Iván Aragón Muñiz

Para nuestro protagonista, el alpinismo siempre había sido algo más que un deporte o una afición; encontraba en las grandes alturas un santuario de paz. El silencio de la montaña, solo roto por el susurro del viento y sus jadeos de esfuerzo al ascender, junto con los quejidos de la cuerda al tensarse, era todo un bálsamo contra el estrés, la depresión y los quebraderos de cabeza de su vida en la ciudad. Su dirección predilecta para huir de los problemas era literalmente hacía arriba. Era feliz allá en lo más alto, libre, lejos de su odioso trabajo de oficina y de la voz de su estúpida novia y sus discusiones sin sentido. ¿Qué más daba que fuera peligroso? En su mente se decía que si moría allí por un error o un accidente, lo preferiría antes que languidecer en un aséptico y deprimente hospital. Allí estaba rodeado de belleza, sentía su alma en armonía con el entorno, era el lugar donde debía estar y si él fuera inmortal, o un espíritu, no pasaría la eternidad en ninguna otra parte del mundo.

En el punto de su ascenso, donde nos interesa ubicarnos, no estaba muy lejos de la cima. Él se encontraba escalando sobre una pared de granito prácticamente lisa, con muy pocos asideros naturales a los que aferrarse. Era una de las partes más difíciles de cualquier montaña: debía estar concentrado en la rutina de clavar el perno, colocar los mosquetones, conectar las cuerdas, fijar el asegurador, ascender y vuelta a empezar en un ciclo que en aquel tramo parecía interminable. Hizo una pausa cuando escuchó un chillido en lo alto, era       extraño y característico, supuso antes de verlo que se trataba de un águila, pero en todas las veces en las que se encontró con alguna, nunca había escuchado que emitiera aquel sonido. Al mirarlo, constató que en efecto se trataba de un águila real, un ave majestuosa que él siempre había admirado. Pero algo no le cuadraba, quizás fuera que las gafas protectoras estuvieran algo empañadas o sería un efecto del cansancio, pero no era capaz de precisar ni el tamaño y ni la distancia a la que se encontraba el animal. 

Parecía estar muy cerca, pues era capaz de verlo hasta el más mínimo detalle, sentía que casi podría tocarla si estiraba el brazo y, sin embargo, debía estar muy lejos de él, por lo que supuso que debía tener un tamaño colosal para crear aquel efecto. El pájaro le devolvió la mirada con la expresión severa que siempre había caracterizado a los de su especie, planeó directo a la montaña, muy por encima de él, y desapareció, por lo que éste dedujo que tendría su nido allí arriba.

Aquello lo animó a escalar con más brío. Quería verlo de cerca, ya que aquello era una oportunidad con la que no había gozado en todos sus años de alpinista. Tenía la clara intención de hacerse un selfie con aquel rey de los cielos y su posible descendencia de fondo. Pensó en su novia y en lo que se estaba perdiendo por su carácter de mierda. La última vez que se vieron, él solo buscaba un poco de ternura tras varias jornadas de trabajo insoportables, fue a su casa y la abrazó por detrás buscando consuelo, y se encontró con una arpía rabiosa, sin motivo evidente para él. Luego, ella se arrepintió, pero él había llegado a su límite. Las vacaciones que había programado para hacer senderismo juntos, las cambió por los planes para escalar una montaña él solo, y por mucho que ella suplicara perdón, el hombre fue tajante y la dejó apartada unos días, un castigo justo por ser parte de sus quebraderos de cabeza. Tardó un buen rato en llegar a donde había perdido de vista al pájaro, estaba más alto de lo que pensaba. Aferró sus dedos al borde de un amplio espolón que sobresalía de aquella pared de granito y con un último esfuerzo se asomó. Al principio, tuvo la impresión de ver a una persona de pie cubierta de una especie de manto de inmensas plumas marrones. Pero era su cerebro que tardó mucho en procesar el tamaño descomunal de aquella ave. 

El animal le devolvió la mirada con sus ojos ambarinos llenos de ira y tan pronto como lo hizo se encorvó y dirigió sus pasos hacía él. Del susto, el hombre se soltó, y aquello fue lo que le salvó del primer picotazo, el cual impactó en el lugar dónde antes estaba su cabeza, haciendo saltar por los aires pequeños fragmentos de roca. El alpinista se precipitó solo dos metros antes de que la cuerda alcanzara el tope y quedó colgado totalmente aturdido, más por la sorpresa del encuentro que por el golpe contra la pared de la montaña. Cuando miró arriba, el águila estaba ahí, asomándose. Su cabeza triangular era casi tan grande como la suya y sus ojos parecían expresar una inteligencia antinatural. Viendo que desde ahí no lo podía alcanzar, el ave emprendió el vuelo para atacar desde otro ángulo. Él tenía la intención de descender lo más rápido que podía, pero tenía problemas para alcanzar el perno más alto. Entonces, todo se ensombreció, y el dolor más intenso y lacerante que había experimentado en su vida lo atenazó en su costado y su muslo derechos simultáneamente.      

Vio como las garras negras y curvas atravesaron sus vestimentas y se hundieron en la carne, tiñéndolo todo de rojo carmesí. El águila trató de arrancarlo de la pared aleteando furiosa. Él chillaba agónico mientras quedaba suspendido en el vacío, con su depredador tirando de un lado y el resistente mosquetón sujetándolo por el otro. En su lucha por liberarse, logró dar una patada en el pico del animal e hizo que lo soltara. De nuevo se estrelló contra la pared, sin embargo, la adrenalina disparada no le dejó perder la consciencia. Su sangre caía al abismo en hilos rojos que se deshacían por el viento y sus chillidos de agonía hicieron eco en las alturas. Pero no tuvo tiempo de recuperarse antes de que aquella bestia alada volviera a atacar. Esta vez, sus garras se aferraron a la otra pierna y volvió a tirar de él para separarlo de la montaña.      

Sólo la desesperación le hizo sobreponerse al dolor, echar mano al mango del piolet, que colgaba de la mochila, y golpear con todas sus fuerzas. De suerte, la hoja curvada atravesó el ojo izquierdo del animal y asomó la punta por el derecho. El pájaro aleteó frenético mientras agonizaba, y al poco rato soltó su presa para caer al vacío haciendo espirales. 

Tras practicarse unos torniquetes de emergencia, el hombre trepó hasta el saliente a duras penas. Rodó por el suelo y tras recuperar el aliento, se atendió como pudo los destrozos que le había hecho el animal. Necesitaba atención médica urgente, pero le pesaba el desaliento de saber que aún le esperaba un descenso infernal y un largo camino hasta la civilización más cercana.  Descubrió una cueva, desde donde estaba le llegaba el sonido de unos graznidos agudos y, movido por la curiosidad, se arrastró hasta allí: en medio de un suelo sucio y cubierto de huesos de distintos animales y ropas desgarradas y enrojecidas, seguramente de otros alpinistas, descansaban unos polluelos de águila, los cuales tenían el tamaño de gallinas adultas. Las crías, al verle, se acurrucaron todas juntas en una pared espantadas.      

El hombre se preguntó cuánto podría valer un ejemplar de esta magnífica especie y si valdría la pena vaciar parte de la mochila para portar uno o dos polluelos. La posible fortuna le haría olvidar volver a la oficina y buscar una mujer más agradecida que la que le esperaba en la ciudad. Sus ambiciones se congelaron de golpe cuando oyó un golpe seco a sus espaldas. Al volverse, se encontró a sus pies con el cadáver de una cabra montañesa, ferozmente decapitada. Al levantar la vista, vio su propio rostro reflejado en un par de círculos ambarinos. 

En lo que le quedaba de vida, el hombre aprendió un par de lecciones. Una fue que estas aves podían aparearse de por vida, en una relación mucho más estable y exitosa que la suya propia. La segunda fue que la venganza es un instinto natural y, al igual que la propia naturaleza, siempre será cruel.      


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