Alberto Cabrera Centeno

Los gritos de terror de un niño de cinco años resonaron por el pasillo que atravesaba la casa de los Martínez, despertando a todos sus habitantes. Aquel era un sonido al que sus padres no podían hacer oídos sordos, ni siquiera a las tres de la mañana.

Corrieron hacia la habitación del pequeño y al encender la luz se encontraron a Lucas, el menor de sus dos hijos, hecho un ovillo en la esquina de la cama más cercana a la pared. Aún temblaba, con su rostro empapado en lágrimas. Su ropa y las sábanas de la cama estaban cubiertas de orina. Ambos trataron de consolarlo, de entender lo que entre sus balbuceos y sollozos trataba de explicarles No dejó que apagaran la luz ni aunque su madre decidió pasar la noche con él. “Cualquier cosa menos eso”, pedía.

Después de esa noche, jamás volvió a dormir a oscuras. La sola idea de estar en una habitación sin luz bastaba para aterrar a Lucas.

Al principio su hermano mayor vio en este miedo a la oscuridad una maravillosa oportunidad para unos juegos crueles, aunque a sus ojos, inofensivos; apagar la luz cuando sabía que estaba sólo en el baño, apagar la pequeña lamparita con la que dormía cuando sabía que Lucas ya estaba sumido en un sueño profundo y despertarle para que viera, sumido en la noche, sin luz…

La diversión no duró, no tanto por las regañinas que recibió de sus padres, sino al darse cuenta de lo que aquello le estaba haciendo a su hermano. Era algo que iba más allá de los miedos propios de un niño de cinco años, y era evidente, para todos los miembros de la familia, que había que protegerlo.

Se le pasaría, pensaban todos, y hasta que ese día llegase, no haría daño que durmiera con una pequeña luz en su habitación.

Transcurrieron los años. El pequeño Lucas se había convertido ya en un adolescente, pero el miedo no le abandonaba, persistía como si no hubiera pasado un día desde aquella primera vez en la que manifestó su irracional aversión a la oscuridad. Ya no era algo normal, no se trataba de cosas de niños, era algo con lo que había que acabar, ya que se interponía en su vida.

Nunca pudo quedarse a dormir en casa de alguno de sus amigos, huía de cualquier situación que pudiera hacer que se enfrentara a la oscuridad, ni siquiera iba al cine, por la ausencia casi total de luz en las salas, con la única excepción de aquella que proyectaba las películas en la pantalla. Si seguía así, nunca tendría una vida normal y sus padres no querían para él otra cosa que una vida plena y feliz, de modo que decidieron buscar ayuda profesional.

La terapia no dio con una causa que justificase ese grado de terror, o al menos, “ninguna que fuera lógica”. Si el psicólogo no hubiera hecho esta última aseveración al comunicarle a los Martínez el resultado de sus pesquisas, tal vez hubiera sido mejor. En cambio, esas palabras dieron lugar a una idea que serviría para cortar por lo sano, aunque fuera de manera drástica.Terapia de choque. De nada sirvieron ni las súplicas ni los ruegos de Lucas, que se veía una vez más como un niño aterrorizado ante la sola idea de estar en una habitación sin luz. “Es por tu bien”, le dijeron sus padres al deshacerse de la lámpara que había sido su compañera cada noche de los últimos años. Sus llantos comenzaron cuando su padre retiró la bombilla de la lámpara del techo.

Se le privaría de toda fuente de luz durante toda una noche, y al amanecer vería que no había nada que temer, que en su habitación no había nada que pudiera hacerle daño, y el que no pudiera ver lo que había a su alrededor no cambiaba ese hecho.

Pero cuando la luz se desvanecía, él veía perfectamente lo que habitaba en la oscuridad, lo que surgía al caer la noche, lo que se escondía en los rincones a los que la luz nunca llegaba.

Sus padres cerraron la puerta desde fuera de su habitación. Ni siquiera a través de la ventana que daba al patio interior de su edificio entraba luz alguna. Era una noche sin luna, y en la oscuridad que dominaba su cuarto pudo verlo una vez más, tan nítido como la primera vez: un horror que nunca fue capaz de describir, para el que no había palabras, algo que jamás pudo explicar. Sus ojos lo contemplaban una vez más y el miedo se adueñó de su ser, dando pie al llanto, haciendo temblar todo su cuerpo. Y fue al ver su reacción que el ente se dio cuenta de que Lucas percibía su presencia, que lo veía con claridad y aquello lo hizo feliz. Hacía tiempo que no tenía un juguete.

Pasó horas jugando con él, dando rienda suelta a todos los horrores que su mente ajena a este mundo podía concebir, mientras que los gritos que para él eran fuente de regocijo caían en oídos sordos para unos padres que al intentar ayudar a su hijo le habían condenado de por vida.

Para cuando sus padres, incapaces de soportar por un segundo más los alaridos de su hijo, fueron a su auxilio, ya era demasiado tarde. Lucas yacía en el suelo, con los ojos abiertos de par en par, convulsionando con su boca entreabierta de la que ya no saldría sonido alguno, y en este lamentable estado, pasó Lucas el resto de sus días.

Ahora Lucas tiene una habitación de blanco prístino en la que jamás se apaga la luz.


Una respuesta a “Lo que habita en la oscuridad”

  1. Avatar de manuelwarlok

    jolines . con el psicologo, se paso de madre.

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