Daniel Greene
Nunca habríamos imaginado los misiles, las bombas y los drones en nuestra capital. Para mí, esas eran tragedias de otras culturas, horrores a un océano de distancia. Pero acusaron al gobierno de fomentar el terrorismo y a las amenazas le siguió la invasión. Se cerraron las fronteras. Nuestro ejército diminuto pasó de ser una formalidad de días feriados a una presencia perenne: escuadrones que marchaban como hormigas de uniforme café, camiones llenos de jovencitos recién reclutados con sonrisas inocentes en el rostro. Los ataques se enfocan en el centro de la ciudad, pero todos los distritos acatan el toque de queda. Muchos negocios han cerrado. A los pocos oficinistas que aún tenemos empleo se nos solicitó trabajar desde casa para disminuir el tráfico en zonas vulnerables del país. Por todos lados hay teorías de conspiración y, por mucho que mi terapeuta me dice que no debo dejarme llevar por la paranoia, en cada noticia hay alimento para mi ansiedad. Cada avión que surca el cielo, cada alerta en el celular o sirena en la lejanía me trae imaginaciones de muerte. Me refugio en mi habitación y sobrevivo tres semanas sin salir a la calle.
El lunes de la semana cuatro reúno el valor para abrir las persianas, me pongo el pantalón y guardo mi celular en el bolsillo. La calle me acoge en su anormal silencio, cada mañana que abrí los ojos con el tráfico como despertador se vuelve más y más una memoria. Empiezo a caminar. Con tantas tiendas cerradas, lo que antes era una vuelta fugaz por comida y medicinas se ha vuelto una excursión de varias horas. Las filas para entrar al único supermercado abierto de la delegación le dan la vuelta a la calle. Canjeo los cupones por dos kilos de arroz, diez latas de atún, agua y café. Cualquier otra cosa está a un precio prohibitivo y no hay mucho en los anaqueles, de todos modos. En la farmacia tardo una hora más. Cuando acabo las compras ya es de medio día, el sol invernal me quema la nuca. Esperando en el crucero, escucho un estallido a mis espaldas, tan cerca que mis huesos vibran. Echo a correr. No puedo detenerme. Había escuchado en las noticias que los ataques suelen ser a media noche pero nada les impide atacar cuando quieran. No hay semáforo que valga en mi pánico absoluto. Me tropiezo con la esquina de una acera y en un instante ya estoy de pie, corriendo aún. Se me acaba el aliento a una cuadra de mi casa y tengo que parar. Entonces me doy cuenta que nadie más corre: una mujer que pasea a su perro frente al condominio me observa con gran preocupación. Me pregunta si estoy bien, pero yo solo camino a mi apartamento, empapado en sudor.
Entrando a casa noto por fin que he soltado todo: los medicamentos, la despensa. Solo traigo el celular en mi bolsillo. También me he hecho unos raspones, pero nada fuera de lo normal. Cuando me acerco a la ventana, no puedo ver humaredas ni edificios incendiándose. Muy a lo lejos, unos soldados avanzan en fila india: pequeños puntos color café que rondan por la calle principal.
Los músculos empiezan a dolerme por la tensión. Tengo las manos apretadas, las heridas me hormiguean. Nada especial, supongo. De todas formas, me doy una ducha y, de inmediato, caigo como muerto en la cama. En el limbo de la inconsciencia, siento algo moverse por mis muslos: millones de patitas marchan por su interior, trazando una ruta hacia arriba. Me despierto de sobresalto y me pongo a leer las noticias para sacarme la ansiedad de la cabeza. Un bombardeo del otro lado del país. Empezarán los cortes de luz obligatorios en un par de días después de fallas en la red eléctrica que suponen producto del sabotaje. “Todos deben cumplir con su deber ciudadano y usar la corriente solo si lo necesitan”. Alguien en las redes sociales supone que el agua será lo próximo a racionar. Mi terapeuta me pidió no leer mucho las noticias, pero no puedo evitarlo si se trata de mi seguridad. Voy a poner la cafetera y mi habitación se sacude de pronto, pero no es el rítmico vaivén de un temblor. Un tráiler debió haber pasado por la avenida, así como un transformador defectuoso pudo haber causado la explosión de la mañana; por muchas justificaciones que me saco de la cabeza, no dejo de temblar. Me vuelvo un capullo con la manta y cierro los ojos.
Sueño que corro por túneles de carne, que soy uno y miles a la vez. Todos nosotros, que son yo, nos abrimos paso por un tejido tenso, caliente, que nos aprieta, que amenaza con aplastarnos. Mordemos, chillamos, algunos se quedan atrás. Nos comunicamos a nuestra manera. Los más fuertes exploran la superficie y entonces comprendo que nos encontrábamos en búsqueda de algún tesoro lejano e indescifrable, algo más allá de este calor y este latido primario, tan en el fondo. La cueva orgánica que exploramos a veces se llena de sabor a metal, se inunda y nos ahoga. Pero seguimos adelante, mascando y mordiendo con nuestras quijadas monstruosas. La oscuridad a nuestro alrededor se ilumina de naranja y rosado. Me deslumbra el exterior, mi cuerpo se llena de oxígeno y, por un instante, soy libre.
Abro los ojos y el reloj marca las diez. Una comezón en mi muslo me agobia y empiezo a rascar, a darme golpecitos, a frotarme con la palma. Quiero dormir, pero la comezón no me lo permite, así que enciendo la luz y me observo el muslo: un sendero color rojo baja de mi pierna hasta mi pantorrilla, contrasta por su intensidad con las marcas hechas por mis uñas. Cuando volteo para tomar el celular, nada mejor que el internet para los remedios caseros, capto por el rabillo del ojo una diminuta mancha negra que brota de mi piel. Me olvido del teléfono y trato de ubicar la mancha, pero ya no está allí. Movimiento en el muro me llama la atención: una hormiga café baja hacia el suelo. Sus patas se mueven con la cadencia del latido en mi ensoñación, al mismo ritmo que el hormigueo que sentí en mi muslo antes del baño. Me lanzo contra la pared y aplasto el cuerpecito bajo mi pulgar, pero las marcas rojas y la sensación de hormigueo siguen allí. Ahora más que antes percibo el hervor de la colonia bajo mi piel, inalcanzable; se abre paso en mi interior, creando túneles. Tal vez, mi respiración rompe sus esqueletos, desperdigando por doquier sus vísceras de bicho. El estómago me da un vuelco. Resulta diferente mirar casos así en un documental: enfermedades, delirios, parásitos. No quiero llenarme de úlceras, que me devoren por dentro o me hagan explotar, como en las películas; si alguna larva se asoma, no tengo auto para conducir al hospital. Suspendieron el transporte público. El número de emergencia está atendiendo a víctimas de bombas y disparos. La comezón continúa.
Por mi mente pasan un sinfín de soluciones: raspar la piel hasta encontrar la colonia, hundir mi pierna en alcohol. Camino a la cocina por hielo y el muslo se me adormece, pero la ansiedad sigue. De nuevo en internet, leo testimonios escalofriantes de personas que descubren gusanos en su piel, de un ruso que alucina sentir una cámara en sus córneas. Afuera se oye un grito, pero no hay disparos, no hay explosión. En el silencio de la noche me lamento de haber soltado mis bolsas en la mañana, los ansiolíticos me ayudan a no pensar. Volteo hacia el reloj, diez cincuenta, apenas. Me cubro con la manta y trato de dormir, pero la noche se me va en la mitad inconsciente: soy yo, pero también soy muchos, soy el hormiguero dentro mío. Nos apiñamos contra la piel mientras algunos otros mastican hacia el tórax, marchan ordenados por la trinchera. Mi consciencia dividida comprende entonces que estoy buscando mis ansiolíticos o algún lugar donde comprarlos. Pero en la maraña de túneles no hay farmacias, tenemos que cavar, arriesgarnos al exterior. Nuestras mandíbulas cavan, hacen de tijera y cuchillo hasta bañarse con la luz matinal. Caminamos un poco por una serie de montañas que respiran y, al mirar hacia atrás, observamos piel humana destruida con agujeros. Mi piel, destruida. Un baño de dolor me devuelve a la realidad, en el muslo tengo un hoyo diminuto, como del tamaño de una hormiga; olvidé poner la alarma. Son casi las once. Con las uñas ensangrentadas enciendo mi computadora para hacer el trabajo del día. No estoy seguro cómo opera esto del trabajo con los cortes a la electricidad. Una llamada telefónica más tarde, mi jefe me indica que ‘solo’ debo hacer más trabajo en menos tiempo, ajustarme a los horarios. Lo logro ese día, al siguiente, al siguiente. Aprendo a teclear con una sola mano porque con la otra no dejo de rascarme.
Las noticias hablan de explosiones cada vez más cerca. Han cerrado el lugar donde compro la comida, soldados marchan frente a los apartamentos: decenas de pasos con un ritmo familiar. Es viernes cuando noto que el hormigueo se ha transformado en un dolor sordo, un sangrado leve pero constante que todas las mañanas se mezcla con pus. El agujero se ha convertido en una zanja por la que las hormigas pueden brotar fácilmente, no he vuelto a ver alguna desde aquella ocasión. En los documentales vi tantas veces la cabeza de un gusano asomarse por el agujero y pienso que pronto será mi turno, saldrán por mi piel y nadie lo sabrá; van a encontrarme hecho un hormiguero vivo, túneles orgánicos en una madriguera que ha perdido la razón. Ya es costumbre usar pinzas, ponerme a cavar, exponer la carne y que no sea suficiente. No veo túneles, ni insectos, ni colonias. Entonces, cavo más. El sábado, un vaso sanguíneo revienta, manchando mi muslo de rojo. Se revienta un segundo y la sangre brota, brota, pero no veo más que carne, grasa, nervio. En el fondo, un estallido, por primera vez se escucha la alarma antiaérea de mi vecindario, pero en vez de ir al refugio, continúo rascando. Puedo sentirlo, está tan cerca. Puedo sentir la colonia. Rasgo la piel con las pinzas, aparto una vena que se rompe, pero yo estoy tan obsesionado que ignoro el dolor. Cae polvo desde el techo, las ventanas se rompen y justo en ese instante siento un guijarro que se me atora en la uña. Debo trapear, lavar la manta, correr al refugio y llamar a emergencias. Sigo inmóvil, hurgando en mí. Al acercarme a la luz, veo gente correr. El guijarro en mi uña cae al piso y todo se vuelve oscuro. Solo siento el calor, el regusto del metal, y decenas de pies que marchan, marchan, marchan.






Deja una comentario