—Yo, de verdad, buscaba un cambio. Era ingenuo, no cabe duda. ¿Que dónde se torció todo? Bueno, aquí todo está podrido. Las intenciones no bastan para sobrevivir en este medio. No, no me malinterpretes, no estoy arrepentido de nada. Volvería a hacer lo mismo una y otra vez si el resultado nos colocase de nuevo aquí…
Armando, con la pistola en mano, disparó sin pestañear entre los ojos de su adversario. Los sesos del cadáver se desparramaron sobre la alfombra arabesca. La manga de la camisa y los zapatos cuidadosamente lustrados también tenían salpicaduras de lo que unos minutos antes, era la persona más importante para la revolución.
El país se había ido al carajo. Fuimos incrédulos. El cambio llegó, pero no como nos lo prometieron. Armando Peña de Beltrán, era el candidato por el que se apostaba la última ficha. Era todo o nada. Si bien los apellidos que lo acompañaban eran un augurio de muerte, nadie quiso verlo, siquiera cuestionarlo. Era el mejor postor.
Nos prometió lo mismo de siempre, bajo el partido que nos defraudó hasta exprimirnos. Pero los otros ya lo habían intentado y nada funcionó. Debíamos regresar a lo seguro. No podíamos estar más en el fondo…
El día acordado se dieron las últimas elecciones en el país. El candidato arrasó contra sus contrincantes sin duda alguna y unos meses después, como dictaba la constitución, la banda presidencial se le otorgó al último presidente de México.
Los cambios fueron sutiles hasta que fue imposible echar atrás todo su desmadre. Primero lo aplaudimos. Los criminales cayeron uno por uno y el ejército ejecutó a cuanta persona fuera señalada como criminal sin siquiera cuestionarlo. Fue una cacería de brujas, que curiosamente se llevó entre las patas a varios activistas. La policía fue completamente sustituida por la policía militar, lo cual bajó la taza de corrupción. Los agentes que se negaron al cambio fueron recluidos en cuarteles, disque para reeducación. Sabrá Dios qué fue de esos pobres diablos. Claro que hubo disturbios, gente en la calle, pero ¿quién podía pelear contra el ejército? Las piedras y los palos no fueron suficientes contra sus armas y entonces, se cerraron las fronteras. Llegó en un momento extraño, cuando moríamos de un virus “mundial”. Para entonces sólo podíamos creerle a Beltrán ya que los medios de comunicación sólo hablaban de lo mucho que la economía crecía, lo seguro que era el país y las buenas relaciones que se tenían en el extranjero y aún con nuestras buenas amistades, Google se retiró del país y no se pudo volver a descargar el navegador ni otros iguales. Las conexiones a internet fueron restringidas, así como varias páginas. Internet murió 3 años después de la llegada de Beltrán al poder, así que, si el presidente decía que era un virus mortal que estaba acabando con poblaciones enteras en todo el mundo, no teníamos de otra más que creerle. Incluso los ricachones se quejaron, pidieron su sustitución inmediata. Se hizo el circo, Beltrán lo permitió. La oposición, que no miraba más que por los intereses de los que sí tenían con qué, lanzaron a un pobre idiota como adversario. Beltrán era culto, bien preparado y frente al él, el payaso que era su competencia, las tenía todas de perder, pero Beltrán fue más contundente, mandó un mensaje claro y en medio de un mitin de trajeados, un grupo armado entró y se los echó a todos. No hubo sobrevivientes. Hasta ahí había llegado la oposición al régimen de Beltrán. El circo continuó y se hicieron las investigaciones. Pobres chavos a los que les cargaron el muerto, hijos de empresarios, Juniors que ni con todo el dinero de sus papás pudieron salvarlos. El ejército los ejecutó como cualquier otro criminal y se cerró el caso. Claro, a nadie le sorprendió que después de 6 años en la silla presidencial, no hubiera nadie que quisiera competir con el único candidato posible: Beltrán.
Se declararon inconstitucionales las elecciones. No había oposición. Nadie era tan idiota para ponerse al tú por tú con el señor presidente. Se armó un desmadre, diputados ejecutados por este grupo armado que “nadie” sabía de dónde había salido si el ejército había acabado con todos los narcos. Y fue así que Beltrán fue declarado presidente de México por segunda ocasión sin votos, sin campaña, nomás porque no había quien le hiciera frente. Dicen que el poder se le subió a la cabeza y la verdad que yo no lo creo. Ese cabrón ya tenía bien puesta la bala y sólo lo ejecutó. Su lema era alcanzar una superioridad social que pudiera competir al mismo nivel con otras naciones. Buscaba una sociedad enteramente mexicana, patriota, dispuesta a dar la vida por la soberanía del país. Ya se imaginarán que los que no entramos en el molde fuimos perseguidos. Era más fácil la exterminación y la creación de nuevos mexicanos nacidos bajo el régimen del general Beltrán. Aquellos que añoramos los años pasados sólo fuimos un estorbo para los planes de nuestro dictador.
Por supuesto, entre todo el caos surgió la resistencia armada. Ya no había más que perder, sólo se podía ganar de ahora en adelante. Nuestro líder nos guió al punto que mucha gente lo convirtió en casi un mesías, pero esto es México, esto está podrido hasta las entrañas y las nuevas ideas del dictador ya hacían efecto entre los más jóvenes. La libertad que conocí era más considerada una anarquía frente al sistema que se imponía normalmente en las aulas, en los libros de historia, en todo lo que convirtió a Beltrán en un héroe, en un liberador para el pueblo mexicano. Todo se fue al carajo… Y una mañana, cuando Beltrán llevaba 12 años en el poder, nuestro líder cayó a traición por sus propios hombres. Los traidores fueron ejecutados bajo el cargo de terroristas. El perdón que se les prometió llegó en forma de bala en la sien mientras nuestro líder fue ejecutado por la propia mano de Beltrán, dando así fin a la revolución terrorista que asolaba al país de miedo y caos.






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