Analía Romero Martín
Rinaldo llevaba los bolsillos cargados de globos coloridos para elaborar con ellos desde perros salchichas hasta conejos orejudos que, entre muecas graciosas, ofertaban a los progenitores que pasaban con sus hijos por la calle.
Los permutaba por algunas monedas que, a su vez, invertía en nuevos globos. También llevaba petardos para vengarse de aquellos que se negaban a comprarlos y en la solapa de su ahuecado saco, una margarita que arrojaba agua a los ojos.
Las madres lo aborrecían pues por culpa de sus intersecciones, jamás llegaban a tiempo a ninguna parte. Sus hijos, en cambio, lo idolatraban y desplegaban extraordinarios berrinches con tal de marcharse con alguna de sus vistosas creaciones.
Rinaldo era más falso que la flor de su solapa. En realidad, no toleraba a los niños (con decirles que ni siquiera había accedido a tener uno propio).
Ya sin maquillaje, si podía, los aplastaba e incluso se atrevía a negarles el saludo a los que llegaban a reconocer al payaso en su rostro lavado.
Por la noche, cansado de ofrecer globos en la peatonal, se sentaba a la mesa para comer lo que su sumisa esposa le había preparado y refunfuñaba acerca de melosos infantes y padres amarretes a quienes ciertas veces, debía perseguir más de un kilómetro para lograr arrancarles una moneda.
Sin embargo, Valentina era diferente a todas las criaturas que sus delineados ojos habían tenido enfrente hasta entonces…
A ella no le interesaban sus globos ni su tramposa margarita. Sólo deseaba huir.
Los payasos la aterraban y ni bien él realizó un intento por aproximarse, se soltó de la mano de su madre y comenzó a correr sin rumbo, atravesando la avenida.
El automóvil clavó sus frenos a tiempo y el episodio quedó en un susto, pero, a pesar de ello, la señora se rehusó a aceptar las desesperadas disculpas del payaso.
—Aléjese de nosotras, mamarracho —le ordenó, abriéndose paso entre el cúmulo de curiosos transeúntes sedientos de tragedia.
—¡Deje de inflar globitos y dedíquese a laborar!
Rinaldo sintió que sus palabras se le incrustaban como astillas de vidrio en el alma y que la flor de su solapa se marchitaba.
Los payasos están condenados a continuar con el show, aunque la mirada se les impregne de lágrimas, por lo tanto, se repuso del mal momento prometiéndose a sí mismo mejorar sus creaciones.
Sus globos adquirieron formas maravillosas.
Ahora, vendía perros de todas las razas, dinosaurios y hasta brujas montadas en su escoba. La gente empezó a comentar que se trataba de auténticas obras de arte y no solo los niños querían poseerlas.
También había clientes adultos, razón por la cual, se vio inspirado a incluir mujeres de extravagantes curvas y hombres de enormes genitales que constituían la principal atracción en las despedidas de solteros y bienvenidas de divorciados.
Los globos no le alcanzaban.
Sus manos no daban abasto y Rinaldo ya no necesitaba dibujarse una sonrisa porque amanecía con ella, de lo bien que le iba en el negocio y más pronto de lo que imaginaba, estaba a bordo de su propio automóvil: un modesto escarabajo, color amarillo huevo (acorde a su oficio) en el que iba a un cotillón por provisiones cuando Valentina y su madre surgieron en su camino como un par de polluelos mojados…
San Pedro arrojaba agua a baldes y los bolsillos de Maricarmen ni por milagro alcanzaban a reunir el dinero para regresar en taxi. Rinaldo les ofreció conducirlas a donde se dirigían y la mujer accedió, sin dedicarse un solo segundo a pensarlo.
El hombre se alegró en silencio de que no lo reconocieran y enviando una mirada a los zapatos que colgaban de la mano de la joven madre, con pena le preguntó:
—¿No sirven más?
—Les quedaba poco tiempo de vida y esta lluvia repentina terminó matándolos. Sólo me los quité para evitar resbalar —dijo Maricarmen, resignada.
—¡A mí me encanta chapotear en los charcos! —acotó Valentina con infantil entusiasmo, desde el asiento trasero.
—” Y a mí qué mierda me importa? “pensó Rinaldo, comentando con artificial dulzor: — ah, ¿sí?
—Yo adoro la lluvia, pero para contemplarla a través de la ventana —dijo la mamá.
Los brincos de su hija al compás de la música radial, no dieron lugar a comentario alguno de parte del conductor y extraviando el cálido tono de voz, Maricarmen ordenó con súbito enojo: —¡Basta de saltar, Valentina!
El hombre le prohibió que reprendiera a la pequeña, aunque, interiormente, sintió deseos de asesinarla. Por fortuna, las depositó en su domicilio antes de que la inquieta criatura provocara la destrucción del asiento de atrás y se lo pasó el resto del viaje puteando porque le habían dejado el tapizado con olor a perro mojado.
Tres días después, una vecina chismosa supo facilitarle vida y obra de Maricarmen. El saber que carecía de marido permitió al payaso, disfrazado de hombre, acercarle su obsequio con absoluta tranquilidad…
A pesar de ignorar el número exacto, el pie se deslizó maravillosamente dentro del flamante zapato y la madre de Valentina, sonrojada por la caricia que los ojos de Rinaldo le hacían a sus largas piernas, susurró sentirse como Cenicienta.
La niñita no se demoró en interesarse en saber cuál era el regalo para ella…
“Te traje veneno para gnomos” pensó Rinaldo, mientras la enviaba al automóvil a buscar su caja de chocolates.
Esa tarde, luego de un gran esfuerzo, convenció a su amiga que pasara a retirar a su hija de la guardería una hora más tarde que lo habitual y, con la excusa de ablandar sus zapatos nuevos, la llevó a caminar por la plaza donde sus bocas, inevitablemente, se encontraron en un beso.
—¿No te conozco de otra parte? —preguntó Maricarmen, perdiéndose en sus ojos brillantes.
—Tal vez, me viste en la concesionaria de autos donde trabajo —mintió él.
Ella se rio de su ocurrencia —Por el momento económico que atravieso, apenas podría haberte visto en una bicicletería y creo que exagero…
Los globos con forma de corazón se convirtieron en sus hijos preferidos y las mentiras, en su adicción.
Rinaldo no se las mezquinaba ni a su sumisa esposa ni a su amante y Dios (o el diablo) parecían estar de su lado pues sus planes salían a la perfección.
Con un poco de dinero del cajero, invitó a su diminuta hijastra al parque de diversiones, pero la aparición de aquel payaso echó a perder la tarde y se vieron en la obligación de hacer abandono del gigantesco predio inmediatamente.
Valentina era un manojo de nervios y a su madre no le alcanzaban las palabras para calmarla. Rinaldo le hizo un lugar junto a su pecho, pero la niña le pateó cierto rincón del pantalón y no aceptó una sola caricia proveniente de sus manos. Regresó a los brazos de Maricarmen, quién se disculpó avergonzada.
—Sólo son hombres que pintan su cara y visten ridículamente, mi amor —susurraba Rinaldo, sin rencor visible. La pequeña no le prestaba la más mínima atención y entre sollozos histéricos, exigía ser conducida a su casa.
No aceptó los helados ni las palomitas de maíz que el secreto payaso se desvivía por comprarle y en el camino se durmió, permitiendo que al fin pudieran entablar una conversación con Maricarmen.
Ella aprovechó para contarle que su hija le tenía fobia a aquellos personajes y, nuevamente, pidió perdón por las agresiones gratuitamente recibidas.
—Está bien. Puedo comprender que se trata de una nena muerta de miedo. Lo que no comprendo es su rechazo constante y eso me duele —le confesó con tristeza. —Me duele más que sus puntapiés…
La mujer le dio un beso dulce y solicitó un puñado de tiempo.
—Valentina creció sin saber qué es un padre y a través tuyo, lo irá averiguando. Tenerle paciencia, por favor…
—Espero que no se tarde demasiado porque yo quiero casarme con vos —respondió Rinaldo enamorado, sin terminar de entender lo que escuchaba de sus propios labios. Y aquella noche, no se movió de allí para hacerle el amor, pero Valentina irrumpió en la habitación llorando porque había soñado con payasos…
Valentina consiguió dormirse en medio de los dos. El que no pudo hacerlo fue Rinaldo, quien gastó las horas intentando hallar la manera de quitarse de encima el molesto engendro.
Sin ninguna dificultad, Maricarmen creyó aquella excusa de que sería favorable para fortalecer su relación, el hecho de permanecer con la niña durante su ausencia y se marchó a trabajar rompiendo con la costumbre de enviarla a la guardería.
El hombre se aseguró de que su amante estuviera lo suficientemente distante y con deleite, se internó en el cuarto de baño…
Nunca antes había sentido tanto entusiasmo por lucir su disfraz de payaso: las pinturas bailaban sobre su rostro y la sonrisa dibujada, parecía nacerle en la nuca, la colorada nariz se veía resplandeciente como una manzana deliciosa recién lustrada y los huecos de su saco perdían regocijo a borbotones. ¡Hasta la inodora margarita desprendía fragancia esa mañana y los enormes zapatos amenazaban con salir caminando solos, de la impaciencia! Le hervía la sangre, mientras subía a la habitación indicada…
La bandeja que cargaba el desayuno para la adormecida Valentina, tiritaba entre sus níveos guantes, con satánica emoción.
Mas la niña no alcanzó siquiera a humedecer los labios con el tibio contenido de la taza ni a probar sus tostadas con ruido a hojas secas. Presa del pánico, buscó huir de sus carcajadas que se extendían hacia ella como garras, lo que provocó que rodara escalera abajo.
Rinaldo se cambió de ropa y quitó hasta el último rastro de maquillaje sin prisa alguna, pues tenía la certeza de que tenía todo el día para comprobar, que, en efecto, el pequeño corazón había dejado de latir.






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