Martín Fragoso
Tu piel tatuada con hermosas plantas y artrópodos me seduce. Insectos que polinizan flores, que se aparean, que mudan su exoesqueleto, que luchan, que pelean, que se parasitan o se alimentan unos de otros. Escenas, en ocasiones, conmovedoras; a veces, crueles, pero siempre impresionantes.
Aún no logro resolver el misterio del movimiento de las imágenes que recorren tu piel. ¿Será que la magia reside en las tintas con las que diseñaron esas figuras? O tal vez tienes el poder de hipnotizar a quienes te observamos y nos haces contemplar espectáculos inexistentes. ¿O es que mi mente, al verse afectada por tu belleza, me hace alucinar?
No lo sé y nunca he tratado el tema con alguien. Jamás serás para mí un tema banal.
Lo ignoras, pero te convertiste en mi obsesión (y, finalmente, eso es el amor, ¿no?). Por ello es que tengo la necesidad de estar cerca de ti.
Te descubrí gracias a la pobre de mi amiga. Los marineros ya no necesitaron amarrarse a los navíos, ni usaron cera en los oídos para evitar lanzarse al mar bajo el hechizo de sus cantos.
Su mejor idea fue venir a ahogar sus penas con alcohol adulterado, tal como hacen muchas de las almas en pena que nos rodean.
En una esquina veo al hada de alas traslúcidas que se masturba día y noche de forma obsesiva. Cerca de la barra hay un dios cuyos poderes sobrenaturales lo han abandonado, el cantinero lo escucha con resignación.
Está también tu amigo, el santo que, por malhablado, fue sometido a abolitio cultus. Mi ex, un sacerdote incapaz de usar su “abracadabra” para sacralizar el agua. Ahora anda con el exorcista simulador que realiza favores a los demonios para que abandonen el cuerpo de sus víctimas. Fue todo un escándalo. Pero también vienen demonios ancianos que ya no cuentan con la fuerza suficiente para poseer seres humanos y que lloran porque sus días de gloria jamás regresarán.
Seres atormentados por las más diversas causas. Al parecer, todos los que sienten que salen sobrando en el universo vienen a parar a este lugar. Y eso te incluye a ti. Bueno, eso nos incluye a los dos.
“¿Cómo es que alguien como tú viene aquí?”, me pregunté sin dejar de imaginar tus pezones, con los piercings que luces, en mis labios.
Al llegar a la pista te quitas la playera, las luces de colores y el hielo seco te acarician, estimulan la danza de las mariposas, polillas, abejas, avispas y hormigas que habitan la superficie de tu piel. A los pocos minutos todos te observamos absortos. ¿Con cuántos tipos te besas cada noche? ¿A cuántos acaricias? Perdí la cuenta. Sueles rechazar a pocos. He escuchado que algunos, debido a tu rechazo, se han quitado la vida. No me consta, pero me parece creíble. Tu desempeño en el cuarto oscuro lo desconozco, aunque lo imagino.
Ser testigo de los cambios fisiológicos que experimentas al excitarte es un espectáculo maravilloso. Comienzas a sudar, a jadear. Aumenta tu ritmo cardiaco. Tiemblas.
Mi autoestima no es la mejor del cielo, así que me conformo con admirar tu hermosura desde lejos.
A pesar de tu éxito como seductor, siempre te marchas solo. ¿Por qué? ¿Acaso nadie merece conocer tu hogar en la capital del infierno?
El trayecto fue largo, pero no me descubriste. Cosas de tu ensimismamiento.
Entraste a este edificio. Dudé por un instante, pero concluí que, si existía otra salida, te me escaparías.
Al principio, los fríos consultorios me parecieron inadecuados. “¿Para qué los quieres si tenemos el pub?”, susurré aquel primer día. Y es que, en la madrugada, los más exóticos espíritus se acercan a la barra y beben en hermandad, comparten llantos, suspiros y lamentos; y hay un deseo en común: que la noche se alargue, que la cruel luz del día tarde en aparecer.
¿Realmente necesitamos especialistas del alma?
“Probaré con tal de estar junto a él”, me dije. Después de todo, también debo enfrentar mi problema. Pagué la consulta.
La luz de la sala de espera me resulta casi insoportable. No puedo evitar que mi mirada se pose todo el tiempo en ti. Adentrarme en las historias que me narra tu dermis. Que no tengas cabeza más que para tus conflictos evita que te incomode.
La tristeza que irradian tus ojos es conmovedora. Realmente me lastima tu terrible estado de ánimo, tu infelicidad.
Al principio no pude sino sentir extrañeza.
En la pista te veo feliz, seguro de ti mismo, de tu hermosura. Y al llegar aquí escucho tus lamentos, veo tus lágrimas. Poco me ha faltado para tratar de humedecer mis manos en tus mejillas.
Ahora te comprendo. Podemos habitar el abismo; vivir en él o visitarlo para distraernos con sus luces, su música, o con el sexo, el alcohol y todas las sustancias que se nos ofrecen; incluso entrar y pedir ayuda en sus frías salas; pero ¿cómo podemos librarnos del infierno que nos habita, que nos quema las vísceras?
Se supone que por tu naturaleza no te podría suceder. Por ello es que no estabas preparado para ello.
Al menos compartimos algo. El pensamiento me causa cierta gracia. Una que hace que mi depresión me resulte un poco más tolerable. Yo enamorado de ti, padeciendo mi Gehena, pero tú no cuentas con mejor suerte. No, no te asombres, ya dije que lo comprendo, eché un vistazo a tu Averno.
No me resultó fácil. En el antro te luces con los complejos y sensuales movimientos que ejecutas al bailar. Y aquí te limitas a susurrar mientras esperas a que el psicólogo te llame. Metí mis narices en los expedientes para poder revisar el tuyo con detenimiento, me lo llevé a casa. Supongo que se percataron del robo, la siguiente semana apareció como por arte de magia.
Según esas hojas, buscaste la comprensión de tus hermanos, pero se escandalizaron cuando supieron de tu problema. El rechazo fue lo único que encontraste.
Y también por ello te admiro. Tuviste que enfrentar las burlas, la violencia y las miradas inquisitivas.
“¿No estás orgulloso de lo que eres?, ¿por qué no te atiendes?”, te preguntaron con severidad. Y luego la cantaleta: “Echaste a perder los planes, todo lo que habían soñado nuestros padres para ti.”
También se lee que en meses no has logrado avance alguno. Ahora sé que tus visitas al antro son parte de la terapia. Tienes que exponerte gradualmente a aquello que tanto temes. Desgraciadamente la ansiedad no ha disminuido. Por ello nunca sales acompañado, no concretas un encuentro. El miedo sigue apoderándose de ti, no han disminuido sus efectos fisiológicos, los que, en mi ingenuidad, interpretaba como muestra de tu fogosidad.
Al terminar de husmear quise consolarte de alguna manera, secar las lágrimas que de vez en cuando se te escapan, abrazarte, besarte y, de ser posible, llevarte a la cama. Tal vez conmigo sería diferente. Tal vez yo podría ayudarte con mi ternura. Pero no tengo valor para decirlo ni insinuártelo. Ni siquiera soy bueno en mi profesión. Por ello estoy aquí. Mis músculos se tensan en cuanto se me acercan. Me irritan, hacen que aumente mi mal humor. Y, a pesar de ello, debo protegerlos.
Eres mi hermoso íncubo con genofobia y yo siempre seré tu ángel de la guarda con fobia a los niños.






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