Carlos Enrique Saldívar

Gina era una muchacha encantadora. La conocí porque era muy amigo de sus padres. Las cosas que ella escribía eran excelentes: poemas, ensayos, cuentos de amor y fantasía que siempre tenían un desenlace feliz, a pesar de que en dichas historias siempre había monstruos que al final nunca lograban destruir a los protagonistas. Uno de aquellos relatos me impresionó sobremanera, era una narración sobre una chica que se miraba al espejo y era atacada por su reflejo, el cual le decía cosas horribles; la heroína se tapaba los oídos, luego se quitaba la audición y, sorda, enfrentaba a su enemiga.

Gina era fabulosa. Por eso lamenté su temprana muerte, a los diecisiete años.
Nadie pudo explicar qué la había conducido al suicidio.

La policía indagó; como yo era cercano a la familia, participé en la investigación.

Pensamos por un momento que, quizá, la particularidad de la chiquilla le había generado una terrible depresión, de esas de las que es difícil escapar.

Gina no hablaba. No porque fuera muda. No hablaba porque no quería, o porque no podía; el caso es que su facultad de expresarse con palabras aún seguía con ella.

Sus padres la llevaron con médicos, psicólogos y psiquiatras. Uno de los doctores había revelado que ella sufría de fonofobia. Ella guardaba silencio desde que tenía cuatro años, cuando su mascota, un perrito, fue salvajemente asesinado por alguien que ingresó a su patio por la puerta trasera de su casa.

Días después del deceso de Gina, su madre recordaba, llorando, el macabro hecho. Su padre me miraba con pena, y mencionaba:

«Nunca olvidamos lo que ocurrió ese día, no la culpo por silenciarse, no imagino lo que mi niña vivió».

Una semana después de la tragedia, una vecina contó que había visto a Gina en la calle, hablando consigo misma. No supo más, pues en ese momento, la jovencita entró a su casa (que se hallaba vacía), cogió un cuchillo, se dirigió a su cuarto y se infringió todo tipo de cortes hasta morir desangrada. Sus papás la encontraron cuando apenas acababa de fallecer. Era extraño. Gina no hablaba. La vecina dijo que le había oído mencionar estas frases: «Hazlo, no tienes opción. ¡Hazlo!».

Creo entender la decisión de sus padres de enterrarla sin sus cuerdas vocales.


Una respuesta a “Fono”

  1. Avatar de Florencia Frapp

    Me horripilé con el final.

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