Por fin la noche cayó y las luces se apagaron.
Ella duerme plácidamente, mientras observo su camisón blanco, su piel pálida y su cabello oscuro. Mis ojos recorren su hermoso cuerpo, sus muslos, sus pequeños pechos, su cintura.
No sé cuánto tiempo llevo observándola, se me ha hecho costumbre deslizarme sobre ella mientras, inocente, duerme sin saber cuánto la deseo. Un pequeño roce sobre ese delicioso cuerpo juvenil. A veces siente mi tacto y entre sueños gime. Me quedo inmóvil hasta que ella se vuelve a acomodar.
No quiero imaginarme lo que pasaría si ella despertara. Mamá me lo advirtió antes de morir. Que no te vean o gritarán y será tu fin. Trato de seguir sus enseñanzas, pero ella me hace perder la cordura y cualquier instinto de sobrevivencia que haya en mí.
Sé que empiezan a sospechar de mi presencia, por eso hoy he decidido esperar un poco más. Escuché al padre decir que deberían de decirle algo. Su madre no estuvo de acuerdo, ella cree que es mejor mantenerla en la ignorancia. La hermana mayor ofreció quedarse a dormir con ella, pero saben que todo es en vano.
Su cuerpo, su sangre, su olor tiene algo que me enloquece, mamá diría que me alejara de ella, pero no puedo. Me volví adicto a ella, a su olor, a su sabor y a la adrenalina que siento al tocar su piel.
“Cuídame amá” pedí cuando su familia me buscó por todos lados, pero soy inteligente y sigiloso. Escojo bien mis escondites y a mis víctimas, por eso yo sigo vivo y ellos no, pero esa es otra historia.
Salgo con cuidado de mi escondite. Otra vez la dejaron sola. Vi como la mamá le ponía un polvo blanco en su té a escondidas del padre. No tardó en dormirse, aunque la discusión de abajo se escucha hasta el cuarto.
–¡Hay que decirle! ¡Ella debe saber!
–Sabes que no lo soportará… ¿Recuerdas la última vez? ¿Quieres hacerla pasar de nuevo por todo eso?
–Ella ha mejorado, las terapias le han funcionado… ¿o acaso todo ha sido dinero tirado a la basura?
Sí, sigan discutiendo, pienso con alegría. ¡Ella es mía, mía! pienso mientras la acaricio por debajo del camisón. Tengo hambre, tanta hambre… no puedo contenerme, pero no me apresuro, tomo mi tiempo, ella es un delicioso manjar, no comida chatarra. Me pongo a la altura de sus ojos, apenas se mueve… no sé qué le dio su mamá, pero ha funcionado. Recorro lentamente su cuello, sus senos, su abdomen y su entrepierna… Ella gime, da unos manotazos al aire, me muevo rápido, no puede saber que estoy ahí. Se duerme boca abajo.
Mamá me ha escuchado, me ha dejado lo mejor para hoy. Esos ricos y deliciosos glúteos, su espalda suave. Nunca la había tocado ahí. Tomo mi tiempo. Estoy listo. Ella se mueve violentamente, creo que me sintió.
Me quedo en el piso. Me mira desde su cama. Espero el grito desesperado para salir corriendo, pero solo me mira. No puede hablar, siento desde ahí, cómo su corazón se acelera. Sin pestañear empieza a llorar. Si pudiera, yo también lloraría. No quiero morir, no así sin una última cena.
La hermana ha entrado en la habitación y al verla así, inmóvil ha prendido la luz y sigue la mirada hasta mí.
–¡Mamá, papá! ¡La encontré! ¡Vengan rápido!
La persecución empieza. Corro por mi vida mientras ella sigue en estado de shock.
La hermana trata de pisarme con desesperación, pero le llevo un par de ojos y de patas de ventaja. Me escondo bajo la cama. Tengo que pensar y rápido. Es cuestión de segundos antes de que me rocíen con veneno.
—Mamááááá— grito. No quiero morir.
—Mamááááá— logra gritar ella.
Me han acorralado. Las historias que contaba mamá sobre esos monstruos son verdad. Matan sin piedad. Ahora entiendo a Jerry cuando al ver a uno de esos monstruos entraba en pánico. Fobia le llamaba mamá.
—Perdón, Jerry, por no haberte creído, perdón amá, por dejarme matar.






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