Dante Márquez Martínez
Roberto llegó tarde. La faena en la fábrica maderera lo había consumido; solo quería llegar a beber un poco y descansar. Pero ahí, esperándolo en el pórtico de la enmohecida y crepitante cabaña, en medio de la selva brumosa, aguardaba su mujer, la autodenominada señora Esperanza de la Mallé, cuyo nombre y apariencia verdaderos eran conocidos únicamente por Roberto.
Su relación de veintidós años había sufrido una metamorfosis desde que Roberto se había enterado del secreto de su señora. Pero el hombre, famélico y viejo, ya se había acostumbrado a sus usuales demandas.
—Roberto, hazme el amor —rogaba Esperanza ciertas noches de luna llena y selva cálida.
—No, estoy cansada, anda ve al baño y háztelo a ti mismo —decía ella en otras noches, irritada por el frío de un cielo nublado que irrigaba, con sus frías y gruesas gotas, tanto al suelo como al carácter de Esperanza.
Esa noche, de pululante neblina caliente, la petición, en cuanto el jorobado hombre puso su pie descalzo en el podrido tablón de madera, fue peculiar y un tanto sorpresiva; incluso lo hizo olvidar sus cervezas frías y su sofá.
—Cariño, Roberto amado —dijo Esperanza tomando a su marido de la camisa con sus manos, largas y flacas—. Quisiera que pasaras al comedor, he preparado algo delicioso.
Roberto sabía que era una ocasión especial. Ella nunca le preparaba los alimentos. Dejó el sombrero sobre el perchero y se dirigió al viejo comedor. Esperanza le abrió la silla y le tendió una servilleta de suave seda sobre el pantalón. Roberto agradeció y frente a él, observó aquello tan sabroso que había cocinado Esperanza: colibríes asados con un toque de frijol enchilado. Era el momento, pensó, se acaba el suplicio de aguantar las jornadas laborales, la eterna irritabilidad de su esposa y el acalambramiento de sus articulaciones.
Mientras Roberto, gustoso, masticaba cada huesecillo de las pequeñas aves, Esperanza de la Mallé, pasaba el cuchillo por el afilador, fijando sus ojos saltones y blancos en el brillo metálico. Saboreando, sintiendo como su piel se erizaba al pulir cada centímetro de la hoja.
Roberto quedó exhausto, lleno, como si hubiera dejado atrás su composición delgada, casi esquelética. Se sentía capaz de experimentarlo, de fundirse con su mujer en su verdadera esencia. Podría despedirse, con convicción de las cervezas en la hielera y del cómodo sofá deshilachado. Esperanza regresó al comedor.
—¿Lo has disfrutado, amado mío? —preguntó cerrando sus pálidas manos en la barbilla de su esposo.
Él afirmó, se levantó y mientras la tomaba de sus finas cinturas, la besó. Sus labios, pequeños y quebrados, tenían un gusto salado y vegetal. En su creciente y delirante pasión, movió sus ahora musculosas manos a los glúteos de Esperanza, quien comenzaba a sudar un líquido verdoso. Los besos con sabor clorofila no esperaron a ver la cama. En el sillón sus cuerpos se encontraron. El secreto, tanto tiempo guardado por Roberto, se hizo éxtasis; después de eso no habría más. Él anhelaba el fin, su fin. Sus bocanadas de placer se hicieron uno con los ecos de la selva, con el criar de los grillos, con el goteo sobre las bromelias, con el susurro de los monos, con el andar de los insectos. La etérea niebla selvática cubrió sus cuerpos desnudos entre besos y caricias. Nadie supo cuántas horas pasaron. Roberto terminó exhausto en el sillón, respirando en calma y con una sonrisa que alimentaba su rostro. Esperanza, envuelta en sábanas que cubrían su azulada, casi endurecida, piel, había tomado el cuchillo.
—Gracias, amado mío, por soportarme tantos años —dijo, levantando el cuchillo, dirigiéndolo hacia el carnoso y palpitante cuello de su marido—. Aquí la recompensa de tu paciencia y tu silencio ante ese secreto que te hizo cargar conmigo.
La punta metálica se hundió en la suave carne. La sangre brotó, manchando por doquier con su opaco líquido escarlata.
—Ahora yo cargaré con lo tuyo.
Roberto tuvo un leve espasmo, después su cuerpo se quedó quieto, bañado por su propia sangre. El aliento se le había esfumado.
Más tarde, la señora Esperanza de la Mallé, arrancó la cabeza de Roberto e inclinando su cara, comenzó a alimentarse de cada pedazo de carne, nervio y hueso, usando sus dientes alargados y retráctiles para cortar los tejidos. Esperanza no dejó rastro de la cabeza. Enterró al día siguiente el cuerpo en lo profundo de la selva, dejó sobre la cruz de madera un esqueleto de colibrí y una flor blanca. Después se internó en la selva y no se le volvió a ver jamás. Lo único que dejó, según unos obreros de la fábrica maderera, fueron un par de esferas alargadas adheridas al pórtico de la vieja cabaña, que tiempo después desaparecieron para dar lugar a la nueva progenie de seis patas, garras en las manos y cuerpo de apariencia humana del matrimonio de la Mallé.






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