Iván Aragón Muñiz
Sé muy bien lo que todos pensabais de mí. Que tengo un problema justo aquí arriba, en la sesera. Bueno, reconozco que el haber dedicado tanto tiempo, esfuerzo y dinero en la construcción de este búnker debió parecer, como mínimo, una excentricidad. Más raro aún cuando la causa inicial no era otra que protegerme de las tormentas. Lo entiendo, de verdad, incluso hubo varios días durante el proceso en los que hasta yo mismo cuestionaba mi propia cordura… “¿Qué carajos estoy haciendo aquí, cavando un agujero bajo los cimientos de mi casa?” “¿Es que mi propio hogar no es refugio suficiente para salvaguardarme de los relámpagos?” Me solía decir a mí mismo entre otros murmullos y balbuceos inteligibles, los típicos de un loco como algunos señalasteis. Pero, aun así, fuerzas mucho mayores que mi propia voluntad me empujaron a continuar con esta delirante empresa hasta acabarla por fin. Me espoleaba a seguir siempre un insidioso y constante sentimiento de urgencia, el cual me hizo descuidar otras cuestiones de mi vida como mi trabajo; mi salud física y mental; mis pocas amistades y, lo más importante de todo, mi familia, mi mujer y mis dos hijos, hasta el punto de perderlo prácticamente todo. Sí, ya… no faltaron aquellos de vosotros que me recomendaron acudir a médicos y terapeutas. Y en su día lo hice, pero no hubo manera de que alguien me ayudara a erradicar de mi espíritu este miedo irracional a los truenos. Quienes no deducían una fobia infantil que no fue tratada debidamente en su día, eran aquellos quienes aseguraban que mi miedo era, en realidad, un mecanismo de defensa de mi propio cerebro, creado con la misión de evitarme afrontar algún tipo de trauma o sentimiento de culpa, posiblemente fruto de la trágica muerte de mi padre cuando yo solo tenía diez años.
Ninguno se acercó a la verdad, ni de lejos. Nadie, ni siquiera yo mismo, supo encontrar el propósito de mi miedo en particular, pero lo había… ¡Vaya si lo había! Y cuando al fin se me reveló por qué en un sueño donde hablé con mi difunto padre bajo una tormenta… fue cuando comencé a cavar.
Al principio lo hice con cierta discreción, no le conté nada a nadie de mis planes, ni siquiera a la familia. Era muy consciente de que esto parecía más bien una auténtica locura, pero no me sentía capaz de detenerme o hacer que me detuvieran. Así pues, con la excusa de que quería reformar el sótano y asegurar los cimientos de la casa, empecé a trabajar por las tardes en mi proyecto. Como mi mujer no solía bajar salvo para hacer la colada, trasladé la lavadora y la secadora en un improvisado cuarto lavadero para no tenerla husmeando en lo que hacía; y a mis hijos les daba miedo la oscuridad y los ruidos del sótano por lo que tampoco me molestaron. Cada día me iba a trabajar, volvía a casa, cavaba en el sótano y al terminar subía y cerraba la puerta con llave. Simple. Pero más tarde la cosa empezó a complicarse. Aquel sentimiento de urgencia se intensificó y me obligó a cogerme una temporada de excedencia en el trabajo para así poder dedicarle más tiempo a la obra. Luego, empecé a faltar a muchos compromisos con mis amistades y mi familia, tales como cumpleaños, partidos de fútbol de mis hijos, reuniones familiares, cenas con mi mujer, fiestas con los amigos y salidas con los compañeros de trabajo, reduciendo mi vida poco a poco a un único propósito. Y claro, un día, mientras yo me fui a comprar unos materiales, mi mujer, harta de mis evasivas cada vez que me preguntaba por la obra, aprovechó para llamar a un cerrajero y entrar en el sótano. Por entonces, el búnker ya tenía aspecto de búnker, solo faltaba algo de mobiliario, una instalación eléctrica independiente de la casa, provisiones, una puerta blindada y poco más. Esperó a mi regreso y exigió explicaciones.
Al igual que vosotros, ella pensó que me había vuelto loco y ninguno de mis argumentos fue suficiente para convencerla de lo contrario. Descubrir el búnker fue sólo el principio. A partir de aquello salieron a la luz muchos desengaños, como que me habían despedido del trabajo por sobrepasar el tiempo de aquella excedencia; que le debía dinero a mucha gente, algunos de los cuales eran personas de pésima reputación, ya que nos habíamos arruinado… y muchas cosas más que ahora mismo no cabe mencionarlas, simplemente, baste decir que, para ella, necesitábamos darnos un tiempo. El principio del fin de nuestra relación. A pesar de todos mis ruegos, se fue con mis hijos a casa de los abuelos, nada menos que en la otra punta del país. Mientras ella se aclaraba las ideas de cómo afrontaría lo nuestro, yo me dediqué a rematar de una maldita vez la construcción.
Me vienen recuerdos ahora de las veces que los relámpagos me aterraban. “Solo es una tormenta, hijo”, recuerdo decir a mi madre, toda preocupada, mientras yo chillaba histérico en la cama donde me había orinado encima a mis trece años. “Solo es una tormenta, imbécil”, dijeron mis compañeros de instituto, mientras yo me abrazaba las rodillas en un rincón del aula de gimnasia. “Pero solo es una tormenta, señor” me dijo una vez el guardia de seguridad de la empresa cuando vio que me negaba a salir del edificio. Y por supuesto, “solo es una tormenta, papá…” ni siquiera mis retoños compartían mi terror a la furia de los cielos. Y una parte de mí os daba la razón a todos, estaba loco.
Pero ¿ahora qué? ¿Eh?
Ahora, la tormenta que he estado esperando toda mi vida ha llegado por fin. Lo sabéis incluso mejor que yo, o eso deduzco al juzgar vuestros gritos. Sí, sí… os oigo a través de la puerta que intentáis derribar a golpes. No lo conseguiréis, por cierto, no reparé en gastos en su blindaje. Creo que hice bastante mal al haber colgado aquel video en Internet enseñando mi obra. Lo siento, es que me aburría mientras esperaba este día y no fui consciente que ahora os daría falsas esperanzas de que podéis salvaros viniendo hasta aquí. Lo siento… lo siento por mi familia, por mi madre que está demasiado mayor para venir hasta aquí sin ayuda, y es que todo fue tan repentino que no he tenido tiempo para ir a recogerla del asilo; lo siento también por mi mujer y mis hijos, llevo horas intentando contactar con ellos, rezo por que se hayan buscado un refugio similar allá donde estén. Y lo siento por vosotros, me tortura en el alma escuchar vuestras súplicas y amenazas, pero, ¿quién iba a decir que lo que temía con tanto pavor no eran los relámpagos sino las mismísimas trompetas del Apocalipsis? ¿Cómo iba a interpretar mis pesadillas y mis ataques de pánico como una predicción del Juicio Final? Dios ya se ha cansado de nosotros y está azotando la Tierra con un nuevo diluvio… me lo dijo en sueños y yo he fracasado como su profeta. En fin, ahora sólo queda soportar el castigo. Yo de vosotros, me buscaría refugio en otra parte, desde las cámaras veo que el agua ya os llega hasta las rodillas y el viento huracanado está deshaciendo mi casa. No me tengáis envidia por la seguridad de mi búnker… tampoco estoy exento de ser juzgado y muy probablemente, si es el fin del mundo, este refugio acabará siendo mi tumba en vida. Aun así, no pienso abrir esta puerta hasta que pasen días desde que caiga el último relámpago.






Deja una comentario