Aileen Borghols
Rizzle.
No.
Que sea el viento contra la cortina.
Rizzle. Rizzle.
Mi corazón se desboca.
No, es la cortina frotándose contra alguna caja. Tiene que ser la cortina. ¡Por favor!
Rizzle.
Por favor. O dejé una hoja, una nota ondeando con alguna corriente de aire. Rizzle, rizzle. El ventilador está prendido, rizzle, esa es la corriente, rizzle, rizzle; está debajo de la cama. ¿Habré dejado una bolsa en el bote? Abro los ojos en la oscuridad para confirmar que es mi imaginación, el viento. El aire se atora en mi garganta. El estruendo de mi corazón silencia todo, excepto,
Rizzle,
Rizzle,
Rizzle, rizzle, rizzle.
Tengo que prender la luz para confirmar mis sospechas. Tiene que haber un plástico, rizzle, que debió volarse del bote de basura, rizzle, y continúa arrastrándose, rizzle, rizzle. Debe ser eso, rizzle. Mi oído me engaña, rizzle, seguramente son mis latidos y ya no sé distinguirlos.
Rizzle, rizzle.
Me incorporo, agarro un zapato abandonado mientras protejo mis pies con una zapatilla y una bota, rizzle, solo por precaución. Rizzle. No necesito defenderme de un plástico, ¿cierto? Rizzle, rizzle.
Prendo la luz. Me agacho junto a la cama, rizzle, con mi arma lista. Desafortunadamente, ahí está. Tal vez me mira, rizzle, avanza en mi dirección velozmente, rizzle, rizzle, creyéndome una presa fácil. Rizzle. Está tan cerca que solo dejo caer el zapato con toda mi fuerza sin dudarlo, antes de que elija otra ruta y yo pase el resto de la noche en vela. Cruje bajo mi arma como un bálsamo al silencio interrumpido.
Inhalo profundamente, mi corazón ya no está contra mis costillas. Salgo de mi cuarto en busca de escoba y recogedor, con el retumbar de mi zapatilla persiguiéndome por el pasillo. Al regresar, con mis herramientas funerarias, la observo con detenimiento. Tan pequeña, pero tan escandalosa. Casi me río de mí misma, tanto sobresalto por esto. La empujo con la escoba hacia el recogedor, una pata se mueve; ya no es mi problema. Hay silencio. No hay manera de que escape del bote de basura fuera de la casa que será su sepultura.
Con el retorno de la calma, regreso a mi cuarto, apago la luz, me reacomodo entre las sábanas, comienzo a respirar pausadamente. El silencio es acogedor, reconfortante.
Algo se escucha a mis pies. Esta vez estoy segura de su procedencia y origen. Los muebles crujen por los cambios de temperatura, pero interrumpe mi calma. Tronará un par de veces más, no debo preocuparme.
Inhalo y exhalo.
Una y otra vez. Mi corazón retoma su ritmo, mientras la corriente de aire me acaricia y baila entre las cortinas, rizzle, arrullándome. El sueño comienza a rondar a las orillas de mi conciencia. Un par de inhalaciones más para invitarlo hacia mí. Rizzle.
Los ojos pesados no se inmutan ante el mundo más allá del roce de mi sábana contra mi piel. Rizzle. Curioso, jamás me había percatado de ese sonido. Pero es mi sábana, nada de qué preocuparse
Rizzle.






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