Leonor Montejo
Si José hubiera aceptado con algo de dignidad cuando Mariana rechazó el anillo que por tantos meses se tardó en poder comprar, nada de eso hubiera pasado.
Si José no hubiera caído presa de la obsesión de espiar a Mariana, no se habría enterado de que ella presumía en las redes sociales su nueva relación. Una burla hacia él, pensó José al ver que Mariana sonreía arriba de algún risco mientras EL OTRO la abrazaba.
Si José hubiera llamado a algún psicólogo en vez de a Eduardo, su mejor amigo, tampoco nada de eso habría pasado.
José, con botella en mano, maldecía una y otra vez a la ingrata, a la desgraciada a la pérfida de Mariana, mientras Lalo, sólo le hacía segunda con algún “Sí, pinches viejas”.
Si Lalo se hubiera apegado a su diálogo, nada de esto habría pasado, pero Lalo, imprudente y aventurero sugirió “pues vamos a escalar, así le das en la madre a la muy puta”.
Si José se hubiera atenido a su cobardía, cómo lo había llamado su papá desde que los doctores lo diagnosticaron con acrofobia, nada de eso hubiera pasado, pero el alcohol y el ego de un hombre herido, no saben de razones.
Si José, aquella mañana le hubiera hecho caso a cada fibra de su cuerpo que le gritaba en forma de ansiedad que ir a aquél “cerrito”, como le decía Lalo, no estaría ahí, inmóvil, sudando, transpirando, imaginando las mil maneras en que podría morir. Muertes lentas, sangrientas y dolorosas.
Si Lalo no hubiera impulsado a José con el recuerdo de Mariana y con la imagen de EL OTRO, yo estaría contando otra historia.
El cómo logró llegar José a la cima fue algo realmente increíble, pero escalar había sido la parte fácil. El vértigo, las náuseas a punto de convertirse en vómito, el corazón apresurado y las manos temblorosas aumentaron cuando los gritos de euforia de Lalo pasaron a ser gritos suplicantes, gritos de ayuda.
Si José hubiera sido un poco más valiente, y hubiera dado un par de pasos más hacia el vórtice tal vez ahora estaría festejando en vez de llorar y maldecir, pero su padre, después de todo, siempre había tenido razón, Mariana tenía razón, todos tenían razón: él era un marica, un cobarde, una gallina, una niñita chillona que palidecía que lloraba y se orinaba en los pantalones cada vez que lo obligaban a subirse al sube y baja.
Si José no se hubiera hecho un ovillo, mientras Lalo (su mejor amigo, su salvavidas después de la pelea a golpes con su padre, después de las drogas y el alcohol) maldecía cada vez más, desesperado desde la nada y José se hubiera acercado unos escasos centímetros a la orilla del abismo, tal vez Mariana lo hubiera mirado con otros ojos, tal vez le hubiera suplicado que volvieran, tal vez ahora sí le habría aceptado el anillo, pero José se quedó ahí, acostado, inmóvil, temblando y llorando mientras la voz de Lalo cada vez perdía más fuerza, más ilusión, más esperanzas.
Si José no hubiera caído presa del pánico y hubiera recordado la canción que su madre le cantaba para calmarlo o algunas de las técnicas enseñadas por el montón de psicólogos a los que les había pagado para poder subir a un elevador, tal vez la voz de Lalo no se hubiera perdido entre el sonido del viento y las águilas.
Si José hubiera recordado cuando ganó su primera medalla en taekwondo, su primer beso o su primera vez con Lizzi en aquel motel, en vez de ese sube y baja que nunca bajaba y sólo subía, tal vez los otros montañistas no habrían tenido que llamar a los rescatistas.
Si los otros montañistas hubieran hecho caso de la llanta ponchada, y del olvido de uno de sus celulares y no hubieran ido a escalar aquel día, no habrían llamado a los rescatistas y José no los estaría maldiciendo junto con el nombre de Mariana.
Si José hubiera podido quedarse en esa montaña, desolado por su cobardía, habría tenido la muerte que él pensaba se merecía, pero ahí estaba en el funeral de Lalo, bebiendo y maldiciendo, maldiciendo y bebiendo. Enojado, furioso y rabioso. Odiaba a Mariana, si no hubiera sido por ella, si hubiera aceptado el anillo, si no lo hubiera remplazado por ese Otro, nada de eso habría pasado. Odiaba a los montañistas y a los rescatistas, si no lo hubieran encontrado, si lo hubieran dejado morir, no tendría que cargar en su conciencia los gritos y las súplicas de su mejor amigo, ni con el silencio que lo aterrorizó aún más que las alturas.
Si José hubiera aceptado su culpa y su responsabilidad, no habría amenazado a Mariana, si José no se hubiera subido a aquél sube y baja nada de eso habría pasado, pero pasó.






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