L. Dante Gorena V.

Nunca antes el fin del mundo estuvo tan cerca de Villa Remedios. Nadie pudo saberlo ni siquiera con inteligencia clarividente o quién sabe si todo ya estaba escrito en la frente de los abuelos, quienes lo sabían calladamente; pues desde entonces solían contemplarse en el espejo del cielo, recostados en la costumbre de esperar lo que no va pasar, pregonando en quechua las leyendas de otra edad. 

Como una señal agorera, trayendo el mal profesado, meses antes, la helada de junio había endurecido la tierra. Después se vino el azote del granizo y, en consecuencia, la sequía, y un frío de puna que no corresponde a la cabecera de valle en donde hallábase enclavado Villa Remedios. Entonces todos apuntaron su rabia al Tata Ruperto, el Patrono del pueblo, sentándolo después en el banquillo de los acusados. En este caso el remedio sería peor que la enfermedad. Pero de eso hablaremos luego.

En doblegada distancia, Villa Remedios es (mejor dicho, era) un pueblito agrario con plantaciones tupidas, encajonado entre montañas picudas y cerros colorados que parecen desprenderse de Los Andes. Para llegar hasta allí había que remontar largas distancias por caminos de herradura, atravesando un accidentado páramo cortado por torrentes profundos.   

Lo cierto es que, desde su aparición en el mapa como un apartado villorrio, los comuneros de Villa Remedios nunca protestaron por tener que vivir allí: sus canas y sus pies habían echado raíz en el sitio. Pero ahora una molestia creciente afligía a la gente, mortificada por la pobreza y el atraso del pueblo, pues teniéndolo todo para vivir de lo que la naturaleza proveía, por falta de una carretera interprovincial decente, difícilmente podían exportar sus productos y percibir un pago digno por ello. Avergonzados de su santa miseria, impotentes ante las extrañas enfermedades que atacaron a sus animales y plantas, las chacras y huertos fueron descuidados; los cultivos empobrecieron, se llenaron de yerba mala y enflaquecieron los animales. Al final todo eso les indujo a maliciar. Tenían la idea retorcida que hacía suponer que el culpable no podía ser otro que el mismísimo Tata Ruperto, a quien nunca le habían faltado velas ni limosnas en su altar siempre rebozado con flores. Ni qué decir de las fiestas patronales, hasta dos veces al año: mucha chicha y mucho guarapo en su honor; pero todo cambia, nada es eterno, ni siquiera los santos. Ahora la poblada se hallaba deliberando en una asamblea de urgencia, de esas que revientan en sucesos irremediables. Con la complicidad de la noche —la noche como un ala—, expectante y brumosa, que terminaría arropando a un centenar de emponchados comuneros, congregados en la plazuela, se movieron voces con claro fastidio. Se consultaron en quechua, conforme a su costumbre:

—Habrá que cambiar al Santo por otro que nos represente, pero que sea exclusivamente nuestro y no un advenedizo como el Tata Ruperto. Al fin que éste nunca nos hizo el milagro de volcar la pobreza en prosperidad.  

—Yo mismo revisé todo el santoral con el padre Antonio y no existe otro Santo disponible para ser venerado en el pueblo.

—Entonces, pues, urge mandar a tallar uno nuevo. Pero que sea como nosotros, del color de la tierra. No como el otro, blanquiñoso, de falso cabello rubio y falsos ojos celestes, que lo trajeron, quién sabe de dónde. 

—Podríamos bautizarlo con otro nombre, mejor si es en nuestro idioma, pero eso lo veríamos después —aventuró el curaca del pueblo, con cierto rencor guardado en su arrugado pecho.

El apoyo fue total, hubo aplausos y un griterío festivo que fue calando la noche. Pero ahora había un problema: ¿Qué hacer con la patriarcal imagen del Tata Ruperto? La respuesta vino súbitamente: Había que deshacerse de él antes, pero sin que el campanudo párroco se diera cuenta. Tendría que ser ahora o nunca, se dijeron, a una sola cuerda de voz, aprovechando que el cura estaba en su aposento retozando como una foca.

Y así, con paso sigiloso de gato cimarrón, con la complicidad de la luna, forzaron las cerraduras del portón enrejado y dos paisanos penetraron el recinto religioso. Con frialdad hereje bajaron al santo de su altar de mármol para secuestrarlo. Entonces vino de inmediato la pregunta de rigor: ¿Cómo deshacerse del santo? Dejarlo como estuco molido con un mazo, fue la primera moción, pero fue denegada. Mandarlo al destierro en el pico más alto, allí donde duermen los cóndores, tampoco tuvo repercusión. Luego de un arduo debate en la misma plazuela, con posturas larvadas por la sinrazón, llegaría la solución al problema. Y eso lo sabremos a continuación.

Prisionero de la turba, con el cuerpo flaco, empinado en su metro y pico, el rostro esmaltado y encanecida por el polvo su rubia peluca, fue despojado de su escapulario bordado con ribetes de hilos plateados y de aureola dorada; introducido luego en una bolsa de yute sin un gramo de respeto. La procesión iba en sepulcral silencio para no despertar sospechas. Venciendo brechas escarpadas, desfiladeros y abismos negros, lograron hallar la sepultura para el santo en el lecho pedregoso del río. Antes de eso, el viejo cacique tuvo tiempo de oír en su bóveda craneana una voz extrahumana que, obviamente, no supo interpretar: Memento mori, ustedes también han de morir. 

Hundiéndose como bulto inservible, la imagen desapareció en la garganta del río en un santiamén. Más de uno sintió el frío de un arrepentimiento tardío, mezcla de miedo visceral y desasosiego. ¡Consumatun est

Después de aquel triste episodio, los días se tornaron eternos, esperando la llegada del flamante Patrono de Villa Remedios, dizque “Santo de los pobres”. Estaba latente la promesa de que habrían de traerlo por encargo desde la capital del país. Con la respectiva licencia de la Nunciatura y las bendiciones de rigor, claro está. La poblada tenía pensado recibirlo con huayños y mucha caña, como reza la tradición. Pero no pudo ser: extraños fenómenos habrían de sucederse con el cambio de estación, el cielo dejó de respirar; densos nubarrones, empujados por el viento, descargaron torrenciales lluvias. El descomunal aguacero arrastró consigo los sembríos, sus aguas tumbaron cercos aledaños, ahogando al ganado vacuno y las aves de corral. El río creció rabiosamente, sepultando decenas de molles y volteando milenarios eucaliptos. Sus aguas bramaban como bestia herida, lamían las barrosas orillas, arrastraban enormes troncos, animales y personas con vida, irremediablemente vencidos. Las casas se fueron flotando, río abajo, como botes de cartón y familias dentro. Con el cura dentro, también se anegó la iglesia, salvándose la oxidada cruz de la torre, en cuyos brazos solían pararse los pájaros. Como si fuese un castigo bíblico, los días se ahogaron junto con los sacrílegos de Villa Remedios.

Al quinto día paró de llover y el reloj de la vida reacomodó sus manillas. Sobre el vasto horizonte renació una claridad apacible de amanecer campesino, y una aurora lívida. Se fue abriendo el panorama, más parecido a un valle herido. Ahora predominaba un profundo silencio, un murmullo triste, inexplicable. Había desazón en la gente, se persignaba mecánicamente. De a poco fueron saliendo los sobrevivientes, revestidos de barro y brotados sobre la faz de la tierra como salpullidos; desandando a paso de zombi, los ojos extraviados y las caras afligidas. Buscándose unos a otros entre los escombros: cuerpos tiesos y escarchados, inflados con el aire de la muerte y vomitados sobre el lecho del río. En medio de la tragedia, fueron reapareciendo algunos niños, con sus gemidos ahogados y las manitas alzadas en clara señal de que estaban vivos. Lo cual motivó el rescate de las criaturas que faltaban: algunas tuvieron suerte, pero el resto desapareció simplemente, a pesar del reclamo quebrado de sus padres.

Al final volvió la calma (en apariencia) y todo empezaría a retomar su rutina. Pero ahora más de uno aseguraba haber escuchado el eco lejano de un concierto de risas y voces lejanas (¿serían acaso de los niños muertos?), que parecían salir de alguna loma cuando la noche caía. ¡Quién sabe si andaban por allí jugando con sus propios huesitos para entretenerse!

Había un lamento sordo, como de roedor obstinado, entre los paisanos; asociando los hechos con un castigo divino. Con el pesar les vino también el mal del odio, el rencor, la desesperanza; culpándose unos a otros, confrontados en una discusión babélica e imposible. Ahora el hambre calaba las tripas, y solo podía masticarse el aire contaminado de malos humores. En consecuencia la Parca empezó a rondar las calles: las enfermedades se incubaban dentro las casas que había perdonado el diluvio. Villa Remedios era un espectro agónico.

El único camino, que otrora conectaba las poblaciones vecinas, estaba anegado de barro y bloqueado por grandes rocas. En donde hubo una densa vegetación, empezaron a crecer piedras y a multiplicarse. En consecuencia los sistemas de comunicación habrían de quedar inutilizados indefinidamente.

Los vientos erráticos estuvieron soplando, mientras se iban desgranando los días en temprana oscuridad, hasta quedar confundidos con las sombras de los maizales, aplastados y secos. Las lunas habían perdido el brillo, en medio de un silencio cósmico, abrumador. El sol seguirá parpadeando un tiempo más y luego se fue rodando por los picos, para no volver nunca más a Villa Remedios. 

Eso fue antes de que el olvido se tragara al pueblito… hasta borrarlo del mapa. 


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