Amanita Muscaria
A mamá (1961-2023)
La Mesopotamia argentina se compone por Entre Ríos, Corrientes y Misiones. Su nombre significa “entre ríos” o “región entre ríos”: se destaca el río Paraná que pasa por toda la región, el río Iguazú que arranca en Brasil y tienen además las hermosas Cataratas del Iguazú—patrimonio natural de la UNESCO y considerada una de las siete maravillas naturales del mundo-, el río Gualeguay que es de uso turístico, y el arroyo Yabebirí, que significa “arroyo de las rayas” y es el gran atractivo junto a las ruinas jesuíticas. Misiones es la más rica en flora y fauna, por su selva.
En esta provincia, más específicamente en San Ignacio, vivió Horacio Quiroga (1878-1937) entre 1910 y 1915, junto con Ana María Cirés (su primera esposa), Darío y Eglé Quiroga. Quedó maravillado seguramente por su paisaje compuesto por el contraste de tierra roja y arboleda verde, su variedad de animales y plantas, decidió instalar allí a su familia; construyó una cabaña de madera (lamentablemente, hoy se conserva una reconstrucción ya que la original se perdió en un incendio), explotó un yerbatal, fue juez de paz, ejerció la docencia y, como dato particular, crió a sus hijos en contacto con la naturaleza: les enseñó a criar animales, a cazar, usar la escopeta, y aprender a lidiar con los peligros que acechan, o dicho en otros términos, tener que sobrevivir en ella. Quiroga, además de escritor fue carpintero, diseñador de los muebles de su hogar como la canoa con la que paseaba por el río Paraná (el río que pasa por toda la región mesopotámica), fue juguetero de sus propios hijos ya que con la madera tallaba animales en miniatura y también era aficionado a la fotografía. Sin embargo, la vida de ensueño del escritor se vio truncada por el suicidio de Ana María, quien no soportó la lejanía de la vida urbana. Devastado, se trasladó con sus pequeños a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, y fue ahí donde editó Cuentos de la selva (1918), dedicado a Darío y Eglé.
Este libro es una antología de cuentos cuyos protagonistas son casi todos animales autóctonos —en algunos cuentos también aparecen humanos— viviendo aventuras. Entre los animales están: Tortugas, flamencos, víboras, tatú carreta, lechuzas, loros, tigres, yacarés, surubíes, gamas, tamandúas, coatíes, rayas, dorados, carpinchos, abejas y culebras. Los cuentos nos presentan una amplia gama de animales que son tanto depredadores como presas; un ecosistema armonioso gracias a que todos buscan sobrevivir, sin importar si hay que comerse los huevos de un nido o robarle el alimento a otra especie. Ninguno se salva de las garras, mordeduras, picaduras, o ataques dentro de la selva. En estas historias, vemos prosopopeya porque a los animales se les extrapolan conductas humanas como el habla, razonamiento, noción de justicia, de enfermedad y cura, de otredad, por lo que eso significa que tienen reflejo del yo.
Pero todos tienen un enemigo en común: el hombre. Interfiere en la naturaleza —como los buques que pescan el alimento de los yacarés— para apropiarse de los animales y domesticarlos, tender trampas, cazarlos, quitarles su piel para hacer ropa y calzado, comerlos, protegen sus cultivos de las plagas y ahuyentan a aquellos que atentan contra la vida de sus hijos.
El hombre instalado en la selva misionera, lejos de ser un renegado social, una especie de sujeto solitario cuyos modos son primitivos, instala sus elementos civilizatorios con violencia y soberbia: así como Robinson Crusoe pone bajo su dominio a la Isla de la Desesperación y hace del originario viernes su sirviente —y lo moldea de acuerdo a su religión, vestimenta, modos y cultura—, Quiroga y sus personajes hacen lo mismo en ella. Se consideran soberanos absolutos que se adueñan de las tierras convirtiéndolas en parcelas, hectáreas, propiedades privadas para así explotar sus recursos. Los animales le tienen miedo al hombre, por lo que no hay lugar para la igualdad. Pero a pesar de que el hombre infunde miedo, los animales se rebuscan para defenderse y derrotar a quien es realmente el invasor de sus hábitats. En las historias no serían “pobres de mundo”, aunque en la realidad, el trato sigue siendo jerárquico para evitar su propagación y superación al hombre.
En el anteúltimo cuento, El paso de Yabebirí, se destaca la explotación de recursos utilizando elementos nocivos para la flora y fauna: no es lo mismo pescar por cuenta propia que dinamitar un arroyo en la que se asesinan especies de todo tipo bajo el motivo de obtener recursos para alimentar a una población. Alteran el ecosistema extinguiendo especies, se quedan con el alimento de los animales e insectos que mueren por no poder comer, imposibilitan la reproducción de las especies debido a la cacería ilegal, destruyen el paisaje natural, contaminan el medio ambiente, alteran el clima cuya consecuencia principal son las catástrofes naturales, demostrando cómo la naturaleza ante el hombre se expresa como lo que es: indomable.
En La abeja haragana, posee un final filosófico que nos hace ver que Quiroga usa la similitud hecha entre las abejas y el hombre de Aristóteles; trabajar en conjunto por un ideal que acapara a todos: la felicidad. La importancia de trabajar en equipo para que la colmena persista, así como también para que la polis sea próspera gracias al esfuerzo de todos. Aristóteles nos enseñó que el hombre es Zoon politikón (animal político): un sujeto que vive y participa de la polis, forma parte de la división de trabajo, coopera por la existencia de su especie. El cuento hace énfasis en la comunidad, valor muy perdido en la actualidad debido a las preferencias por el individualismo, el “sálvese quien pueda”, la falta de empatía, colaboración, ayuda y apoyo mutuo. El trabajo en equipo necesita la colaboración de todos, y quien no está de acuerdo con ello, merece la expulsión, y las consecuencias de estar solo se ven reflejadas en la abeja protagonista, quien debe pasar sola la noche a la intemperie durante una tormenta muy fría. Bueno, mismo con el hombre: es un sujeto social que no puede vivir aislado, por lo que sí o sí debe desempeñar una función en beneficio de la polis (recordemos que Quiroga, a pesar de vivir en una cabaña lejos del centro de San Ignacio, fue docente y juez de paz, es decir, tenía contacto con otros ciudadanos para su formación).
El libro tiene historias tanto de un hombre como de un animal que necesita ser curado por alguna enfermedad: ambos necesitan de un otro para sobrevivir. En La tortuga gigante, el protagonista es un trabajador bonaerense que se instala en la selva misionera para recuperarse de su enfermedad, y una vez sano, salva a una tortuga herida al borde de la muerte, ya que su cabecita estaba separada del cuello. Luego, enfermo de vuelta al borde del delirio febril, el reptil decide llevarlo atado a su caparazón hasta Buenos Aires donde seguro le darían la medicación correcta. Más allá de que la relación hombre y animal sea jerárquica, este cuento refleja —desde la fantasía— su concordancia con la teoría del apoyo mutuo.
Mismo el de La gama ciega, en la que la cría cegada por las picaduras de abeja emprende un camino con su madre hasta la casa de un cazador que posee el ungüento que la curará. De hecho, el anarquista P. Kropotkin, ya decía en Ayuda mutua: un factor en la evolución (1902) que los animales cooperan entre sí para su supervivencia ante los entornos hostiles; dicho de otro modo, “coopera por la existencia” para evitar su desaparición. No sobrevive el más fuerte o el más apto, sino aquel grupo que mejor sabe unirse y apoyarse en otros, y solo así seguirán prosperando. Las abejas de la colmena, la gama madre que ayuda a su cría ciega, los yacarés y el surubí combatiendo el buque, o las rayas con los dorados organizándose contra los tigres y defender a un hombre malherido en el agua, son representaciones de las ideas anarquistas con las que congeniaba Quiroga en su momento.
Puede que en algunos cuentos el hombre sea bueno, pero en su mayoría, las historias son una batalla entre los animales y el hombre (visto como un invasor), y son los animales quienes se organizan para proteger lo que es suyo mediante acciones bélicas y la organización de ataque y cooperación con otras especies. Si bien es mucho más complejo abordar las opiniones políticas del escritor, lo cierto es que tenía tendencias anarquistas en un contexto en el que daba mucho de qué hablar la Revolución rusa y las marchas obrero-estudiantiles influenciadas por las ideologías europeas como el comunismo y el marxismo tríadas por la primera ola de inmigrantes.
Si se fue a vivir a San Ignacio, es porque denuncia a la civilización, al capitalismo, al hombre moderno que consume ya que de otra manera se vería imposibilitado de acceder a las cosas que quiere.
Cuentos de la selva fue posible gracias a la desilusión de Quiroga por París y su enamoramiento por la provincia de Misiones. Aplicó a los elementos locales el género fantástico y la ideología anarquista, tan difundida en ese momento. Es un libro espectacular para fomentar a los más pequeños interés sobre la composición de su país y el trabajo en equipo pero lo más importante: el respeto hacia la naturaleza, porque ella es la primera enemiga del hombre. En tiempos como hoy, donde permitimos que la inteligencia artificial intenta controlar puntillosamente cada una de nuestras acciones y que para existir necesita explotar los recursos naturales —muchas veces no renovables—, algo siempre a ella se le escapa: la sensación de libertad del hombre, primera condición a priori que nos permite entender que nuestra vida es azarosa y retorcida, y se le escapa también la propia naturaleza por su carácter indomable que, a través de devastadoras consecuencias reflejadas en catástrofes naturales, reclama lo que es suyo.






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