El ser humano ha temido a la naturaleza desde mucho antes de escribir su primer poema: temió a los relámpagos, al fuego, a los animalejos que se ocultaban en los campos, y temió al silencio vivo del bosque. Y ese miedo, lejos de desaparecer con la civilización, simplemente cambió de forma.
Hoy en día le tememos a la naturaleza, le tememos en los documentales, en las noticias sobre pandemias, exploradores perdidos, o cuando algún puma se “atreve” a caminar por las calles de un suburbio. El miedo al animal, al entorno salvaje, no es un rezago de tiempos primitivos, sino un síntoma contemporáneo. Le tememos porque intuimos que, a pesar de todos nuestros avances, nunca dejamos de pertenecer a su reino, al reino animal y porque la bestia, esa que gruñe desde lo oscuro, no está allá afuera: la llevamos adentro, muy bien vestida.
La filosofía ha tratado de explicar este miedo como se intenta explicar la muerte o el amor: con palabras interminables, con argumentos sofisticados y de paz, una buena dosis de angustia. Thomas Hobbes, por ejemplo, imaginó el estado natural como un infierno de egoísmo y violencia, donde el hombre era lobo del hombre —y, curiosamente, también de sí mismo. Rousseau, algo más optimista, soñó con una naturaleza que no corrompía, sino que era corrompida. Pero ambos, en el fondo, coincidían en que el contacto con lo salvaje nos confronta con lo esencial: somos criaturas vulnerables, deseantes, inacabadas. La civilización sería entonces una especie de terapia colectiva para no recordar lo que realmente somos cuando no hay espejos.
Y sin embargo, lo salvaje sigue y Horacio Quiroga lo entendió mejor que nadie. No escribió sobre la selva como escenario exótico o fondo pintoresco; la hizo personaje, conciencia, ley. En sus cuentos, la naturaleza no se limita a acompañar: juzga, castiga, destruye, sin necesidad de razones o remordimientos. En El hombre muerto, por ejemplo, la vida de un peón se apaga por un accidente insignificante, y el entorno no se inmuta. No hay juicio final, no hay música dramática, sólo una selva que sigue su curso, indiferente. En A la deriva, el protagonista muere lentamente en una canoa, mientras la selva observa como una esfinge tropical. Quiroga sabía que el verdadero horror no era la muerte en sí, sino que esta ocurre sin sentido, sin testigos, sin épica, contradiciendo a los mandatos divinos donde la justificación es “porque así lo quiso Dios”. Y eso es justamente lo que ofrece la naturaleza: una muerte sin historia, sin propósito, una muerte como la de los animales.
Desde el punto de vista psicoanalítico, el miedo a la naturaleza puede entenderse como el miedo a lo que escapa al orden simbólico. Freud, al definir el ello, describe una instancia pulsional que no conoce normas, que desea sin filtros y actúa sin conciencia. Y aunque intentó dominar esa fuerza a través del yo y del superyó, lo cierto es que siempre reconoció su potencia y sin embargo es Lacan quien lleva esta idea más lejos: para él, el animal es precisamente aquello que no está castrado por el lenguaje. No está atravesado por la Ley. No reprime. Su existencia es ajena al orden simbólico. El animal no sufre de angustia existencial porque no ha sido lanzado al lenguaje; no tiene que preguntarse por el sentido de su vida, ni justificar sus actos ante ningún tribunal. El animal desea, goza, mata, huye. Y nosotros, escribimos ensayos.
La mirada del animal, decía Lacan, es una de las experiencias más perturbadoras que puede vivir un sujeto. Porque no es la mirada de otro humano —no hay empatía, ni juicio, ni deseo de comprender—, pero tampoco es la ausencia total. Es una mirada que nos mira, pero no nos reconoce. No somos sujetos para el animal: somos objetos, y es en esta posición que sentimos el vértigo de ser carne, simple materia vulnerable. Y es justo ahí donde está la raíz del miedo: no en la posibilidad de ser devorados, sino en la confirmación de que nunca fuimos del todo humanos. Que nuestra diferencia con la bestia es más ideológica que ontológica. Que la línea entre civilización y selva es tan frágil como una infección, una mordida o una caída.
La forma en que tratamos a los animales evidencia ese conflicto. Los domesticamos para convencernos de que son inofensivos, incluso de que “nos quieren”. Les ponemos nombres, les hablamos con tono maternal, les damos galletas con forma de hueso y celebramos sus cumpleaños. No es amor —es negación. Queremos ver humanidad en ellos porque no soportamos ver la animalidad en nosotros. Por eso el animal salvaje nos inquieta tanto: porque no se deja leer. No entiende nuestras señales, ni nuestras reglas, ni nuestras súplicas. Nos devuelve una presencia pura, no mediada, y eso, para una especie obsesionada con el significado, es insoportable.
De hecho, el horror moderno ha reciclado este miedo ancestral. Las películas de monstruos, desde Tiburón hasta Anaconda, no son más que actualizaciones del viejo temor a lo incontrolable. La diferencia es que ahora lo salvaje es un “problema” que puede resolverse con ciencia, tecnología o fuerza militar. Hemos reemplazado al chamán por el biólogo marino, pero el mecanismo sigue siendo el mismo: conjurar el miedo con rituales modernos. Nos asusta el rugido, pero confiamos en que el helicóptero llegará a tiempo. El sarcasmo está servido: tememos a la naturaleza mientras talamos selvas enteras, contaminamos ríos y extinguimos especies como quien borra archivos. Le tememos a lo natural, sí, pero no tanto como para dejar de destruirlo. Quizás porque, en el fondo, la destrucción es otra forma de control.
Y cuando no podemos destruirlo, lo convertimos en espectáculo: el zoológico, un teatro de barrotes y horarios, representa el último intento por domesticar el miedo. Ahí está el tigre, dormido, aburrido, anestesiado por la repetición. Lo miramos desde una distancia segura y pensamos: “yo ya no soy eso”, pero el animal nos sigue mirando, y algo en su mirada nos dice que la jaula es mutua, que quizás hemos encerrado lo salvaje para no vernos reflejados en su libertad brutal, porque, aceptémoslo: el animal no desea tener sentido, ni encontrar su vocación, ni mejorar como persona. Y eso nos produce una envidia que disimulamos con etiquetas científicas y selfies con elefantes.
El chiste cruel es que la naturaleza no nos odia. Simplemente no nos necesita. No nos juzga, no nos recuerda cumpleaños, no escribe ensayos sobre nosotros. Nos observa morir con la misma neutralidad con que el sol cae sobre una flor o sobre una tumba. Y eso, justamente, es lo que nos aterra. No que nos mate, sino que no le importa. Que la selva siga respirando cuando ya no estemos. Que los animales retomen su espacio cuando hayamos terminado de colapsar nuestro ecosistema. No es miedo a la muerte: es miedo a la irrelevancia.
Hoy, que el colapso ecológico dejó de ser una profecía y se convirtió en evidencia, el miedo se transforma. Ya no es sólo el miedo al jaguar o al tsunami. Es el miedo al castigo, a la venganza de una madre naturaleza que parece tener mejor memoria de la que pensábamos. Nos asusta que los animales regresen, que los bosques reclamen sus territorios, que el clima se salga de sus márgenes como un río cansado de contenerse. Y ante eso, ofrecemos disculpas tibias, campañas de reciclaje, y conciertos benéficos por el planeta. Pero seguimos sin entender que la naturaleza no exige disculpas. Solo presencia. Solo coexistencia. Algo que, por cierto, siempre nos ha costado mucho.
Quizás el miedo del hombre a la naturaleza y a los animales no sea otra cosa que una metáfora de nuestro miedo al deseo, al cuerpo, al silencio, a todo aquello que no puede traducirse en palabras. Quizás tememos al animal porque no necesita redención, porque no ha cometido el pecado de simbolizarlo todo. Y quizás, en el fondo, lo que nos duele es que, a pesar de todo, seguimos siendo parte de ese mundo que tanto nos empeñamos en controlar, clasificar y fotografiar. Seguimos siendo carne. Seguimos siendo bestias. Sólo que con más excusas.






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