Armin J. Arceo Duran

El aire del exoplaneta Drask’Ra no olía a selva; olía a sangre metálica y savia quemada, como si los helechos hubieran triturado una fundición hace milenios y aún expulsaran vapores férricos. Desde la escotilla ventral de la lanzadera Ikarus descendí primero. Soy Adhara Vey-Tal, médico de campo del Escuadrón Harpias, y aquel primer paso me bastó para entender que el planeta no era un escenario: era un depredador.

El visor tradujo la bruma esmeralda en vectores de toxinas volátiles; tres pulsos de advertencia repiquetearon en mis implantes cocleares. El núcleo Aegis de mi bio-armadura emitió un zumbido suave —no de consuelo, sino de cálculo de riesgo—. Detrás de mí, mi hermana Alhena ajustó la Vorpal-Arc al hombro.

«Tres kilómetros hasta la señal de baliza», indicó Orion, la IA de misión, con ese tono neutro que parece impotencia cuando la muerte se oculta entre las hojas. Habíamos venido a buscar a dos compañeros tragados por la jungla, pero Drask’Ra devoraba algo más que cuerpos: devoraba rutas, recuerdos, fe.
El capitán Taar’k Khaaz descendió después; su armadura pesaba como un tótem de obsidiana. Pisó un tapiz de musgo carmesí; las esporas saltaron, pintando el aire de brasas vivas. Dimos un paso y el bosque respondió: ramas fofas se tensaron cual tendones y el suelo palpitó, caliente, como vientre de fiera.

Avanzamos flotando en nuestros Heliofly, alas de libélula cristalinas que susurraban contra el polen pardo. Volábamos bajo para no herir el follaje —un error—. Cada golpe de micro-turbina desencadenaba una descarga sónica: los líquenes de sílice se quebraban con un gemido que arañaba la médula. El synth-luman R.U.K. tartamudeó:

—Alerta… semántica corrompida… la selva nos está nombrando.

Su léxico se deshizo en ruido mientras reescribía su propio firmware para defenderse de un canto vegetal que solo los circuitos podían oír. Sentí, en mis nanobots médicos, la misma tentación de adaptarse: la selva ofrecía un código genético inmenso, un banquete para cualquier sistema de reparación. Los puse en cuarentena.

Un chirrido subterráneo precedió a la tragedia. A’lan Driss, nuestro geólogo de piel cuarcita, hincó un sismógrafo; raíces traslúcidas hendieron la tierra, atraparon el aparato y su muñeca. Taar’k descargó el filo gravitatorio para liberarlo, pero la herramienta ya era cadáver de metal.

—La jungla crece hacia el ruido —susurró Alhena.

Y el bosque rugió de placer, como si la hubiera comprendido.

Al tercer reloj estelar, Lyshera Quor detectó las biopulsaciones del desaparecido Tiago. Lo encontramos colgado boca abajo, envuelto por lianas que latían como intestinos tibios. Su garganta cuatriarmónica, capaz de derretir blindajes con un canto, apenas era un gemido infantil.

Activé el protocolo Velo de Quirón: nanobisturíes cauterizaron orificios, la Capa Phantom de Alhena actuó de escudo, y Sola’Ki desgarró los nudos verdes. La selva respondió con enjambres de insectos de cuarenta centímetros: alas óseas, aguijones huecos. Se abalanzaron sobre Lyshera; sus aleteos producían un zumbido que rasgaba la voluntad. Ignis —nuestro arsenista— estalló en fuego blanco, incinerando nubes completas y dejando un olor a quitina quemada que recordó a carne y cobre.

Tiago deliraba sobre un “ojo verde que todo lo sueña”. Mientras lo estabilizaba pude sentir cómo la fiebre de Drask’Ra se colaba por las fisuras de su mente: el planeta no mataba solo carne, se alimentaba de identidad.

El sol verde alcanzó el cénit y el calor se tornó viscoso, como si el aire fuera aceite quemado. El sudor interno empañó nuestros visores; la presión barométrica subió en picada. Drones de reconocimiento cayeron al humus; la tierra los absorbió en segundos, como un perro que engulle moscas.

A’lan tropezó y cayó: hongos fluorescentes brotaron sobre su piel mineral, formando alfabetos que ninguno de nosotros quiso leer. Mientras los quemaba con láser quirúrgico, cada chispa liberaba esporas que pintaban el ambiente en neón malsano. —La infección es semiótica —dijo Alhena, temblando—. La selva escribe con cuerpos.

La huida se volvió instinto.

—Orion, vector de retirada —ordené.

—Cielo inutilizable: ciclón de micrometeoros desgarrando estratósfera.

Sugiero garganta fluvial —respondió, sin emoción.

Seguimos el cauce de un río de mercurio lechoso, cubierto por membranas que respiraban. R.U.K. imprimió un puente de prótidos cristalinos; al instante las flores vampíricas drenaron la estructura como sanguijuelas plateadas. Lyshera cayó; el agua siseó sobre su dermis anfibia, editando su ADN en vivo. Inserté nanobots, pero sentí que cada uno moría feliz, como peregrino que encuentra su dios en ácido.

La primera muerte llegó sin dramatismo. Los algoritmos cardíacos de A’lan se alinearon con los temblores de los árboles y se detuvieron. Musgo negro cubrió su torso, brillante como obsidiana mojada. Quise llorar, pero la selva bebió las lágrimas antes de que nacieran.

Tiago murmuraba que la jungla soñaba estrellas muertas y nosotros éramos anticuerpos errados. Sola’Ki descifraba profecías en la corteza: mareas de huesos heliocianos. Las esporas habían convertido la locura en idioma común. Mis nanobots, desesperados, golpeaban mis capilares pidiendo permiso para replicar la podredumbre. Desconecté el reservorio y enfrenté el silencio de mis propias venas.

Al fin vimos la Ikarus: medio digerida por raíces translúcidas, respiraba como un animal dormido. Helior —el piloto— calculó un micro-salto orbital: ochenta y siete segundos de cielo abierto.

—No los tendremos —advirtió Alhena.

El claro se cerró. Troncos colosales descendieron como colmillos; hojas anchas como velámenes se plegaron sobre nuestras alas de libélula. Mi guantelete de pulso se volvió bisturí; la espada Vorpal-Arc de Alhena, metrónomo de muerte vegetal.

R.U.K. abrió la rampa; un tentáculo radicular lo atravesó, dejándolo colgar como luciérnaga empalada. Ignis se revistió de fuego puro, seccionó la raíz y selló la brecha con plasma incandescente:

—¡Suban

Nos lanzamos dentro. Taar’k quedó fuera, armadura astillada, rezando plegarias khorg mientras la selva lo abrazaba. La puerta se selló para permitir empuje; su marcador vital se volvió línea plana y silenciosa.

Ikarus rugió, arrancando copas arbóreas. Mientras ascendíamos, vi por la ventanilla cómo la selva se plegaba sobre el hueco que habíamos abierto —como piel cerrando una herida insignificante—.

En órbita, el crucero Helios Ætheris recibió a los supervivientes. Orion calculó catorce mutaciones genéticas latentes, seis traumas psíquicos severos y una pérdida de factor operacional del 68 %. Miré Drask’Ra a través del ventanal: desde la distancia era un jade perfecto, bello e inocente como todo depredador saciado. Recordé a A’lan, a Taar’k, a la cordura arrancada por lianas, y entendí que algunas fronteras no son portales sino advertencias.

—La medicina no cura mundos —musité.

Alhena, con la mirada anclada en el planeta, respondió:

—Ni la lógica cura al hombre que insiste en desafiar a la selva que lo sueña.

Drask’Ra giraba despacio, indiferente. En su superficie, entre las sombras inmensas de los helechos ciclópeos, un resplandor fosforescente brotó y se extinguió: tal vez una hoguera de esporas, tal vez el eco de un nombre que la jungla seguía pronunciando. La compasión no existe en su vocabulario; el planeta solo sabe florecer… y devorar.


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