Analía Romero Martín 

¿En qué momento, mi horizonte se limitó a aquellas deprimentes paredes de cartón?

De dónde vengo, el ambiente es cálido, semiárido y de una vegetación variada. Hay charcos y lagunas y nos resguardamos en rocas, arbustos e incluso cuevas excavadas en el suelo (no en una caja de mierda, como en este caso). 

Por suerte, los malparidos se acordaron de sacarme de esta celda y mis posibilidades de desplazamiento aumentaron (aunque esta casa, no deja de ser una cárcel).

El piso encerado es muy resbaloso y uno anda como si estuviera pisando cáscaras de banana todo el tiempo, pero no me quejo. Cualquier cosa es mejor que el encierro.

Ese día, mientras atravesaba el comedor como una patinadora novata, una especie de grúa llena de pegotes de manzana y galletas, me arrebató del suelo…

Cuando ingresé a ese túnel oscuro y baboso, mi cabeza y mis patas desaparecieron por completo dentro del caparazón.

Automáticamente, me convertí en una camioneta verde, blindada.

Mi depredador no superaba los ocho meses de edad y al parecer, me había confundido con una hamburguesa.

Creí que iba a morir del susto, pero el que murió fue él, atragantado.

Me interpuse de tal manera entre su garganta y el oxígeno que el acceso de aire resultó imposible.

Él se puso morado como una berenjena. Sus signos vitales se apagaron y todo intento por reanimarlo fue en vano.

Con ayuda del sol, aquel asqueroso líquido salival que me había quedado en todo el cuerpo se secó.

Pensé que, muerto el niño, por fin tendría paz. Sin embargo, a eso que denominaban “velorio”, llegó un hermano del dueño de casa con sus tres hijos.

 Llenaron el living de flores y colocaron el cuerpo del bebé en una caja similar a la mía, aunque ésta era alargada y de madera.

La habían situado en el centro de la habitación y todos se acercaban a llorar acongojados.

¡Hipócritas!… Yo pasaba días enteros olvidada en mi cajita, sin que nadie siquiera se asomara.

Los niños se pusieron a jugar a la mancha venenosa alrededor de la caja y ésta tambaleó, amenazando con caer.

Debo confesar que los cachorros humanos no me simpatizan.

Sin embargo, gran parte de los adultos se desentienden de sus crías y con tal de no ponerles límites, los dejan jugar con sus b*las.

Ésta vez no fue la excepción.

Los grandes prepararon café y mandaron a los chicos, sin supervisión alguna, al patio. Y ¿quién estaba allí?… Pues, yo…

A falta de pelota, no tuvieron mejor idea que llevar a cabo un partido de fútbol conmigo.

Nuevamente, debí encerrarme en mi casa. 

En una de sus bestiales patadas volé al patio del vecino.

“Esta es mi oportunidad de escapar”, me dije, pero los de mi especie, no nos caracterizamos por correr maratones y me atraparon enseguida.

Yo seguía atrincherada en mi domicilio y aterrada, me oriné.

Uno de los engendros, trató de sacar mi cabeza haciendo palanca con su dedo índice y de tanta saña me aplastó un ojo. El otro (más creativo) propuso que me arrojaran agua caliente para obligarme a salir.

Por fortuna, la madre los detuvo cuando intentaban llevarse de la cocina la pava aún humeante.

Para mantenerlos ocupados, los invitaron a dibujar.

Lamentablemente, cuando el papel se les terminó, los Da Vinci de bolsillo continuaron pintando sobre mi caparazón.

Al cabo de unas horas, cerraron aquella caja y se la llevaron.

Tengo entendido que acostumbran enterrarla. Nosotras, las tortugas, preferimos enterrarnos, sin caja de por medio…

Unos días después, las molestas visitas se marcharon, pero nunca llegaron a destino. Mediante una llamada telefónica informaron que los había arrollado un camión en la Panamericana.

Pobres, deben haber necesitado unas cuantas cajas más…


Con el tema de la hibernación me desenchufé del mundo por completo. Cuando volví a despertarme, el frío se había ido y los habitantes de la casa también.

En la absoluta soledad sentí que aquello era el paraíso. Convertida en la Eva de las tortugas, me alimentaba de plantas, raíces, tallos y semillas. Lástima que me faltaba un Adán para compartir mi vida.


Mis vacaciones de humanos terminaron con el arribo de la nueva inquilina, la cual rondaría los setenta años…

“Al menos, si tiene hijos, deben estar criados” pensé con mezcla de ilusión y entusiasmo. Aunque rápidamente, me dí cuenta que, por la edad de la señora, existía la posibilidad de que tuviera nietos y se me borró la sonrisa…

Con el único ojito que me quedaba, curiosee entre los yuyos.

Ella parecía amigable así que me dejé encontrar. Se inclinó mientras se quejaba por su dolor de cintura y me puso suavemente sobre la palma de su mano.

–Te llamarás Caty– murmuró con dulzura.

Yo emití unos resoplidos y gorjeos para decirle que ya tenía un nombre…

 –Me llamo “tortuga”, vieja – protesté con fastidio.

Nada más entrar, la doña se sentó frente a la máquina de coser y dió inicio a la confección de un pequeño vestido y un sombrero.

–Quedarás hermosa– comentó emocionada, mientras me miraba detrás de aquellos lentes que se asemejaban a un par de lupas.

¡Madre mía, qué fea era!

Sus ojos celestes se veían gigantes como los de un búho y me daban miedo. Aunque no tanto, comparado al momento en que me colocó dentro de aquella ropa.

No necesité demasiado tiempo para percatarme de que se trataba de una solterona desquiciada que me adaptó como su hija.

Cuando se colgó una cartera al hombro y se marchó, aproveché para tratar de desatarme aquel listón de raso rosa que terminaba en un gran moño debajo de mi cogote, pero fracasé en el intento.

Fue la única vez que me alegré de no tener amigos porque, si me hubieran visto con aquel mini sombrero de Laura Ingalls, se hubieran burlado durante un mes entero.

Ella no demoró en regresar con un enorme paquete.

Al romperlo, dejó al descubierto una cuna de juguete…

Algo me decía que era mil veces mejor el bebé catador de tortugas que este geronte, pretendiendo jugar a las muñecas conmigo…

Nuestra rutina era la siguiente:

Por las noches, me bañaba con champú y jabón de bebé; me perfumaba con agua de azar; me arropaba y me acostaba boca arriba en la cuna.

Yo la insultaba, tratando de hacerla entender que dormir en aquella posición no era nada saludable.

La vieja, desde luego, no entendía el idioma de los testudines.

No sé qué era peor: si pasar horas enteras mirando las manchas de humedad del techo o aquellos besos que me llenaban de pintalabios rojos la cara… 

Lo único que puedo asegurar es que mi agonía duró dos meses y la suya, apenas una semana…

Gracias a los vómitos, diarrea y ese fuerte dolor abdominal que le provoqué, la anciana quedó fuera de juego…

Las comorbilidades que tenía facilitaron su muerte por salmonella enteritidis.

Una sobrina-nieta llegó en busca de sus pertenencias y se apiadó de mí, quitándome aquel ridículo vestuario.

¡Qué curioso!, ¡era la primera humana en el mundo, que me caía bien!…

Quise darle las gracias, pero, como ya les había mencionado, estos individuos no manejan el “tortuñol”, así que no fue posible.


Pasaron dos años desde que aquel matrimonio me puso de patitas en la calle por considerar que traigo mala suerte. Desde entonces, estoy caminando rumbo a  Santiago del Estero… La provincia donde nací y de donde aquel campesino me robó para venderme a los turistas en la ruta.

Tengo esperanzas de encontrar a algún integrante de mi familia (sobre todo porque nos caracterizamos por llegar a muy longevos).

Ruego al Dios de los Galápagos, que mi camino no sea interceptado por ninguna obsesiva de la juventud eterna como Demi Moore, y cuyas intenciones sean convertirme en crema para arrugas o peor aún: terminar en un restaurante exótico, donde uno de los menúes sea sopa de tortugas…

De lo contrario, me veré obligada a volver a matar…


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