada a los músicos. Era una especie de parásito, un vampiro interestelar. El silencio instaurado en los mundos caídos en desgracia creativa lo llenaba de vitalidad (como si fuera una sanguijuela) y después continuaba con su cruzada.

Hubo diversos intentos por detenerlo. El primero provino de un cazarrecompensas, cuyo placer era tocar la guitarra. Este joven creó una melodía destinada a destruir al monstruo. El músico y mercenario viajaba a bordo de una veloz nave que se dedicó a perseguir al villano. Después de una feroz batalla en el suelo pedregoso de una luna, el guitarrista fue destruido por ThE MutE, quien clavó en el pecho el instrumento de su oponente con un feroz movimiento. Por último, lo devoró de un solo bocado.

El último gran intento de frenar al villano ocurrió cuando arribó a la Tierra. Las descargas de canciones en internet disminuyeron hasta ser nulas. Nadie buscaba videos en la web. Las pocas tiendas especializadas en la venta de discos terminaron por cerrar. Las fiestas se organizaban en casas, salones, plazas públicas, pero la música brillaba por su ausencia. Nadie sentía el más mínimo deseo de colocar música en sus coches. Los seres humanos se olvidaron de entonar sus canciones favoritas mientras se bañaban o esperaban el transporte público. Incluso, los animales cantores, como las aves, desaparecieron de manera paulatina sin dejar rastro. El mundo cayó en una especie de tristeza masiva jamás vista. Sus habitantes vivían sin alegría. Algo les hacía falta, pero casi todos ignoraban qué era. Aquella frase “Sin música, la vida sería un error”, de Friedrich Nietzsche, cobró más sentido que nunca. ThE MutE le robó a la humanidad los recuerdos de la música. Cuando ésta cesó por completo, comenzaron los suicidios en diferentes rincones de la Tierra. Un sitio sin música, era un sitio sin alma en el que no valía la pena vivir.

Un grupo de científicos sabía que el causante de aquella desgracia era ThE MutE. Se fabricó un dispositivo bélico para eliminar la presencia de aquel ser que habitaba en el pico del monte más alto de la Tierra. Cuando el villano se percató de lo que se tramaba, contraatacó con el Muteor, un arma cien veces más poderosa que cualquier bomba atómica. El monstruo lanzó un agudo alarido que resonó en los rincones más alejados del planeta, provocando una explosión titánica de fuego.

La Tierra quedó reducida a cenizas. Los pocos sobrevivientes quedaron bajo el dominio de ThE MutE, quien se alimentó de la tristeza de las mujeres y los hombres que vagaban sobre la superficie del planeta como muertos vivientes. ThE MutE les quitó incluso el privilegio de llorar. La humanidad era una cáscara vacía de emociones.

ThE MutE dejó la Tierra y se dirigió hacia un planeta rico en recursos naturales. Al arribar, el ser destructor de canciones se percató de que no había seres inteligentes, sólo animales y vegetación abundante.

Decidió tomarse un descanso. Estaba bien alimentado. Hibernaría en aquel paraíso hasta que el hambre lo despertara, pero cuando se disponía a internarse en el fondo de una caverna, percibió unas extrañas vibraciones.
Su cuerpo se puso rígido. ¿Es que acaso eso era…? Salió de la cueva y caminó varias horas por bosques, colinas, y demás. Las vibraciones continuaban. No era lo que él conocía como música, sin embargo, era algo muy parecido. Aquello tenía un ritmo, una cadencia especial. Sentía una especie de hormigueo incómodo, picaba, quemaba, le dolía.

De pronto, sintió que algo se arrastraba debajo de él. Cuando dirigió su mirada al suelo, vio a unos gusanos emerger de la tierra. Aquellas cosas de piel brillante y pálida se movían a su alrededor como si danzaran. Incluso sus bocas se abrían y cerraban como si estuvieran… cantando. Y eso sólo significaba algo…

Al caer la noche, los seres vivos de aquel lejano planeta compusieron una melodía existente sólo para ellos, pero que no era perceptible para los visitantes. Lo único que sentían eran las vibraciones confusas.

La piel de ThE MutE se desprendió de su cuerpo. Sus huesos quedaron expuestos. Su rostro mostraba un rictus de dolor que desapareció cuando la carne terminó por descomponerse por completo. Todo ello ocurría sin que él alcanzara a comprender lo que pasaba en realidad. Lo último que quedó de él fue su corazón palpitante, que cayó al suelo en medio de un charco de sangre.
Los gusanos lo olieron, los gatos lamieron un poco de la sangre, pero nadie quiso devorar aquel órgano corrupto que había aniquilado las canciones de varios mundos. El peor castigo que recibió ThE MutE fue que su corazón latió al ritmo de la música de aquel lejano y desconocido planeta.


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