Las historias de Horacio Quiroga nos transportan a parajes hostiles donde el ser humano se ve expuesto a la crudeza del ambiente. Puede ser el campo, el bosque, la selva o incluso la ciudad, pero la fatalidad emerge devorando a los personajes, ya sea por cuestiones inevitables como la enfermedad o el medio que lo rodea, los personajes sucumben ya sea física o psicológicamente. Por otro lado, la novela Légamo (Casa futura, 2022) del escritor Miguel Lupian también nos encara a la selva de concreto, más específicamente, a la ciudad de México, donde los edificios y las criaturas que abundan entre los callejones y tugurios son parte de un organismo vivo.
Y no es que el escritor mexicano siga una tendencia a la Horacio Quiroga. Tan sólo habrá que ver lo distante que está el naturalismo con el horror cósmico, pero esta novela, en específico, me pareció un buen ejemplo para retratar la hostilidad que nos rodea y de la que estamos condenados.
En alguna tesis de licenciatura sostenía el hecho de que Emiliano González gustaba de usar la naturaleza como una entidad hambrienta y fatal, claro, con tintes fanáticos de los que carece la obra de Horacio Quiroga. Por lo mismo, Miguel Lupian, siguiendo la línea creativa de Emiliano, crea en esta noción de natura macabra, la novela de Légamo siendo el escenario una ciudad monstruo que palmita de hambre.
Si bien la prosa breve con la que Miguel Lupian nos introduce al caos en la urbe difiere completamente de la prosa extensa y lírica de Horacio Quiroga, sí encuentro coincidencias donde los personajes buscan su supervivencia, y donde muchas veces, fracasan sus intentos. Dejando en el lector la fatalidad a flor de piel.
Los once cuentos de Légamo están atados de raíz por un personaje del que se hace referencia constantemente: el arquitecto Légamo, el cual, como insignia personal lleva un cardosanto, una flor que habitualmente se encuentra en terrenos baldíos, a la orilla de las carreteras e incluso en panteones. Este personaje ancla sirve como voluntad ante la catástrofe y puerta hacia lo desconocido, siendo el horror parte de la narrativa. Al final del texto nos encontramos con un apéndice, haciendo referencia al “manuscrito encontrado” que sólo aporta más dudas que respuestas y de las que quisiéramos saber más. Algo es cierto dentro de toda esta atmósfera new weird, no hay escapatoria: las calles, el ambiente y los muros son cómplices de una amenaza que no se deja nombrar.
Los personajes de Légamo, al igual que los de Quiroga, son seres frágiles, vulnerables y sobre todo conscientes de que la lucha contra el medio es desigual. La tensión no proviene del peligro inmediato, sino de la certeza íntima de que el final trágico es inminente. La criatura está hambrienta y lo engulle todo a la primera provocación. Así es la ciudad que retrata Miguel Lupian, así es el medio donde los personajes de Quiroga exhiben la catástrofe.
Donde el uruguayo levantó chozas en la espesura, Lupián erige torres en un paisaje urbano que se comporta como un depredador. Ambos comprenden que el miedo no se inventa: se hereda del lugar que habitamos.






Deja una comentario