Daniel Greene
Atracaron en la isla Durmiente con la luz del amanecer. Los mástiles de madera crujían al contacto con las olas y un montón de grumetes primerizos se apiñaron en la cubierta para desembarcar. Beryl miró por el portillo desde el nivel inferior; hacía años no se encontraba con cicas tan grandes como las de la Durmiente, plantas generosas que brindaban alimento, cuyas fibras se trenzaban con facilidad y cuya madera servía para hacer lanchas. Tal vez Beryl podría montar una hamaca entre sus troncos. No lo hacía desde hace mucho. Tomó cuerda, un par de grandes lienzos y ayudó a preparar un refugio para la tripulación. No necesitaban gran cosa: se quedarían por lo mucho un mes, sólo lo suficiente para resurtirse de agua dulce y comida, y reparar imperfecciones. Después de ese descanso, los esperaba el último trecho de su viaje: seis meses hasta el País del Oro, el de la fortuna sin igual. Desde la primera vez que vendieron a Beryl como esclavo, él solo deseaba estar tranquilo, no pelearse con otros sin razón. Si llegaba a viejo quería hacerse de una cabaña cerca de la costa donde pudiera estar en paz.
Se le pidió a Beryl y a tres de los más jóvenes buscar alguna planta comestible por lo que se internaron en la espesura abriéndose paso con un machete. Las plantas arañaban sus piernas, los mosquitos devoraban sus rostros, pero los tres muchachos pasaron el trayecto entre carcajadas mientras Beryl los seguía unos pasos atrás. Al trío le resultaba cómico adjudicar colores improbables a la vegetación y señalarlas a Beryl como un enorme hallazgo. ‘Mira, Beryl, ¡una flor azul!’, ‘¡una roca roja!’ Él solamente caminaba. El entorno de Beryl se trazaba en grises desde que nació y no tenía idea de los colores desterrados de su realidad. Pero el color no le hacía falta; el juego de la sombra y la luz, las siluetas y los olores y las texturas de todo alrededor conformaban la belleza de su mundo.
Entre las notas húmedas de la brisa, Beryl captó un polvo familiar: el polen de una palma dispersado por el viento del norte. Se adelantó al grupo con tal decisión que los otros no tuvieron más que seguirlo. Lo encontraron trepando el largo tronco de una palmera, acomodándose en la copa. Con la agilidad que sólo se obtiene con la práctica, cosechó montones de a lo que los muchachos les parecieron frutos, más bien semillas con un exterior carnoso. Una por una fue examinadas y, las que Beryl juzgó dignas, las guardó en el morral mientras que el resto las dejó caer entre las hojas. Aburridos y con antojo de carne, los grumetes se dedicaron a cazar los pájaros que aterrizaban deseosos de semillas. Las pequeñas aves se dejaban atrapar, adormiladas tal vez por la hora y el calor húmedo; también encontraron una decena de murciélagos de la fruta, dormidos todos bajo la copa de un árbol.
Con la puesta del sol, los tres jóvenes regresaron con carne suficiente para la tripulación y. detrás de ellos, la piel oscura de Beryl se confundía con los árboles; todos ignoraron su morral de semillas en favor de la caza. Se encendió el fuego y algunos empezaron a cantar. Mientras cenaban, el contramaestre contó el origen del nombre de la isla y por qué un terreno en tan ventajosa posición seguía siendo un despoblado. ‘La isla está maldita’ clamó él, que aseguraba haberla descubierto con el famoso Marco Bilbao hace más de una década. También hallaron tierra fértil y una pequeña tribu de salvajes, tan confiados de ser los únicos en el mundo que sus hombres hilaban en vez de pelear. De cualquier modo, Bilbao mandó deshacerse de todos los varones adultos, colgó sus cadáveres de las cicas para evitar en los salvajes cualquier insurrección. Sorprendió a todos los marineros la gran mano de obra encontrada en aquella isla, lo estoico de sus mujeres, la superficial indiferencia. Marco Bilbao escribió en sus cartas que la tribu entera parecía encontrarse en un estupor continuo y bautizó el lugar ‘La Durmiente Esperanza del Corazón de Jesús’. Describió que sus pobladores vivían de la pesca y de las semillas de palma, ignorando por completo las aves y las criaturas de la tierra. A veces llegaban las cazadoras con un jabalí, cuya carne de regusto especiado encantó a los marineros.
Aquí pausó el contramaestre para indicar que ese sabor caracteriza solo a la carne de esta tierra y que valdría su peso en oro si la maldición les permitiera comercializarla. Antes de entender su fatal porvenir, se corrió el rumor entre los marineros de voces que provenían de la jungla, sueños lánguidos donde se fundían con la arena y el mar los sepultaba. Poco a poco, el sueño contaminó su realidad; algunos dedicaban las horas libres a ver hacia la espesura, murmurar a la nada en maligna ensoñación. Sus pasos derramaban pesadez como quien camina contra la marea. A tres meses de su llegada, la debilidad en los músculos de los malditos los confinaba a sus chozas, atrapados en dementes conversaciones con la nada. Días después, se hundían invariablemente en un sueño del que nunca lograban despertar. Se probó de todo: darles exceso de carne o no darles de comer, decenas de tinturas y pócimas y sales. El doctor del barco, un hombre que podía adjudicar a la ciencia casi cualquier cosa, solicitó encomendarse a la Virgen para encontrar una cura. Marco Bilbao notó que los salvajes, somnolientos desde que los vio la primera vez, no caían víctimas de la exótica aflicción; así que ordenó al puñado de sobrevivientes, algunos de ellos ya malditos, vigilar aún más de cerca la cotidianeidad tribal. Pero los salvajes solo obedecían con resignación, excepto en las danzas autóctonas que les dejaban hacer tras la misa y el catecismo. Bilbao supuso que se debía a estas actividades y decidió disolver la tribu por su transgresión. Mataron a las mujeres después de usarlas y a los ancianos les pidieron caminar al mar. Los pocos niños que consideraron útiles fueron vendidos como esclavos; los huesos de los demás yacían en una fosa común. Pero la maldición no se detuvo sino hasta que Bilbao murió. Los marineros que quedaban se hicieron a la mar y esparcieron la historia de la Durmiente maldita. En esos diez años, concluyó el contramaestre, el mal ha permeado la tierra: tripulaciones de otros barcos se han visto afectadas siempre que buscan colonizar y desde entonces no ha habido nadie que ponga pie en la isla.
Para entonces todo el mundo ya había acabado de comer excepto Beryl, que no probó bocado durante la historia entera. Echó a remojar las semillas preparadas y se arrulló con la imagen de una cabaña junto al mar. Recordó aquellos meses terribles de su infancia, cuando tenía otro nombre: el olor nauseabundo del cadáver de su padre al arder, su tímida hermana mayor orando en susurros. Su madre les pidió seguir como si nada, despertarse temprano para ir a las palmeras. La mañana después de la masacre de los varones, una vez establecida la sumisión de Wa’Pal Mab, Beryl y dos adolescentes encabezaron la selección de las semillas. Lo que para el resto de la tribu era un suntuoso follaje, para ellos tres se miraba como una mezcla de grises cuya misteriosa navegación aprendieron de sus antepasados también daltónicos. Se detuvieron alrededor de un grupo de cicas, admiraron las copas moverse en su orgánico compás. Un niño de seis años, menor que Beryl por una semana apenas, trepó por la palma y hundió las manos en el cono: arrancaba las semillas y las dejaba caer hacia enormes lienzos. Entonces los dos muchachos y Beryl se sentaron para seleccionar, eran los tres poseedores del ojo avisor. Pero la sugerencia fatídica no vino de ellos sino de los susurros de la hermana de Beryl: con palabras pequeñitas, como quien no quiere la cosa, sugirió llevar carne de jabalí como tributo a los colonos.
Días más tarde, la gente de Marco Bilbao empezó a cazar por cuenta propia a las aves adormiladas del lugar. Creyeron haber dominado la isla, se levantaban después del amanecer y disfrutaban del viento salado, las olas yendo y viniendo. Por su parte, la tribu hacía lo propio: esperar y trabajar, pero los alcanzó primero el exterminio de la superstición. Vendieron a Beryl a un barco mercante, luego a un grupo de exploradores. Poco a poco el tiempo le hizo olvidar su idioma y el nombre que su madre le había dado; al menos sabía que el Contramaestre no estaba en la isla cuando llegó Bilbao, que escuchó la historia en algún muelle lejos de la isla. Para Beryl, acurrucado en el insomnio, se volvió claro que esas serían las últimas noches como parte de una tripulación; pasaría una semana más en la Durmiente, ayudando a cazar jabalíes y lavando las semillas de palmera, enjuagándolas y volviéndolas a lavar. Solo hasta la noche antes de partir las molió en una harina rústica con muy suave regusto a maldición. Subieron los barriles de agua dulce, sacos de semillas venenosas, medio año de carne seca de murciélago y jabalí. Beryl tomó para sí mismo sólo un costal de sus semillas, cangrejo ahumado y un trozo de tronco de palmera. Tejería una hamaca en su tiempo libre, repararía los pequeños botes que usaban para reconocer el terreno. Y cuando quedara solo entre malditos de la ensoñación, probaría suerte en las olas hasta encontrarse una isla diminuta, donde construiría una cabaña cerca del mar.
Siglos después, cuando se realizaban estudios sobre la Cycas achromatopica, los científicos entendieron que la toxicidad de su semilla puede estimarse tras una observación atenta de su tono y textura visual cuando se le observa tras un filtro monocromático; concluyeron también que dicha textura es imperceptible al tacto del hombre común, y que la gran incidencia de daltonismo en la población autóctona de la antes llamada Isla Durmiente pudo ser un peculiar mecanismo fisiológico de adaptación. Suponen los biólogos que la cotidianeidad en la isla y la atenta observación de la fauna enseñó a la tribu la prudencia de evitar todo consumo de animales que consideran la semilla como parte integral de su alimentación. La carne de los murciélagos de la fruta, las aves y los jabalíes tiende a la bioacumulación excesiva de la sustancia a pesar de su relativa resistencia a los efectos tóxicos por lo que una dosis letal media para una persona común resultaría solamente en un ejemplar adormilado e inusualmente sencillo de capturar gracias al efecto sedante y psicoactivo que produce una leve intoxicación. La tribu se considera exterminada por la masacre colonial; los últimos sobrevivientes se dispersaron sin dejar huellas en la historia.






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