Viviana Y. Mendoza H.

El coyote lo observaba, estudiándolo, midiendo su capacidad de seguir luchando. Era un depredador experimentado y notó que sus pasos ya no eran tan veloces como al principio; en ocasiones le costaba respirar mientras se esforzaba por no quedar rezagado a pesar de que eso le causaba un cambio drástico en su pulso. Su desgastado corazón seguía luchando por llegar lo más lejos posible. 

Hugo suspiró al sentarse bajo uno de los pocos árboles. Necesitaba ser grato con su corazón, su gratitud debía ser más fuerte que su orgullo al ver cómo los otros del grupo lo miraban con pena. Alguien le ofreció un poco de agua, un poco más fresca que su propio sudor. Tomó tres tragos antes de devolverla con una sonrisa y un «Gracias» que no habría podido salir de su garganta sin ese gesto solidario. 

Eran las primeras horas de la mañana y la caminata nocturna sólo fue posible gracias a la experiencia de su guía y la paciencia de todos. La noche no era tan silenciosa como algunos dicen cuando hablan del desierto, porque no lo han vivido mientras se sienten acechados por cualquier posible riesgo. Se teme a la migra tanto como a un puma, una lechuza, un alacrán o a una víbora de cascabel que no hayas visto cruzar tu camino mientras estás atento a quienes van delante de ti para no perderse en las cambiantes dunas de Samalayuca. 

Todos lo saben mientras se preparan y revisan sus cosas con mucho cuidado por si acaso se metió “algún bicho» en las pocas horas que se dieron el lujo de dormir mientras los coyotes velan por turnos, atentos al narco y la migra, a los susurros dentro y fuera del campamento y el llanto sin lágrimas de quienes extrañan a sus familias.  Eso fue anoche, desde hace unas noches, Hugo ya no lo sabe bien porque la noción del tiempo se le escapa de la mente como arena entre los dedos. 

El coyote se desespera y se acerca para jalarle la mochila. Hugo se resiste un poco a lo que parece un robo y luego cede cuando Rufino le dice que quieren «aligerarle la carga» mientras se reanima. La tristeza en sus ojos no sostiene su mentira. 

«Estoy repartiendo mi herencia en vida», piensa Hugo mientras agarra las correas de su mochila y siente cómo el peso cae de sus hombros y consigue levantarse; camina.

A sus piernas las recorren rayos de una tormenta que no refresca ni termina. Los calambres lo retrasan mientras se esfuerza en levantar los pies como si los tuviera cubiertos en un lodazal y no sobre la polvosa vía trazada por muchos antes de él. Borrada por el viento que mueve la arena como el aliento impulsa la sangre en sus venas.  

El Sol avanza sobre el horizonte. En otro desierto, en otra existencia, la gente lo veneraba como un dios de vida. Hugo no quiere perderse en esa fantasía que le causa la fiebre noche y día desde que se alejaron de la carretera y la gente «civilizada» para que no los deportaran. 

La bendita carretera «Panamericana» con sus charcos ficticios, espejismos.  Ilusiones como el llamado «sueño americano» que se desvanece en cuanto te acercas. Esa carretera entre Chihuahua y Juárez… seca y caliente como su piel, que arde; seca como buena leña para esos calores infernales.  

Hugo sabe que delira y sus pies se mueven solos. Él y los otros migrantes siguen al coyote como pollitos. De ahí la gente les dio su otro nombre que combina con el de las otras aves que se parecen a ellos. Gavilanes polleros. 

Llega el mediodía y Hugo no tiene hambre, sólo las tripas retorcidas luego de vaciarse después de cada comida. Le da su porción a Lupita y ella le dice «ángel» con una sonrisa de niña. Igualita a la de su hija en la foto que lleva pegada a una imagen de la virgencita. Ahora su cabeza también pulsa, late con la nostalgia de un hogar siempre ausente. Con la hora de la comida, la tregua termina. Rufino lo busca para ayudarle. Hugo le susurra. —Aquí nos despedimos. Muchas gracias, amigo. 

Ellos se van, lentos, cansinos. Con unas sombras que no quieren abandonarlo a su destino, ni seguirlo. Bajo el mezquite pasan los minutos sin que el tiempo se digne a avanzar hasta la noche que Hugo espera para ver las estrellas antes de su muerte. En la tarde, su agotado corazón se detiene mientras el Sol desciende y una última idea fluye con la sangre a su mente: El Sol es una estrella, la más cercana que agoniza con él mientras el cielo y su mente se oscurecen.


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