Alejandro Benítez “Radio Nahual”

Sobre la tierra se extendía la muerte. Muy poca luz solar se colaba entre el grueso follaje, con manchas amarillentas iluminando los incontables cuerpos de quienes, durante horas, defendieron su hogar contra multitudinarios invasores. La batalla fue cruenta, estrellando dos ejércitos en un caos digno de ser escrito en las antiguas epopeyas. Algunos heridos se arrastraban en una silenciosa súplica, sólo para ser rematados bajo el implacable avance de manchas carmesíes que desfilaban en el páramo, dispuestos a reclamar todo territorio.

¡Una victoria más! ¡Somos invencibles!

De pronto, la tierra tembló, todo se sacudía bajo los soldados. 

Una enorme figura asomó entre la arboleda, opacando la poca luz solar disponible. Sumido en la oscuridad, el ejército triunfador se movió en largas columnas, pues aunque la gran mayoría de ellos era demasiado joven para haber vivido un ataque de esa amenaza, las historias de generaciones pasadas les advertían al respecto. Un salto del monstruo provocó que la tierra se sacudiera hasta derribar algunos túneles subterráneos, por donde algunas hormigas de fuego ya habían penetrado a la fortaleza enemiga para acabar con la agonizante colonia.

Desde la perspectiva de ese adolescente, era un día espantoso, sin nada emocionante. Obligado a despegarse de la cómoda ciudad, paseaba por el parque con una rama en la mano, mientras su familia cantaba a voz en cuello entre humos de carne asada y rondas de alcohol. No quería ir con sus perfectos primos, siempre opacándolo con diplomas, medallas y un nuevo color de cinta en su uniforme blanco, cuando él sólo podía presumir otro castigo, suspensiones o reportes escolares.

En el suelo, distinguió el movimiento de las columnas rojas. Nunca había visto algo así en toda su vida y quedó embobado con todas esas hormigas de fuego moviéndose como un tapete vivo. Sin darse cuenta, estaba en el campo de batalla, sobre miles de cuerpecillos e incluso, algunas escalaron por sus tenis llenos de lodo que, hasta dos horas atrás, eran de un blanco perfecto.

El ejército observó al gigante, sabiendo que sería un desafío mortal del que muchos no lograrían regresar. Pero ¿su especie no se dedicaba a eso? ¿no nacieron para derrotar enemigos de todo tipo y tamaño? Incluso antes de que, mucho tiempo atrás, el descuido humano los llevara a tierras lejanas y se convirtieran en una amenaza ecológica, las hormigas de fuego siempre estuvieron dispuestas a dar la vida por su colonia. Insectos gigantes, aves, ranas, crías de ganado; nada puede escapar a la marea de lava.

Ese día no era la excepción. Aunque esos batallones estuvieran mermados por la guerra con el hormiguero vecino, así perdieran miles de soldados en esa nueva lucha, darían todo por mantener al monstruo lejos de la reina. Los primeros valientes treparon por la suela. Mandíbulas y aguijones chocaron contra los tenis de grueso material sintético sin dañar al enemigo. De pronto, la gigantesca rama se clavó en el suelo y removió la tierra con un estruendo que anunciaba devastación. Decenas de soldados volaron en ese primer ataque, otros no lograron escapar y sus cuerpos se mezclaron con la colonia derrotada.

El joven agitó su vara un par de veces hasta que decidió observar más de cerca el fenómeno. Había visto hormigas desfilando en la ciudad, pero nunca en esos números ni comportamiento. Se arrodilló, aplastando grupos completos con sus piernas, mientras muchas más trepaban por su ropa en silencio. El chico hundió ambas manos en el suelo para tomar un puñado de tierra. Con su nariz rozando el montículo, distinguió cuerpecillos de hormigas negras, despedazados por las mandíbulas del enemigo que, en ese momento, aprovecharon para descender los dedos y el primer mordisco ocurrió.

Sus gritos tardaron en salir. Fue un dolor nuevo, fuerte y sorpresivo que le fue difícil reaccionar. Decenas de mandíbulas atravesaron la piel de sus dedos para afianzarse y luego llegaron los aguijones, microagujas empapadas de veneno que entraron por los poros de la piel tierna, provocando que el gigante agitara las manos en un intento de salvarse. 

Antes de que saliera el primer alarido, muchas otras guerreras se habían colado bajo sus pantalones y castigaban pantorrillas, muslos, espalda baja; toda parte vulnerable que hubieran alcanzado en su infiltración.

La paz del bosque se quebró. Los gritos se convirtieron en llanto y el chico trató de escapar, pero sus pies se enredaron con la rama. Un nuevo terremoto sorprendió a la mancha roja, el cuerpo del monstruo aplastaba a cientos de guerreras, pero algunas lograron clavar sus diminutos aguijones. ¡Qué honor para una hormiga morir así! ¡Daban la vida por su colonia!

El veneno se expandió rápido, fuego corriendo por las venas a la misma velocidad que otras trepaban el cuerpo caído para continuar su trabajo. Una, dos, cuatro, siete veces hundían las agujas. Pero la insoportable picazón era el menor de sus problemas pues en medio de ese dolor descubrió algo más: a cada segundo era más difícil gritar, pues su sistema respiratorio comenzaba a hincharse, revelando su grave alergia a algunos alcaloides y en especial, a la piperidina. Antes de que la garganta se pudiera cerrar más, algunos visitantes del parque lograron escuchar gritos a la distancia y se emitió una alerta de búsqueda.

Con manotazos mató a todas las hormigas posibles, debía escapar de esa trampa, que alguien pudiera ayudarlo en el sendero. Sus antebrazos estaban llenos de ampollas y sobre todo, de guerreras cuyas mandíbulas resistían las sacudidas del enemigo.

Los gritos se convirtieron en pesados silbidos. Incluso a gatas era muy difícil mantener el equilibrio y la visión cada vez era más borrosa. Su cuerpo tenía muchas dificultades para combatir esa dosis de veneno. Llegó al camino delimitado con pequeños troncos, donde alguien debía pasar tarde o temprano.

Pocas guerreras le siguieron hasta ese punto, pegadas al cuerpo con imbatible decisión a acabar con el enemigo. La mayoría se estaba concentrando en otro lado, donde el chico, en medio de su escape, había tirado un paquete de galletas. Hora de llamar refuerzos, el combate terminó y era momento de reclamar la gloria para su colonia. Un ejército silencioso e incontable.

¡Una victoria más, somos invencibles!

¡Somos invictas!


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