Ni el monte, ni la naturaleza perdonan. Lo aprendí como todo se aprende en esta vida, a la mala. Tenía cinco años cuando mis padres decidieron que mi hermana y yo estábamos listas para acompañar a mi padre en una de sus “recolectas” como las llamaba mamá.

–Tengo miedo– le confesé a mamá una noche antes. 

El miedo que sentía a la naturaleza, a pesar de que mi padre era biólogo, era algo normal, pues mi madre no perdía ocasión en repetirnos a mi hermana y a mí que tuviéramos cuidado con los perros, con los gatos, con las arañas, las ardillas y hasta de las hormigas rojas.  “La naturaleza puede ser muy cruel” decía mi madre tras ver algún documental de un animal en peligro de extinción mientras yo hacía la tarea.

Antes de partir, mi madre, como toda buena madre, había llenado un botiquín con todas las medicinas inimaginables: vendas, pastillas para infección estomacal, merthiolate, curitas, aspirinas, repelentes y demás cosas, tanto que aquel botiquín se me hacía más grande que mi propia maleta, pero el monte no perdona.

El viaje fue una agonía, como si el monte estuviera tratando de alejarnos entre curvas interminables y vómitos de mi parte, pero al llegar a aquel paraíso, lugar de trabajo de mi padre, todos los males se olvidaron entre las aguas calientes, los hot-dogs y las papas fritas. Cuando la noche cayó sobre nosotros, prendimos una fogata, asamos bombones y fue la primera vez que observé a Saturno, “aquel botón con dos hoyitos” a través de un telescopio. Caí rendida arrullada por el sonido de los grillos y el mirar de las estrellas.

Pero entre tanta calma y belleza, el monte atacó.

Desperté empapada en sudor y mi cuerpo un campo de batalla: ampollas rojas, ardientes me cubrían desde los tobillos hasta los brazos. Mis padres se despertaron asustados por los gritos de su pequeña hija. Mi madre vació el botiquín sobre mi piel, mientras el dolor iba en aumento como una bestia enfurecida. Mi padre por su parte, desmontaba a una velocidad increíble el campamento que una noche antes le habíamos ayudado a armar.

El regreso fue menos insufrible, como si mi cuerpo no aguantara tanto malestar al mismo tiempo y se siguió centrando en el dolor que me causaban las ampollas, sobre todo, las que se encontraba en mis piernas, aquellas que sentía reventar con el puro peso de mi propio cuerpo. 

“Picadura de mosco” dijo el médico, con esa voz pasiva que usan los médicos para calmar a los padres. “¿Cómo?” replicó mi madre totalmente sorprendida, sin poder dar crédito a lo que oía.

Las ampollas empezaron a reventar, una tras otra sin piedad. Lloraba mientras, a mi manera, maldecía aquél monte, aquellas aguas deliciosas en las que me había mojado y a su cielo estrellado.

“Cuidado con los perros, con los gatos, con las arañas, de las ardillas, de las hormigas y de los moscos” agregó mi madre a su lista de precauciones, aunque yo sabía que era nuestra culpa. El monte no perdona, y castiga a quienes se atreven a desafiarlo.


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